La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Un hundimiento largamente anunciado, y no sólo el de la calle Canónigos


Hace ahora algunos años, durante una de esas inundaciones que de manera recurrente asolan durante el otoño las costas del Mediterráneo, las aguas crecidas del río Segura derribaron en la provincia de Murcia un puente que apenas contaba unos pocos años desde su construcción. La noticia saltó a los medios de comunicación porque ese puente se había construido, precisamente, para sustituir a otro más antiguo, del siglo XVI, que había sido declarado en estado de ruina, prohibiéndose de esta forma la circulación por su superficie con el fin de evitar posibles accidentes. Sin embargo, la crecida del río se había llevado por delante el puente nuevo, declarado seguro por las autoridades, mientras había dejado intacto el inseguro puente viejo, que aún se mantenía en pie junto al otro. La noticia viene a mi recuerdo ahora, cuando hemos sabido que el derrumbe que se produjo en Cuenca a mediados del mes pasado, y que dejó intransitable la calle Canónigos, junto a las Casas Colgadas, se había llevado por delante, también, la parte del muro de contención correspondiente a las obras de los siglos XIX y XX, mientras que la parte más antigua, la de las obras realizadas en ese mismo siglo XVI en el que fue levantado el viejo puente de San Pablo, también se mantuvo intacta, igual que había sucedido durante las inundaciones de Murcia de hace ya bastantes años.

Desde que sucedieron los hechos en la calle Canónigos, desde que el camino de acceso a las Casas Colgadas desde el río Huécar se deslizó, precipitando hacia la hoz toneladas de piedra y tierra, han corrido ríos de tinta -valga la expresión, propia del antiguo periodismo, a pesar de que ya los periódicos, como éste que ahora lees, no son lo que eran, y la tinta es ya sólo un trazo de letras comprensibles sobre la pantalla del ordenador-. La oposición municipal ha pedido dimisiones, en base al retraso producido en las obras, y a que, ya desde hace algún tiempo, algunos informes realizados demostraban la situación real en la que se encontraba la zona afectada por el derrumbe, informes que, en algunos casos, cuentan ahora las crónicas, se remontaban incluso hasta hace dos años. Y más allá de esos informes, cualquiera que en estos últimos meses haya pasado por la zona, que somos muchos, conquenses y turistas, hemos podido comprobar que la situación era ya insostenible, y por ello, la sorpresa provocada por el colapso ha sido relativamente menor.

Sin embargo, quizá no sea éste el mejor momento para exigir dimisiones, sino de aunar esfuerzos entre todos, instituciones, administraciones y ciudadanos, para solucionar el problema provocado por el colapso, y evitar, sobre todo, que otras situaciones similares vuelvan a producirse en otros rincones de la ciudad. No es de recibo que se quiera sacar de la tragedia ajena una rentabilidad política a corto plazo; será el tiempo, en forma de unas futuras elecciones, el que ponga las cosas en su sitio, castigando a los responsables de una mala gestión, o premiando, si fuera el caso, a quien hubiera ejercido su labor, desde el gobierno o desde la posición, de manera adecuada. Otra cosa es que se puedan encontrar responsabilidades penales, y en este sentido, recientemente ha saltado la noticia de que la fiscalía de Cuenca ha abierto un expediente para conocer si esas responsabilidades pueden o no existir, y en caso afirmativo, a quién o a quiénes debe atribuirse esa responsabilidad.

Porque otras ruinas similares acechan ya a una ciudad dormida en su propia desidia. Cuenca es un claro ejemplo de una falta de acuerdo recurrente entre las distintas administraciones e instancias de poder, y así nos está yendo en los últimos años. Durante la anterior legislatura, la Junta de Comunidades presionó para que el problema de los accesos a la parte alta de la ciudad quedaran definitivamente solucionados. En este sentido, el proyecto elaborado por el grupo de arquitectos Cuenca[in], encaminado a la construcción de unos ascensores que comunicaran la acrópolis conquense con la parte más moderna de la ciudad, fue brillante y muy trabajado, y en él no se obviaba ninguno de los aspectos relacionados con el asunto, desde los puramente técnicos y arquitectónicos hasta los relacionados con la arqueología, la botánica y la zoología del entorno. Ni siquiera el dinero era entonces un problema, se nos prometía, porque el ochenta por ciento de su coste iba a correr a cargo de la propia Junta de Comunidades, a través de los fondos europeos, y el veinte por ciento restante podía ser puesto por la Diputación Provincial. El asunto no llegó a nada por la negativa del propio Ayuntamiento, en contra de algunos pareceres de su propio partido, y cuando se celebraron las nuevas elecciones, la concordancia ideológica de todas las administraciones nos hizo soñar en que el acuerdo iba a arreglarse definitivamente. Sin embargo, y contra todo pronóstico, la propuesta del grupo de arquitectos ha vuelto a ser abandonada, y ahora el debate, alentado desde la propia Junta que antes había creído en él, está puesto en unas escaleras mecánicas que, a primera vista, no resuelven ninguno de los problemas de accesibilidad a la Cuenca alta.

