La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Cápsula del tiempo


Llevo un rato buscando un viejo recorte de prensa en una de las múltiples cajas en las que atesoro papeles y recuerdos del pasado. Por cierto que, al abrirla y descubrir lo que en ella acumulé hace años, llego a la conclusión de que quien atribuyó al verbo atesorar la acepción de reunir o guardar cosas de valor, fue indiscutiblemente un sabio en toda regla. ¡Qué tesoros pasan ante mis ojos reflejo de mi infancia, juventud…! Lástima que su valor se limite, hoy y siempre, a la fuerte carga emocional que solamente en mí ejercen. Aunque, ahora que lo pienso, qué suerte la mía al poder disfrutar yo solo de un tesoro que es solamente mío, que lo es exclusivamente para mí. Un lujo no al alcance de cualquiera. Cuántos quisieran.

De repente aparecen las viejas papeletas de mis calificaciones de música. Siento la necesidad de cerrar los ojos para disfrutar de los recuerdos que empiezan a venirme a la cabeza. El olor a viejo me transporta al vetusto conservatorio de la valenciana plaza de San Esteban. Me veo recorriendo, con 9, 10, 11… años de edad, sus aulas, pasillos, escaleras… Ya entonces olían a antiguo. Con especial recuerdo me llega la visión de las puertas de las clases de aquel centro. Enormes, gruesas, de madera sólida, con tiras de gomas gruesas colocados alrededor de sus hojas para ajustar al máximo en el marco y con un cierre que, como los de las viejas cámaras frigoríficas, intentaban aislar de todo sonido externo que perturbase el ambiente que dentro se generaba en torno a la música, a los sonidos, al arte.

Regresa mi mirada a las papeletas. Me recreo con la lectura de aquellas hojas, tamaño cuartilla, en las que con escritura manuscrita, cuidada y exquisita, el secretario del tribunal escribía tu nombre y la calificación obtenida tras duros y cardíacos exámenes que podían durar horas, o incluso días, independientemente de la edad con la que los afrontases. Y siempre ante tribunales de señores que a ti se te antojaban, por muy jóvenes que pudieran ser, como muy mayores, muy serios y muy exigentes.

Lejos de lo que para muchos implica el recuerdo de aquellos tiempos y aquel tipo de enseñanza, jamás se ha dado en mí el más mínimo atisbo de rencor, odio o malestar por lo vivido entonces. Más bien lo contrario. Es más, prácticamente siempre gocé de la atención de maestros y profesores impecables, formados íntegramente, que constantemente me hacían partícipe de su sabiduría y sensibilidad, al tiempo que posibilitaron que me sintiese un privilegiado por haber tenido la suerte de formarme con ellos. Y todo ello a pesar de que hubo momentos en los que la versión más endiablada y revoltosa, de cuantas en mí se pueden dar, se manifestase constante y vigorosamente. Una sonrisa nostálgica pone cara y caras a mis recuerdos. Y es que siempre agradecí que la honestidad de mis profesores se pusiese de manifiesto conmigo, especialmente cuando en alguna ocasión, en el instituto, me suspendieron aludiendo a mi falta de estudio. Además, si es que eso no era lo peor. Lo que verdaderamente yo temía era cuando mi padre se enteraba de alguno —no de todos— de mis suspensos. Con mi madre era otra cosa, ya se sabe.

Retorno a mis papeletas de la etapa valenciana. De repente llego a la de Armonía y melodía acompañada de 4º. Recuerdo que aquel examen era el examen por antonomasia, que dirían los letrados del lugar. Duraba 3 días íntegros, casi de sol a sol, en los que debías realizar 4 pruebas diferentes y, además, aprobar todas. No había notas medias posibles ni nada de eso que trajeron los nuevos aires hace ya algunos lustros. Si no sabías hacer algo, no sabías y ya está. Además, tú mismo lo entendías sin comeduras de cabeza ni necesidad de recurrir a culpas ajenas. El sudor y los codos eran los que podían darte el éxito. ¿Lo demás? Tonterías, decían mis mayores entonces y lo digo yo ahora, muchos años después. En aquellos años no valía eso de que un 2 en algo hiciese media con un 8 de otra cosa y que la nota media te convenciese de que tenías un 5 en todo. Cosas de estos tiempos planteadas a modo de consuelatontos o consuelavagos; a elegir. Otros tiempos aquellos, sí. Afortunadamente.

