La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

El baile de las vacunas


El 30 de noviembre de 1803, la corbeta “María Pita” partía desde el puerto de La Coruña, rumbo al continente americano. A bordo del barco viajaba una expedición científica, la primera expedición sanitaria internacional de la historia, según ha sido reconocida por muchos investigadores, que, dirigida, por el reconocido médico y cirujano Francisco Javier Balmis, estaba formada además por dos médicos asistentes, dos prácticos, tres enfermeras, la rectora de la casa de Expósitos de aquella ciudad gallega, y veintidós niños huérfanos, procedentes la mayor parte de ellos de dicho orfanato. La expedición, conocida como la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna porque fue desde un primer momento un proyecto oficial del Estado español, sufragada con fondos públicos en beneficio de la salud y de la sanidad también en las colonias, tenía como finalidad la extensión de la vacuna de la viruela, que había sido descubierta poco tiempo antes por el médico inglés Edward Janner, al continente americano. Entonces, la vacuna de basaba en la inoculación de un derivado del virus menos letal desarrollado en el ganado vacuno.

Los promotores de la expedición tuvieron la idea, para solucionar el problema de la conservación de la vacuna durante todos los días de trayecto, de inocular a dos niños expósitos, de manera que cada nueve o diez días se iría transmitiendo a otros niños, en una especie de reacción en cadena. La expedición, que durante mucho tiempo ha permanecido poco conocida para la opinión pública en general, ha saltado en los últimos meses, otra vez, a la actualidad, por culpa de la pandemia de covid que padecemos y, sobre todo, por la creación, por el gobierno autónomo de Madrid, de un novísimo hospital para pandemias que ha recibido el nombre de “Enfermera Isabel Zendal”, en homenaje a aquella enfermera, rectora del hospicio de La Coruña, que había formado parte de la expedición de Balmis. Por cierto, el hecho de que hasta ahora su nombre haya pasado desapercibido para casi todos, como también los nombres de los niños que habían proporcionado el transporte humano para la vacuna, (de casi todos ellos, en realidad, se desconocen incluso los apellidos), demuestra hasta qué punto la historia no siempre ha sido justa en el reconocimiento de algunos de sus protagonistas.

Ciento cincuenta años más tarde, en 1957, el doctor norteamericano, pero de origen polaco, Albert Bruce Savin, empezó a desarrollar una nueva vacuna contra la poliomielitis, que tanto daño estaba provocando entonces en los niños de todo el mundo, a pesar de que algunos años antes otro compatriota suyo, el virólogo Jonas Salk, había descubierto ya un tipo de vacuna contra la enfermedad. El método de Sabin se basaba en la inoculación de virus vivos atenuados, que se replican de forma eficiente en el intestino, la puerta de entrada del virus en el organismo, pero que no puede replicarse en el sistema nervioso, allí donde radica la verdadera peligrosidad del mismo. La vacuna fue autorizada cinco años más tarde, en 1962, y a partir de este momento, los casos graves de poliomielitis comenzaron a descender considerablemente, sobre todo en el mundo desarrollado, allí donde el acceso a los medicamentos es más sencillo. Consciente de la importancia de su descubrimiento,  el doctor Sabin decidió no patentarlo, renunciando así a cualquier recompensa de tipo material, y permitiendo que todas las compañías farmacéuticas pudieran producir la vacuna libremente, pudieran de estar forma llegar a todo el mundo. Llegó a decir lo siguiente: “Éste es mi regalo para todos los niños del mundo.”

Contrastan estos hechos con la situación actual a la que nos ha llevado la pandemia que estamos viviendo, con un virus letal que ya ha matado a alrededor de tres millones de personas (cerca de ochenta mil sólo en España, según cifras oficiales, aunque es sabido que en realidad las cifras son considerablemente superiores). Y lo es por dos motivos: por las propias farmacéuticas, y por los gobiernos, encargados de tomar todas las decisiones respecto a la pandemia, incluidas las relacionadas con la administración de las vacunas. Por un lado, la actuación de las propias farmacéuticas, que a lo largo de la segunda mitad del año pasado se lanzaron a una alocada carrera por ser la primera en descubrir la vacuna contra el nuevo virus, muchas veces, si no siempre, con una importante inyección de recursos públicos, y que ahora, cuando finalmente han podido desarrollarla, necesitan rentabilizar todo el dinero invertido por ellos. Esto es, al menos en parte, algo lógico, pero no deja de ser un problema cuando la investigación se mide, sólo, en términos crematísticos. Además, una cosa es eso, y otra, muy diferente, convertir el asunto de la venta de vacunas en una especie de “mercado persa”, como desde algún sitio ha sido definida, en el que todos los bienes se entregan al mejor postor, y la única ley en la relación de compraventa es poder obtener la mayor ganancia en el trato. Si ello es así, ¿cuándo llegará la vacuna, en dosis suficientemente razonables, a países como la India o Brasil, donde el virus avanza inexorable debido a la miseria? Y desde luego, la única forma de poder derrotar al virus es vencerlo en todas las regiones del mundo, no sólo en el mundo desarrollado.

