La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Hervir la rana


Cuenta la leyenda que, sumergida en agua tibia, una rana se irá adaptando a la subida de temperatura de forma que, al llegar al punto de ebullición, carece ya de energía para saltar de la cazuela y huir.

Aplicado a los humanos, el síndrome de la rana vendría a describir cómo perdemos capacidad de reacción ante graves riesgos y peligros si estos se presentan gradualmente y pospuestos en el largo plazo.

Recuerda la historia de la rana Jesús Huerta en su novela “El miedo va a cambiar de bar”, ambientada en una ciudad en decadencia que podría ser Cuenca.

Me dio por pensar que, en Cuenca, desde los inicios de esta autonomía llamada de Castilla-La Mancha, nos llevan cociendo gradualmente cual la rana de la leyenda.

El tiempo dirá si hemos llegado a ese punto de ebullición irreversible en el que todo está perdido y ni siquiera la huida es una opción. Yo quiero pensar que no.

Pero el hecho es que empezamos hace casi cuarenta años flotando en agua tibia. La Comunidad autónoma se creaba de la nada, más por necesidad de cerrar el mapa autonómico que por razones históricas.

La decisión de la capitalidad, o la universidad regional, o la electrificación de la línea de ferrocarril por Albacete calentaban, pero no quemaban. Muchas eran las urgencias del país en aquellos momentos y, en cualquier caso, un futuro de modernidad europea estaba por llegar.

Y a partir de ese momento fueron subiendo los grados, siempre de la misma forma porque, desde sus inicios, esta autonomía practicó con Cuenca un centralismo, ahora provinciano, pero centralismo, a fin de cuentas.

Y según subía la temperatura, Cuenca se iba convirtiendo en provincia subsidiaria, no del centralismo del estado, ahora del provinciano de Toledo.

En algún momento subió la temperatura de golpe, como cuando, de una tacada, nos vimos con una autovía y un Ave Madrid-Valencia pasando de largo.

El Ave pasó y paró, y con ello disminuyó la temperatura. Pero el proceso gradual no iba a parar. Y en Cuenca hemos llegado a acostumbrarnos a flotar en agua casi hirviendo

Que tuvimos una Caja de Ahorros y ya no la tenemos, que calor. Que nos cierran una planta industrial como Gamesa, que calor. Que el Ave pasa y para, pero cada vez para menos, que calor. Que, en el último reparto de titulaciones universitarias, como en el anterior, pierde de nuevo Cuenca, que calor. Que proliferan las macrogranjas de gorrinos, que calor. Que nos cierran el ferrocarril convencional, pues que casi nos quemamos.

Que Cuenca es uno de los territorios más despoblados de la Unión Europa, pues esto ya quema mucho y estamos a punto de ebullición.

Hasta aquí el texto que tenía escrito en la tarde del lunes, 29 de noviembre.

El martes 30 de noviembre, la Secretaria de Estado de Transportes vino a Cuenca para hacer oficial el cierre de la línea de ferrocarril convencional.

Ya veremos si los conquenses entendemos que, o saltamos ya de la cazuela o terminaremos achicharrados (emigrados).


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