La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Garçon, Garzón y Vidal


He conocido en mi vida algún Garzón y algún Garsón. Con el Garzón de penacho blanco y tupido tupé compartí un cigarro del camello en la antesala del teatro en que Goytisolo recitó soberbiamente y Paco Ibáñez cantó lo de siempre. No ha mucho tiempo después el Goytisolo feneció. Con neblina en el escenario, y entre col y col una lechuga se desarregló hoja a hoja, con el podón del de la voz afilada y el “su susurro” guitarrero acariciando el cableado los versos se escurrían. Han pasado muchos inviernos, y el terror de los GAL ha desojado su lechuga y su penacho, que si se hubiera deshojado a sí mismo lo llamaríamos lechugo. Aunque aún troncho dicen que no se le da mal eso de poner dolores en los demás, esos que le han dado buena vida cuando a más de uno desfolió, o por decirlo a lo resinero: “resinó cual miera y recogió los antaño verdes y los lilas del hoy”, esos que el que los tiene se pone morado y con las barricas llenas de unte. En dimes y diretes tiene a su Dolores, la que se supone quedara en delgado tras quitar las hojas de su lechugona, y sus otras cosas quiquiricosas. El lechugo, de niño lechuguino, en troncho se quedó, lo mismo quitando a navaja los apéndices que le quedan tenga en el fondo un tierno y blanco corazoncito, un garzoncito albar, tronco que poca resina da…

Ha habido más garçones en mi vida, esos impecables parisinos del café au lait en su punto que tomé en los ochenta junto a la Gare de Lyón, o como se diga, que ya dejé la escuela y el francés en octavo de EGB. Garson, o camarero inmigrante despistado, fue el que me templó en la Disneilandia gabacha cuando pidiendo dos tercios me endiñó cuatro al precio de dos, y no dije na, que pa una vez que me salía barata la einequen en la France no era cuestión de desperdiciarla. Y casi se me nubló la vista, pues vi en una cola a mi primo Segis, al que no veía desde una templa o cura catarril con coñac en su pub Ambigüo cerca de la calle Ferraz. Entonces andaba escondido por Inglaterra.

Pero el mejor, el único e inigualable, el que formó parte de una noche inolvidable lo conocí, por decir algo, en Villaconejos. Era el que estaba detrás de la barra de la única discoteca que estaba abierta. Ligar era el objetivo, pero mi compadre y yo no éramos objetivo de ninguna nena mona ni mena. Pedíamos fuego a las vips por si nos daban algo más, pero no chiscaba la cosa, y mostrando nuestras intenciones en la pista de baile, donde mas luminarias había, tras el rechazo de las vips encendíamos el del camello. Para ser lechuguinos totales a la barra de la única discoteca que estaba abierta me dirigí a pedir unos medios (dense cuenta que me acuerdo de Sabina), y yo, guasón, llamaba al camarero, garçon, waiter, y como es normal la persona más importante o vip para mí en ese momento no vino, menos mal que allí había un mozo chapado, curtido en barras de bar y de discoteca. ¡Ah! Que bien cuando me dijo -tu llámale Vidal y verás como viene-, y vino. 


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