La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Pongamos que hablo de Madrid


“Allí donde se cruzan los caminos, / donde el mar no se puede concebir, / donde regresa siempre el fugitivo. / Pongamos que hablo de Madrid. / Donde el deseo viaja en ascensores / un agujero queda para mí, / que me dejo la vida en sus rincones. / Pongamos que hablo de Madrid. / Las niñas ya no quieren ser princesas / y a los niños les da por perseguir / el mar dentro de un vaso de ginebra. / Pongamos que hablo de Madrid. / Los pájaros visitan al psiquiatra. / Las estrellas se olvidan de salir. / La muerte pasa en ambulancias blancas. / Pongamos que hablo de Madrid.” La desgarrada letra de la canción de Joaquín Sabina, hermosa como sólo puede escribirla un auténtico poeta de la calle, un juglar del mundo moderno, quizá no haga justicia suficiente a una ciudad también hermosa, cosmopolita, en la que todo el mundo es bien recibido, en la que cualquiera, sea cual sea el lugar en el que ha nacido, puede sentirse madrileño, con tal de que sepa respetar la libertad individual del resto de los ciudadanos. Porque Madrid es, como la letra de la canción de Sabina, hermosa y desgarrada al mismo tiempo.

El pasado 4 de mayo, los pájaros de Madrid visitaron al psiquiatra en forma de una votación, inesperada hace algunos meses, y el resultado de aquella visita fue una victoria sin paliativos de Isabel Díaz Ayuso. Las elecciones se habían iniciado ya en Murcia hace algunas semanas, cuando el Partido Socialista y Ciudadanos iniciaron una tentativa de moción de censura para desbancar de la comunidad, y también del ayuntamiento, a sus titulares populares. Y el resultado de esas elecciones ha sido una victoria de Ayuso, que ha dejado en el armario dos cadáveres políticos, un cadáver individual, el de Pablo Iglesias, que ha decidido abandonar la política, y un cadáver colectivo, de partido, el de Ciudadanos.

Porque una de las imágenes más representativas de la noche electoral fue la salida televisiva del líder de Podemos, con aire victimista, como siempre, y sin haber sabido entender todavía el mensaje que las urnas le había dado, anunciando su retirada de la escena política y su regreso, no lo dijo pero estaba en el sentir de todos, a los ambientes televisivos para ejercer, otra vez como en los tiempos de La Tuerca, de analista político. Por lo menos, y al contrario de lo que sucedió hace dos años en las elecciones de Andalucía, en la que también su partido salió derrotado, no lo hizo para lanzar a las ondas uno de sus mensajes más beligerantes, para animar a sus correligionarios, y cito literalmente, “a recuperar en las calles lo que habían perdido en las urnas.”

 Quizá sea éste el momento de recordar la resolución del Parlamento Europeo del 19 de septiembre de 2019, sobre la importancia de la memoria histórica europea para el futuro de nuestro continente. Una resolución muy diferente, en la forma y en el fondo, a la Ley 52/2007, de la Memoria Histórica de España, aquélla, en la que, sin hacer ningún tipo de diferencia entre una y otra, equipara al comunismo con el régimen nazi, rechazando y condenando en la misma medida a las dos ideologías. Puede y debe equipararse al nacismo en general con el fascismo, pero lo cierto es que ningún partido del espectro político español en la actualidad, ni siquiera Vox, se define hoy mismo como fascista, y las acusaciones de fascistas, de “fachas”, que a menudo lanzan las izquierdas contra todo el que no opina como ellos, es poco más que un chiste de mal gusto, una acusación que no bebe de una reflexión profunda en lo que realmente es el fascismo histórico. Frente a ello, Podemos, el partido de Pablo Iglesias, se define a sí mismo como un partido comunista, y se viste con una falsa superioridad moral, a la que las izquierdas nos tienen acostumbrados. Una ideología, la comunista, recordamos, que tiene a sus espaldas millones de muertes a lo largo de todo el siglo XX, en la Unión Soviética y en sus países satélites en la época de la Guerra Fría, en China, en Camboya, en Corea, o en las diferentes dictaduras de carácter marxista que siguen tiñendo de sangre y de hambre muchos países del continente americano.

En estas elecciones, Podemos ha perdido la mano, incluso, con su partido hermano, Mas Madrid, que en contra de la radical postura de Podemos, ha hecho esta vez una campaña mucho más moderada, y que se ha sabido colocar en el segundo partido del espectro de la izquierda. Esperemos ahora que sus líderes, Íñigo Errejón en el plano nacional y Mónica García en el plano local, hayan tomado nota de que los madrileños, y por extensión también los españoles, estamos ya cansados de este radicalismo que representan Iglesias y su partido. En este sentido, quiero hacer mías también las palabras de Ignacio Camacho, quien, en su columna del periódico ABC, el día siguiente de las elecciones, escribió: “Su retirada -se está refiriendo a la de Iglesias-, deja una escena política más sana y más limpia, y un Podemos limitado a las dimensiones tradicionales de Izquierda Unida.”

