La Opinión de Cuenca

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Cultura o sexo


Siempre he tenido la sensación de que cuando alguien llama hacer el amor a lo que en esencia, al menos para mí, es simple y llanamente tener relaciones sexuales, o simplemente hacer sexo, algo de pedantería, ñoñería, pasividad o ingenuidad anidan en su ser.

Días atrás, buceando en los recovecos de ese infinito saber cuya existencia, pero también desconocimiento por mi parte, me entusiasman y agobian a partes iguales, descubrí que también la ignorancia y la moda tienen sus dosis de presencia en quienes recurren a su uso. Al de la expresión me refiero, no al de la práctica a la que alude, que esa es otra canción que algunos, no solamente no cantan nunca sino que tampoco escuchan regularmente.

Siempre he pensado que el verdadero amor se hace cuando dos personas enamoradas van de la mano a plena luz del día, mirándose a los ojos profundamente en medio de la multitud, percibiéndose en ellos una especial complicidad y una luz cegadora. Y eso por no hablar de esas simples y sobre todo inocentes y visibles caricias que pueden cruzarse entre ambos, poniendo de manifiesto relevantes sensaciones placenteras que no siempre son fáciles de vivir, y menos aún de admirar, sin que una lágrima empañe la mirada.

Los que, sin embargo, más alardean o fanfarronean al respecto son aquellos que no han conocido lo que es hacer el amor en estado puro, esos que desconocen realmente lo que es amar y ser amados, los que nunca han sido cortejados ni han amado sin límites, no habiendo sido tampoco objeto de atención exclusiva por parte de alguien y, por supuesto, no han estado alejados de tan siquiera las más mínimas dosis de egoísmo. Y presumen para, una vez más, hacer mención a las mal llamadas habilidades amatorias cuando, en realidad, se están refiriendo a lo que comúnmente llamamos, cada vez con menos censuras, simple y llanamente follar. Ignorantes ellos y pobres ingenuos, al tiempo que ridículos, los que les admiran. Copular se hace con cualquiera; hacer el amor es imposible simultanearlo en un mismo espacio de tiempo con 2 o más personas, al menos si tomamos como referencia cabezas meridianamente bien amuebladas. Pero claro, eso es harina de otro costal.

Ahondando más si cabe en este asunto me viene otra expresión, la de tirar los tejos, mucho más poética y amable, reflejo a fin de cuentas de acciones más sentidas por quienes hasta el complejo y vasto mundo de las relaciones amorosas se acercan. Si bien es cierto que de la misma son varios los posibles vínculos que con orígenes diversos se pueden encontrar, me quedo voluntariamente con uno, no de estas tierras sino más bien de origen celtíbero.

Este la vincula a la costumbre ancestral de colocar ramas de tejo en la puerta, bajo la ventana o a la entrada de la casa de la amada. Actualmente, dado que las puertas de las casas son fundamentalmente utilizadas para que meen los perros y que muchas ventanas dan a patios interiores sin casi luz natural, estamos como para perder el tiempo buscando un tejo. Además, que encima se corre el riesgo, ya no solo de que te acusen de rancio machista, sino de, encima, equivocarte y confundir una piña de pino albar con una rama de ese mágico árbol que, según la tradición celta, actúa eficazmente contra hadas y brujas, aunque también según nuestros orígenes cristianos simboliza la muerte y la resurrección.

Para evitar posibles conflictos biológicos, legales y sentimentales, por todos es sabido que hoy en día es mucho más práctico, y sobre todo rápido, irse a tomar algo, coger un pedo, participar juntos en un escrache o chutarse algo en pareja antes de que luego pase lo que tenga que pasar. Para qué andarse con zarandajas ni mariconadas.

No hace falta viajar tan atrás en el tiempo, tal y como requería la cultura céltica anteriormente aludida, para buscar otra nueva expresión que, aunque no sin requerir sólidas dosis de ignorancia, también es vinculada hoy en día a la fiesta y al desenfreno. Bien es cierto que si uno es un poco más leído, también encontrará referencias, más acertadas estas sin duda, con los aspectos sexuales inicialmente tratados.

Ramera, prostituta, puta, furcia, meretriz y mil expresiones sinónimas más, unas chabacanas y otras con algo más de porte literario, han sido utilizadas, a lo largo de la historia, para tildar como tales a las mujeres que ofrecían su cuerpo a cambio de una contraprestación, fundamentalmente económica.

Pues bien, sabido es que fue en el siglo XVIII cuando, el reformista y austero Carlos III, consideró que debía ser obligatoria la costumbre, desde tiempo atrás implantada pero no regulada todavía, de que aquellas mujeres fuesen visualmente identificables. Así, estableció que las dedicadas a la mal llamada profesión más antigua del mundo fuesen siempre con una falda marrón, o parda, y que los bajos de la misma contasen con cuatro picos claramente visibles. De esta manera, cuando uno se iba de putas, real y ciertamente lo que estaba haciendo era irse de picos pardos.

Hoy la expresión ha derivado e irse de fiesta, de jolgorio, de juerga… y precisamente los que usan este dicho dieciochesco para identificar su manera de actuar, o la de terceras personas, no necesariamente están vinculados con ese saber secular que anima no solamente a usar expresiones pasadas sino, incluso y en ocasiones, a saber qué quieren decir en realidad.

Pero esto no es nada comparado con lo que el paso del tiempo, y sin tardar, nos traerá en materia de cultura general. Basta con sentarse en un banco de cualquier calle o parque, así como pararse a la salida de un colegio o de un instituto. La escucha de las conversaciones que por allí se dan, de mayores y pequeños, de padres e hijos, de unos y otros, dan para una y mil reflexiones. Es en esos momentos cuando la realidad, una vez más, supera a la imaginación e incluso a la ficción. Y el que lo dude, que pruebe.


Fernando J. Cabañas Alamán

Olcadeando

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