Y mientras tanto, Cuenca se nos hunde. En otro espacio recoleto de nuestra ciudad, en las inmediaciones de la ermita de la Virgen de las Angustias, frente a la hospedería que a sus espaldas promovió el Colegio de Enfermeros, y quizá precisamente por ello, se ha abierto en los últimos meses una grieta en el suelo, similar a la de la calle Canónigos, salvando las diferencias, que ha provocado que el muro y la barandilla cercanos se inclinen peligrosamente hacia el abismo del Júcar. En la misma zona, muy concurrida por los conquenses, vienen surgiendo desde hace ya bastante tiempo recurrentes problemas de mantenimiento que, como mínimo, afean el hermoso paisaje que nos rodea: el acceso lateral a la ermita desde el propio puente de los Descalzos, que permaneció cerrado durante muchos meses, y se ha abierto recientemente, sin que a primera vista se hubiera solucionado el desconocido problema que lo mantenía cerrado; la pared de piedra que se halla colgada sobre el antiguo convento de franciscanos descalzos, que permanece cubierta desde hace ya muchos años de unos andamios antiestéticos; las bajadas de aguas fecales, desde la calle de San Juan y desde la zona de San Miguel, que envuelven de un olor fétido lo que debería ser el suave perfume de la vegetación en el hermoso Paseo del Júcar… También dentro de la propia ciudad se vienen creando situaciones problemáticas, y ejemplo de ello es el entorno de las Escalerillas del Gallo, en el ángulo que forman las calles de Agua y Tintes: a un lado y otro de las escaleras, cantadas por Federico Muelas, la casa de la Fundación Sánchez Vera y el edificio Almudí, propiedad del Ayuntamiento, reflejan, desde hace ya demasiado tiempo, la crítica situación de Cuenca en lo que a su patrimonio monumental, urbanístico y paisajístico se refiere.

Es cierto que el presupuesto municipal es escaso, pero ante esta falta de presupuesto, las administraciones tienen la obligación de buscar soluciones. Y, sobre todo, de saber elegir en dónde se debe gastar ese presupuesto. Mientras los verdaderos problemas de la ciudad siguen sin solucionarse, se nos anuncia una inminente restauración del Bosque de Acero, una estructura de hierro y cristal completamente ajena a nuestras tradiciones constructivas que, quizá, nunca debió ser construida, que nunca ha servido para nada, y que, muy probablemente, seguirá resultando inservible, porque las condiciones atmosféricas y climatológicas de nuestra ciudad no son las mejores para una construcción de estas características. En el lado opuesto a este Bosque de Acero, debemos resaltar la adecuada reinstalación de los azulejos del quisco del parque de San Julián, que resultaron quemados en un incendio provocado hace unos pocos años; restauración que ha sido llevada a cabo a iniciativa de los mismos arquitectos del grupo Cuenca[in] y sufragados por muchos conquenses, a modo de un micro mecenazgo ejemplar. Es de desear que las administraciones locales, y en este caso el Ayuntamiento, no retrasen demasiado la instalación de las nuevas piezas, elaboradas en Talavera de la Reina, a imitación fiel de las que habían sido quemadas en el incendio.

Desde luego, no hemos aprendido demasiado desde que, hace ya alrededor de ciento cincuenta años, se arruinara, en un lugar muy próximo al actual derrumbe de la calle Canónigos, uno de los ojos del viejo puente de San Pablo, el de piedra, en el extremo más cercano a las Casas Colgadas, por cierto, y desde que se cayera también, en 1902, la torre de la catedral. Estamos a tiempo todavía, aunque ese tiempo se nos acaba, de evitar nuevas destrucciones, aprender definitivamente de nuestros errores, y convertir esta ruina que ahora os amenaza, en una ciudad completamente renovada.


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