 El otro cadáver, el colectivo, es el del partido Ciudadanos, el otro partido que, como Podemos, vino a regenerar la política española con la fuerza de un tsunami, y resulta que sólo ha sido una pequeña ola en un mar en calma. Una derrota, la del partido naranja, que se empezó a fraguar ya en Murcia, cuando se alió con los socialistas para promover una moción de censura con el fin de desbancar de la comunidad y de la alcaldía al Partido Popular. Una moción de censura que ni siquiera sirvió para hacer caer al presidente, Fernando López Miras. Más que un partido verdaderamente renovador de la política, Ciudadanos ha sido siempre un partido veleta, girando siempre en la dirección que marca el viento, y su derrota en Madrid no ha sido la derrota de Edmundo Bal, que en realidad él se ha visto obligado a salir del banquillo cuando el partido ya estaba perdido (valga el juego de palabras), sino la de la dirección general de Ciudadanos, con Inés Arrimadas, y de rebote también Albert Rivera, aunque éste hace tiempo que se encuentra ya fuera del partido, a la cabeza.

Y en este ambiente tan extremado de la política, ¿qué sucede con el Partido Socialista? En cualquier democracia siempre será necesaria la existencia de un partido socialista, que pueda nivelar la manera de hacer política de los partidos liberales, pero debe ser un partido socialista que mire hacia la socialdemocracia, un Partido Socialista como el que nació en el congreso de Suresnes, en 1974, hace ya más de cincuenta años, que esté dispuesto, no a olvidar el pasado, sino a colaborar en la construcción de una sociedad verdaderamente democrática, un partido alejado de toda postura radical y marxista, como fue el que, al final de la Segunda República, creó el Frente Popular, el de Largo Caballero e Indalecio Prieto, el que hace unos años empezó a recuperar otra vez José Luis Rodríguez Zapatero, y que ahora está llevando a sus últimas consecuencias Pedro Sánchez.

Los derrotados en las últimas elecciones dicen que Madrid no es España. En realidad, Madrid es sólo una parte de España, pero es su capital, y buena parte de lo que se decide en España se decide también en Madrid. ¿Y si al final Madrid si fuera España, en el sentido que se le está dando al término, y lo que ha pasado en Madrid fuera un preludio de lo que puede pasar después en España? En definitiva, Madrid ha puesto las bases que demuestran que, al final, Pedro Sánchez también puede ser derrotado, sobre todo si se cumplen las condiciones oportunas. De momento, las últimas encuestas publicadas a nivel nacional, realizadas después de las elecciones madrileñas, coinciden en vaticinar una victoria de los populares, aunque corta todavía, e insuficiente para gobernar.

Derrotados han sido varios: Pablo Iglesias y todo el partido Podemos; Ciudadanos, por supuesto, que ni siquiera estará representada en la cámara madrileña durante los dos próximos años; Vox, al menos de manera parcial, que aunque sube en representación, no lo hace de manera suficiente, y sus votos en la investidura de Ayuso no van a ser tan determinantes como ellos se pensaban; Gabilondo, desde luego, pero también todo el Partido Socialista de Pedro Sánchez y de Iván Redondo, el “Maquiavelo” que no ha sabido leer lo que de verdad querían los madrileños. Y también, aunque él no se presentaba, José Félix Tezanos, que había previsto un empate técnico entre los dos polos de espectro que había previsto la posibilidad de que Gabilondo pudiera gobernar con el apoyo de los otros dos partidos de izquierda. ¿Para qué nos sirve un Centro de Investigaciones Sociológicas que, sistemáticamente, olvida su papel como garante de nuestra democracia, para convertirse en ariete, uno más, del sistema que ya ha empezado a llamarse “sanchista”?

No quisiera terminar sin recordar las palabras del filólogo y periodista catalán Xavier Pericay, recogidas de su colaboración en la sección de la Tercera de ABC, también el mismo día de la resaca de las elecciones: “Que las urnas hayan revalidado una vez más el modelo constituyente es, en definitiva, una excelente noticia. Porque, conviene recordarlo, ayer no ganó tan sólo el Partido Popular. Ni siquiera Isabel Díaz Ayuso, por más que su figura haya salido, y es de justicia señalarlo, enormemente fortalecida de la contienda electoral. Ganó una determinada concepción de la política y de la gestión pública: eso que entendemos por modelo Madrid. Y es de esperar que dicho modelo, exento de cualquier inflamación identitaria, pueda servir en delante de referente para tratar de llevar no ya a la Comunidad de Madrid, sino a España entera por la senda del progreso, la convivencia y el bienestar. Que buena falta le hace”.


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