Recuerdo aquellos 3 días de mi examen de Armonía 4º. A las 9 de la mañana me metía en un aula sin nadie ni nada más, solo con mi examen, mi plumier y un par o tres de bocadillos. Seguramente no saldría hasta las 6 o 7 de la tarde. Tras de mí, el malhumorado conserje cerraba la puerta a cal y canto; con llave, vamos. Cuando cada 2 o 3 horas necesitaba ir al aseo, daba varios golpes en la puerta, con la mano extendida, y venía el temido bedel. Abría y, esperando en la puerta mi regreso, tras retornar a la clase volvía a echar la llave. No recuerdo haber tenido botella de agua en el aula, entre otras cosas porque creo que no se comercializaban todavía. Obviamente tampoco móvil para, si me sentía solo, angustiado, triste o mustio, llamar a mi madre, whatsappear con mi mejor amigo o consultar en internet las posibles resoluciones que podía tener la armonización del bajo, la realización del bajo-tiple, etc. Y todo ello con, en mi caso, menos de 12 años.

¿Y al terminar? Pues eran tiempos en los que lo que embargaba al alumno era la alegría por haber llegado a buen puerto, no atisbándose muestra alguna de las caras de pena con las que en los tiempos actuales salen algunos chavales, tras estar dentro una hora, como mucho, para ir mentalizando a sus padres de que el sanguinario profesor le tiene manía y le ha puesto un ejercicio o prueba —aludir actualmente a examen es casi un delito que no contempla posibilidad de indulto ni, tan siquiera, de silla en un parlamento regional y menos aun en el nacional— imposible de realizar o contestar satisfactoriamente.

Otros tiempos aquellos, sí; por suerte y especialmente para quieres queríamos, por encima de todo, aprender. También lo fueron para los padres que deseaban, ante todo, que sus hijos fuesen felices toda la vida, dedicándose de esa manera a algo para lo que estaban especialmente preparados de forma solvente. Lo que no era propio de aquella época, y creo que tampoco lo fue nunca antes, es que lo que verdaderamente deseasen los papis es que sus hijos fuesen felices solamente durante su etapa de estudios, permitiéndoles así no dar palo al agua, y que luego fuesen unos infelices al tener que dedicarse a algo muy por debajo de las expectativas creadas durante su etapa de formación. Cachis. Lástima no haber escuelas para padres,… aunque los míos, y los de buena parte de mis amigos, curiosamente y sin ni siquiera tener estudios primarios, sí supieron siempre hacer ver a sus hijos que solo cuando alguien consigue algo, con el sudor de su frente, es feliz. Escuela de vida lo llaman.

Tras releer todas mis calificaciones de aquellos tiempos, tras haber dejado que mis recuerdos aflorasen en mí, tras recordar con cariño a mis profesores Dª. Mª. Teresa, D. Salvador, D. Mario, D. Mariano, D. Francisco,… tantos dones y doñas que por mi vida han pasado, cierro esta mágica cápsula del tiempo, respiro hondo y sigo caminando, de frente y con la mirada puesta en ese horizonte que desde siempre es mi permanente meta pero sin olvidar que, teniendo mis pies en el suelo, solamente los pasos que yo dé por mí mismo me permitirán seguir sintiéndome vivo y tener la posibilidad de vislumbrar felicidad en esos lares. El tiempo; gran escuela de vida.

Fernando J. Cabañas Alamán

Olcadeando

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