La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

De Uclés a Belmonte pasando por romanos, moros y cristianos


No me hagan mucho caso: no recuerdo exactamente los kilómetros y mis afirmaciones históricas o cronológicas pueden estar equivocadas. Pero los sitios y su presencia han quedado desde hace mucho tiempo almacenadas en mi memoria plástica y sentimental y, ahora sí, háganme caso: merece la pena visitarlos, conocerlos, recordarlos. Aunque sea corriendo y sin guía. Son parte fundamental de nuestro paisaje, de nuestra historia, de nuestra cultura.

Empiecen por Uclés. Si vienen de Madrid y siguen la dirección hacia Valencia por la autovía, se lo encontrarán a la altura del kilómetro 90, apenas pasado Tarancón, tomando una pequeña carretera local hacia la izquierda. No tiene pérdida: allá, en la breve distancia, ya pueden ver el destino de su curiosidad, el monasterio de Uclés, una imponente mole renacentista que en sus cimientos apenas logra esconder los orígenes de la elevación en la que se encuentra, un castillo árabe de cuando la tierra era predio del islam. El monasterio, sede principal de la Orden de Santiago, antigua poseedora de todo el entorno, tuvo mejores momentos en su historia pasada y reciente. Fue seminario menor católico hasta hace pocos años, cuando las vocaciones disminuyeron y la iglesia provincial, propietaria del edificio, tuvo que encontrar destinos laicos para la utilización del convento y con ellos reducir los gastos de sus mantenimiento. Pero la mole sigue en su bella dimensión perfectamente intacta, como la está la airosa iglesia que al conjunto pertenece. Y como lo están los robustos sillares romanos que muestran en el exterior la perpetua solidez de su origen en la vecina Segóbriga, proveedora infinita de materiales de construcción para los asentamientos medievales y posteriores una vez que romanos y visigodos hubieran abandonado la que había llegado a ser una de las principales referencias en las vías romanas de comunicación, desde Complutum hasta Tarraco.Si tienen un momento, desciendan al pueblo, a su armónica Plaza Mayor y tomen algo que fortalezca sus músculos. Algún que otro buen café y restaurante en el entorno se lo pueden facilitar.

Con reconfortante o sin él, vuelvan por donde han llegado hasta encontrar la autovía hacia Valencia y tuerzan hacia la izquierda. Dejarán a su derecha el pueblo de Villarrubio, del que en alguna ocasión, si no en esta, en el caso de que lleven algo de prisa, querrán detenerse a su entrada para en el Restaurante el Vasco podrán degustar las mejores especialidades conquenses y manchegas, y apenas una decena de kms más allá encontraran una salida con el nombre de Segóbriga, los restos romanos. El cartel lleva también el nombre de Saelices, el pueblo que ese encuentra en el otro lado de la autovía, pero su recuerdo queda muy directamente asociado al de la villa romana: fue lo que quedó del enclave tras su abandono y ruina. Pero qué ruina: un teatro que todavía acoge en verano representaciones teatrales y musicales, un circo perfectamente reconocible y practicable en su bien diseñado óvalo, un foro todavía en excavación pero ya signo evidente del tamaño e importancia de la ciudad. Y en la cumbre del cerro sobre la que está construida, la espléndida visión del valle por el que discurre el río Gigüela y el despliegue de las onduladas llanuras que siglos después formaron parte de las propiedades de la familia Borbón.

Pero si otro gusanillo les pica, y antes de llegar a Segóbriga por la carretera comarcal que les ha sacado de la autovía, pueden torcer a la izquierda por una breve carretera anónima, dirigirse hacia el Castillejo, un resto amurallado de tiempos medievales y hacia Villa Paz, o más bien lo que queda de ella, la casona que compartieron Luis Miguel Dominguín y Lucia Bosé hasta que esta última decidió quemarla ante la evidencia de que el torero andaba de correrías con Ava Gardner. Qué cosas.

En saliendo de Segóbriga y hacia la izquierda, la carretera sigue el curso del río y en un breve trecho llega hasta el Luján, lugar de sombra y descanso en el que una vistosa construcción, que quisiera imaginar parte de las propiedades que en su momento compartieron la reina gobernadora María Cristina de Borbón y su morganático marido, el taranconense Fernando Muñoz, alberga facilidades de alojamiento y restauración culinaria dignas de los mejores establecimientos de la especie. Allí mismo una rotonda nos ofrece la alternativa de Villamayor de Santiago -de nuevo la Orden- hacia el norte, Almendros y Villarubio, o hacia el sur la de Puebla de Almenara y Belmonte. Cojan ustedes esta última, mis queridos amigos, sin olvidar la posibilidad de visitar en otro momento la sólida Villamayor, el pueblo más grande de la comarca, y vayamos subiendo por la carretera que en la lejanía nos ofrece ya un perfil importante: el del castillo de Puebla de Almenara en la cima de la Sierra Jarameña. Si tiempo tuvieran, les recomendaría que por allí se detuvieran un tanto, que visitaran la bella iglesia parroquial de la Asunción y rezaran un Ave María a la Virgen de la Misericordia, patrona del lugar, que luego emprendieran camino arriba, dejando a su derecha el bello pinar con aire romano que en su centro exhibe un airoso panteón,  para llegar a la ermita de la Virgen, blanco y elegante santuario que concita fervores intensos en toda la vecindad, y se arriesgaran para recorrer el pedregoso camino que les lleva al Castillo, o a lo no poco que de él queda, con sus torreones, y sus murallas y sus aljibes. Y también con sus vistas hacia el Oeste, cuando ya se percibe la inmensa llanura manchega que Don Quijote frecuentara.

Y ánimo, solo les quedan 30 kilómetros para llegar al final de trayecto. En el camino pueden aprender, o recordar, que en Tresjuncos quedan restos de mosaicos romanos, que en Osa de la Vega se pueden visitar las minas del espejuelo que los antiguos utilizaban como material translúcido antes de que el cristal existiera, que allí mismo tuvo lugar el famoso, y falso, “Crimen de Cuenca” -cuando vuelvan a Madrid pidan a Movistar que les deje ver la película que al tema dedicó Pilar Miró- y al llegar a Belmonte suban directamente al castillo en lo alto del pueblo. No ha dejado nunca de estar utilizado desde los tiempos del marqués de Villena hasta que fuera sede de la escuela del Frente de Juventudes de los tiempos franquistas, además de haber prestado alojo a la Emperatriz Eugenia, de Montijo, después de que su marido, el emperador Napoleón III, fuera derrotado por los alemanes en Sedan. Y ahora, convertido en museo, reconoce las virtudes del servicio: está en plena forma. Y miren al campo que se extiende por debajo de sus torreones: con Anthony Mann como director, y Samuel Bronston como productor, Charlton Heston encarnaba al Cid en sus torneos mientras Sofia Loren le miraba con arrobamiento. Al salir del castillo, y si todavía les queda tiempo y ganas, visiten la muy bella Colegiata, echen una ojeada a la casa natal de Fray Luis de León y busquen refugio en lo que fue palacio del infante don Juan Manuel ahora, sobre sus ruinas, convertido en moderno y acogedor hotel. Y esto es solo parte de Cuenca. Descansen con el recuerdo de la visita. Para mañana continuar con lo mucho que todavía nos queda. Si yo les contara…

Javier Rupérez Rubio

Embajador de España

La Opinión de Javier Rupérez Rubio

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