La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Una fiesta para los sentidos


En los tiempos que corren, la presentación de un libro, uno solo y trate del tema que trate, debe ser considerado siempre una fiesta, porque el libro es el corazón que marca los latidos del mundo desarrollado, el alma múltiple que alimenta a todas las sociedades modernas. Y es que la lectura, sea cual sea el formato en el que la hagamos, sea sólo un periódico o un manual de uso o un simple prospecto médico, sea sobre una pantalla de ordenador, de una tablet o de un libro electrónico, sea todavía la secuencia de unas líneas de tinta sobre las hojas de papel que conforman un libro clásico, es lo que nos convierte de verdad en seres humanos plenos; el hombre es, casi por definición, un homo lectorem en la misma medida en la que es todavía un homo sapiens. Y cuando se trata no ya de un libro único, sino de un grupo más o menos numeroso de esos libros, cerca de una decena, como es el caso que nos ocupa, esa fiesta se transforma en un momento sublime que no nos podemos perder. Y por ello, la presentación que la Diputación Provincial realizó hace apenas dos semanas, de todos aquellos libros que la institución provincial ha podido editar, sacar a la luz, precisamente en este último año largo, tan complicado desde todos los puntos de vista, en el que la pandemia ha venido a coartar esta libertad que precisamente nos entregan los libros, fue una gran fiesta para los sentidos. Una fiesta que, además, contó con un espacio novedoso, el propio jardín de la institución, frente a la fachada principal de su palacio, con el fin de poder cumplir todos los protocolos sanitarios que actual situación exige. Los actos se desarrollaron entre los días 5 y el 10 de este mes de julio, y llevaban un título genérico: “Semana de los Libros”. Contaban, además, en cada uno de los días, con la actuación de diferentes grupos y ensambles de la Escuela Municipal de Música Ismael Martínez Marín.

La primera cita tuvo como principal protagonista a la historia militar de nuestra provincia, una historia de las guerras que los conquenses han tenido que sufrir a través del tiempo, contra aquellos que han intentado invadirnos en algún momento del pasado o, lo que resulta mucho más trágico todavía, también contra nosotros mismos. Un libro coral, éste que lleva por título “Apuntes militares de Cuenca”, que es el resultado de la colaboración de la propia Diputación Provincial de Cuenca con el Instituto de Historia y Cultura Militar, elaborado por diferentes historiadores militares que son miembros de dicho instituto, y también por algunos especialistas civiles. Un libro que resulta necesario para conocer mejor y más profundamente esa faceta trágica de nuestra historia; una faceta, ésta de la guerra, que es tan importante como todas las demás, porque las guerras, a pesar de la gran tragedia que llevan consigo, han venido desempeñando desde siempre, desde que el hombre es hombre, a los conquenses de igual forma que a demás ciudadanos del mundo, un papel de gran importancia, conformando nuestra propia manera de ser, tanto como esos momentos de paz, de brillante desarrollo, que también hemos vivido.

El martes, la ocasión le llegó a la segunda edición de un libro que ya es un clásico, el “Diccionario de personajes conquenses”, de Hilario Priego Sánchez Morate y José Antonio Silva Herranz, un volumen cuya primera edición se remonta al año 2002. Se trata de un importante trabajo de recopilación biográfica, un tributo a los conquenses ilustres del pasado, con varios centenares de entradas, en las que se resumen los avatares biográficos de guerreros, artistas, escritores, eclesiásticos, políticos, … todos ellos con una cosa en común: el hecho de haber nacido, o estar de alguna manera vinculados de una forma especial, a esta tierra conquense; conquenses que por un motivo u otro, lograron destacar por encima de sus coetáneos, en la época en la que a ellos les había tocado vivir. 

Y el miércoles, por su parte, fueron presentados a un tiempo dos volúmenes, dos tomos que conforman, juntos, la totalidad de un único libro, uno más sobre nuestra Semana Santa: “Apuntes para la historia nazarena conquense”, que es obra de Antonio Pérez Valero, uno de los cronistas que mejor conoce la historia de nuestra semana mayor. No se trata realmente de una historia de nuestra Semana Santa, sino, como su propio título indica ya desde la portada, de unos apuntes nazarenos; pero unos apuntes muy completos y numerosos, en los que se resume prácticamente todo lo que hasta el momento se ha escrito sobre ella, adobado también, como no podía ser de otra forma, con su propio trabajo de expurgación documental, y también de interpretación de esos mismos documentos, en los diferentes archivos de nuestra ciudad. Un libro que, por todo lo dicho, resulta también interesante y necesario para cualquier nazareno conquense, para cualquiera, sea o no sea nazareno, que esté interesado en nuestra Semana de Pasión. Y que, por otra parte, viene a incidir, una vez más, en la necesidad que existe todavía, a pesar de libros como éste, de que algún día podamos contar en nuestra bibliografía con una verdadera historia razonada de nuestra Semana Santa. Porque sólo así podremos interpretar mejor pequeños o grandes errores de interpretación, como el controvertido asunto del papel jugado realmente por el Cabildo de la Misericordia, reconvertido más tarde en el cabildo de la Vera Cruz y Misericordia, en el origen de la Semana Santa conquense, que el autor, a mi modo de ver, no acierta a interpretar correctamente.

El jueves, 8 de julio, el turno le llegaba al volumen titulado “Cuenca, pétrea atalaya entre dos hoces”, otro libro coral que, coordinado por Miguel Jiménez Monteserín y Pedro Mombiedro Sandoval, está destinado a ser un libro de referencia para conocer, de una manera multidisciplinar, la situación actual en la que se encuentra nuestra ciudad, en este momento clave, cuando tanto se habla de la España vaciada. Un libro en el que se habla de geografía y de urbanismo, de cine y de economía, de arte pero también de sociología, de las diversas perspectivas, en fin, que el pasado, pero también el presente más acuciante, ofrece a una de las capitales de provincia que más se están viendo acosadas por la crisis, y también por esa España vaciada, en este primer tercio del siglo XXI. 