Pero es, todavía, la desinformación a la que nos tienen acostumbrados los gobiernos, independientemente de su color o de la zona del espectro político en la que estos se hallen. Continuamente, desde los gobiernos nos están sometiendo a todos los ciudadanos a continuos cambios de criterio respecto a qué vacuna es mejor, o a qué vacuna es la más adecuada para cada grupo de edad, de manera que una gran inseguridad crece entre una parte de la población. Cambios de criterio que, por otra parte, lo único que consiguen es armar de munición dialéctica, y no sólo dialéctica, a los negacionistas antivacunas. Y la consecuencia de todo ello es clara: hace unas pocas semanas, cuando desde el gobierno central se paralizó temporalmente la administración de la vacuna AstraZeneca para llevar a cabo nuevos estudios que determinaran su relación con los trombos que se estaban dando entre una parte de los inoculados, la tercera parte de las personas que habían sido citadas en Madrid para ser vacunadas no asistieron a la cita. La posibilidad de esos trombos, han dictaminado los expertos, es similar a la de otros medicamentos de los que nada se sospecha, y, desde luego, mucho menor a la que puede provocar la propia enfermedad en sí misma. Y todo ello, como decimos, pese a la oposición de los científicos, los únicos que de verdad conocen el asunto, y que siempre han tenido claro que la única solución para detener la enfermedad es, cito literalmente a alguno de ellos, “vacunar, vacunar y vacunar.”

La última idea del gobierno de España, ha sido el anuncio de que las vacunas de AstraZeneca sólo se van a administrar al grupo de personas comprendidas entre los sesenta y los sesenta y nueve años, dejando así sin cobertura con esta marca, a todos aquellos a los que ya se le había administrado con ella la primera dosis, y que no estén comprendidos en este rango de edad, abriendo de esta forma la posibilidad a que sean inoculados, en esa segunda dosis, con una vacuna diferente. Todo ello, como no podía ser de otra forma, ha sido criticado por el prestigioso doctor César Carballo, adjunto del servicio de urgencias del Hospital Universitario Ramón y Cajal y vicepresidente de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias de Madrid, aduciendo que esta decisión, además de errónea, puede ser incluso peligrosa.

Pero en realidad, los continuos cambios de criterio no están relacionados sólo con la administración de las vacunas, sino con cualquier otro aspecto relacionado con el virus. Aspectos como el de la apertura de los bares, sometidos a continuos vaivenes que tampoco han permitido ningún tipo de estabilidad entre los hosteleros, y sí importantes pérdidas económicas, cuando estos se han visto obligados a cerrar sus locales justo en el momento, muchas veces, en el que tenían llenas sus neveras, con el alimento preparado para el trabajo diario. En realidad, éste es un tema que debería ser tratado ya en otro artículo diferente, pero no quiero terminar sin hacer una mínima reflexión sobre ello: ¿Habría cambiado de criterio el gobierno de Castilla-La Mancha, respecto a la decisión de poder abrir los bares a pesar de encontrarse en fase tres, si no hubiera entrado también en esa misma fase, ese mismo día, la ciudad de Toledo?

Por cierto, quizá sea el momento éste de llamar a las cosas por su nombre, dejar de llamar a la enfermedad con el impreciso nombre de coronavirus, cuando en realidad éste no es más que una “subfamilia de virus ARN monocatenario positivos, perteneciente a la familia de los Coronaviridae”. La definición, inaccesible, o poco menos, para los que somos legos en la materia, está sacada directamente de la Wikipedia, y por lo tanto también es imprecisa desde el punto de vista científico, pero me sirve para intentar establecer las diferencias entre lo que es sólo el elemento transmisor de la enfermedad, el coronavirus, o SARS-CoV-2, y la enfermedad en sí misma, que en la literatura científica, y eso es lo que importa, ha sido designada con el nombre de Covid-19.

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