La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Indignados y comuneros


Cíclicamente, en la historia surgen algunos movimientos que, en esencia, propugnan un anhelo y una búsqueda de libertad, una libertad con la que antes los miembros de la sociedad no contaban, o no creían contar de manera suficiente. Son movimientos en los que un grupo de hombres y de mujeres protestan contra el sistema establecido, solicitando, y a veces incluso imponiendo, una serie de cambios que permitan a la sociedad avanzar hacia una nueva manera de ver las cosas, más igualitaria y generosa que esa otra sociedad en la que todos esos movimientos han nacido. Se trata, al menos en teoría, de unos movimientos en los que se busca más el bien común que el bien del individuo, y esta premisa, que puede ser buena en un primer instante, se vuelve perversa cuando se empieza a rascar un poco en las letras de los presupuestos que se defienden, cuando se emplea la fuerza para ocupar bienes particulares, y sobre todo, cuando se ataca de forma premeditada a la propiedad privada. Y sobre todo, como sucede en este movimiento particular de los indignados, cuando es utilizada de manera descarada por un partido político concreto, a cuyos líderes sólo les interesa, en realidad, cualquier cosa que pueda alimentar sus propios intereses particulares, principalmente en período de elecciones.  

Sin embargo, no me interesa tanto el presente del movimiento de los indignados como analizar, aunque sea sólo superficialmente, la realidad de ese proceso histórico que cada cierto tiempo vuelve a asomarse de nuevo a las páginas de los libros de historia. Es el mismo movimiento que en el mayo del 68 se fue extendiendo como la pólvora desde las aulas universitarias hasta el conjunto de la sociedad de la época, principalmente en los países más desarrollados, transformando el conjunto de Europa en una sociedad diferente, y que en Estados Unidos, gracias a hombres como Martin Luther King, devolvió la dignidad a los negros afroamericanos. Es cierto que este movimiento consiguió importantes avances sociales, y poner ello en duda sería algo absurdo e incoherente. El movimiento de mayo del 68, desde luego, inventó una nueva Europa, mucho más avanzada y progresista, en el buen sentido de la palabra, que la Europa anterior a esa fecha. Del mismo modo, también el movimiento negro logró para Estados Unidos un país diferente, a pesar del retroceso que la nación está viviendo en estos últimos años, como nos dicen las noticias que, cada tanto tiempo, se asoman a los periódicos. No es mi intención, por ello, negar el valor de los movimientos sociales, sino de la manipulación política que todos los movimientos sociales tienen.

Este movimiento, en esencia, es el mismo movimiento que en el siglo XIX, de la mano de las revoluciones burguesas, supuso el final definitivo del Antiguo Régimen, y el nacimiento de este sistema constitucional en el que todavía nos encontramos. Es el mismo movimiento que a finales de la Edad Media y durante la primera mitad del siglo XVI, dependiendo de las zonas, supuso también el final de una era, el feudalismo, y el principio de una nueva época, quizá no perfecta, desde luego, pero sobre todo más igualitaria que la precedente. Esos dos movimientos históricos también lograron cambiar la sociedad en la que habían nacido, pero junto a algunos personajes verdaderamente revolucionarios, cuyo único anhelo era ese, transformar la sociedad, también surgieron hombres aprovechados, cuya única pretensión fue, nada más, sacar un beneficio personal de la violencia que los movimientos, casi siempre, fueron creando a su alrededor. Quizá sea cierto que sólo la violencia es capaz de mejorar la sociedad, pero la realidad es que, normalmente, todos esos movimientos han ido acompañados de un importante derramamiento de sangre. La Revolución Francesa a finales del siglo XVIII, y la Revolución Rusa en las primeras décadas del siglo pasado, son buena prueba de ello.

Quizá no haya sido demasiado acertado comparar este movimiento de los indignados, que guarda algunos elementos en común con ideologías ya pasadas de moda como el anarquismo o el comunismo, cuya depravación y falta de moral saltó a la luz hace ya más de treinta años, con esos otros movimientos históricos; eso es algo que el tiempo tendrá que decidirlo en el futuro. Por eso, porque mi análisis quiere serlo sólo desde el punto de vista del historiador, nunca del observador contemporáneo o del periodista de sucesos, mi único deseo es dejar sentadas las bases que sirvan de camino para analizar de qué manera se desarrolló en Cuenca aquel otro movimiento, lejano y cercano a la vez, de los liberales; algo he escrito sobre ello al hablar del sacerdote Nicolás García Page, y de todos aquellos liberales que integraron la sociedad secreta de los comuneros, entre los que también formaron parte algunos religiosos conquenses, y que incluso guardaban sus papeles y sus insignias en una de las capillas del propio templo catedralicio. A este tema le he dedicado una parte de mis investigaciones históricas, por lo que me remito a ellas, y a algunas de las entradas de mi blog personal, si el lector quiere profundizar más en este asunto.

Y llegado a este punto tengo que decir que Cuenca tuvo también su héroe comunero, de esa comunería castellana del siglo XVI, la de Padilla, Bravo y Maldonado. Un personaje de la nobleza conquense que, como esos traidores de los movimientos sociales de los que hablaba al principio de este artículo, no tuvo ningún problema en sacrificar a sus compañeros de viaje, a los otros comuneros. Al menos eso es lo que cuenta la historia, no realmente la Historia de verdad, la de los documentos; pero eso es ya otra historia, mucho más antigua, aunque también resulte quizá así mismo necesario desmitificar de una vez por todas, la figura de Luis Carrillo, que así se llamaba el personaje en cuestión, más allá de absurdas leyendas que nos hablan de cabezas cortadas y puestas a secar al sol en balcones solitarios. Quizá el verdadero Luis Carrillo, cuyo hermano, por cierto, fue el impulsor de la renovación artística de la catedralicia capilla de Caballeros en el seno del nuevo estilo renacentista, no fuera realmente un traidor, sino un hombre pragmático, y quizá la derrota de los comuneros en Villalar, en 1521, fuera realmente la victoria, el germen, de ese gran imperio que nacía en ese momento en la corte del emperador Carlos V.

 

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