Y si el jueves, el protagonista había sido ese presente acuciante en el que nos ha tocado vivir, el sábado, último día de la semana lectora, lo fue otra vez el pasado; pero se trata de un pasado muy reciente, también de entresiglos, aunque se trate de siglos diferentes. Una etapa de nuestra historia que, a pesar del tiempo transcurrido desde entonces, llegó a ser mucho más rica, en términos económicos y sociales, que ésta que a nosotros nos ha tocado vivir. Porque el libro que se presentó aquel día, “La industria resinera en Cuenca”, de Antonio Berlanga Santamaría, toma el pulso de aquella industria de la resina, hoy perdida, que a caballo entre los siglos XIX y XX significó una perspectiva diferente de lo que había sido, a lo largo de la historia, la principal riqueza económica de nuestros antepasados, junto a la propia riqueza ganadera que siempre nos acompañó: la gran riqueza forestal y maderera, hoy tan devaluada, que nos dejó, hace ya mucho tiempo, el gran rey Alfonso VIII.

He dejado para el final dos libros que tratan de arte, dos libros casi hermanos, que se presentaron juntos el viernes de la semana lectora. Los dos, juntos, conforman sendos homenajes a dos de nuestros grandes pintores. Uno, Óscar Pinar, de la segunda mitad del siglo XX, aunque por razones vitales y por su propio devenir pictórico se adentra también en las primeras décadas del siglo XXI; el otro, Emilio Morales, otro pintor moderno de pleno siglo XXI, que combina la pintura figurativa con algunos aspectos cercanos a la abstracción, y cuyas raíces se forjaron, también y por las mismas razones, en las últimas décadas de la centuria anterior. El libro sobre Óscar Pinar es un merecido homenaje conjunto del Ayuntamiento de Cuenca, de la Real Academia Conquense de Artes y Letras y de la propia Diputación Provincial, escrito por cuatro de los miembros de dicha RACAL: José Ángel García, que realiza una sentida semblanza humana del fallecido pintor conquense; Miguel Ángel Moset, autor de un breve pero también sentido artículo sobre su figura artística, pintor que habla sobre otro pintor; Joaquín Saúl García Marchante, quien, como geógrafo que es, nos ofrece una visión de sus paisajes, la temática preferida por el pintor, desde el punto de vista de la geografía; y Pedro Miguel Ibáñez Martínez, experto historiador del arte, que nos ofrece, con esa visión experta con la que antes había hablado de la pintura del Renacimiento o de la arquitectura de José Martín de Aldehuela, un analizado recorrido por el universo artístico de Óscar: Un pintor, Óscar Pinar, que, en contra de lo que sobre él dijeron y escribieron sus coetáneos, es más expresionista que impresionista, un pintor figurativo en una época en la que primaba la abstracción, pero que no por ello fue menos moderno que los abstraccionistas, precisamente por el antiacademicismo que siempre quiso mostrar en cada uno de sus cuadros. 

Y si el homenaje a Óscar Pinar llegaba tarde por esa manía que tenemos los conquenses de homenajear a las personas, casi siempre, después de que éstas hayan fallecido, y si el homenaje que sin duda se hará también a uno de los autores de ese libro, otro de nuestros grandes pintores de entresiglos, Miguel Ángel Moset, también va a llegar tarde por ese mismo motivo, el homenaje que Julio Calvo Pérez ofrece a su, nuestro, buen amigo, Emilio Morales, afortunadamente, todavía llega a tiempo. Y es que los conquenses todavía podemos disfrutar del arte y, lo que es más importante, también de la bondad del pintor de Mota del Cuervo. Un pintor que ya ha dejado cátedra entre los conquenses, porque son ya muchos los que, alumnos suyos, han sabido ya hacerse, ellos también, un hueco, entre exposiciones y premios de pintura, en este difícil mundo que es el arte. 

Un pintor que conoció la movida madrileña, y lo que esa movida representaba, cuando hacía caricaturas y dibujos en la Plaza Mayor de la capital, y que después quiso regresar a su tierra natal para regalarnos su manera de entender el arte, sabiendo de aquella otra “movida” conquense, la que representó el Asilo de Ancianos de nuestra Plaza Mayor, actual Museo de las Ciencias, lo que podríamos llamar la “edad de oro” del arte conquense, al amparo de Fernando Zóbel y su Museo de Arte Abstracto Español. Un pintor que es y se siente conquense, aunque con un recorrido universal que le llevó a mostrar sus cuadros por todo el mundo, desde Seúl y Tokio hasta diferentes puntos de Norteamérica. Un pintor que, sobre todo, no sabe decir nunca que no cuando alguien le pide uno de sus cuadros, o una de sus exposiciones, porque él también es un formidable comisario de exposiciones colectivas, para una oenege o para cualquier otro fin solidario.

Resumiendo, una gran semana de los libros; una fiesta para todos los sentidos en un lugar privilegiado, un espacio que no hace tanto tiempo fue solaz de nuestros abuelos, cuando Cuenca era más pequeña, y terminaba poco más allá de este jardinillo, en La Ventilla, que los más jóvenes ya ni siquiera conocen. Un espacio sublime para estos actos culturales, por lo que rompo aquí una lanza para que en años sucesivos, cuando la situación ya no obligue, cuando la pandemia nos permita hacer las cosas que hoy no podemos hacer, sigamos manteniendo este espacio recoleto para seguir haciendo presentaciones de nuevos libros, nuevas joyas culturales como las que se han presentado en esta semana de los libros.

 

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