La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

La guerra que no cesa


Desde hace exactamente dos años, resulta angustioso mantenerse al corriente de la actualidad. Se han sucedido tantas calamidades públicas que empezar a ojear un periódico o ver el telediario se convierte en un via crucis con tantas estaciones que dan ganas de dejar de caminar por ellas.

La estación por la que ahora transitamos hace que, en las últimas semanas, vivamos horrorizados por la brutal invasión de Ucrania por quien llevaba avisando demasiado tiempo. Como tantos, no puedo llamar a esto guerra; pues aquí sólo hay un Estado defendiéndose legítimamente frente a una invasión ilegítima.

Tenemos el estómago encogido por el sufrimiento tan odioso que se inflige a los ucranianos y no podemos evitar que nuestro ánimo se resquebraje cada vez que contemplamos a ese padre desconsolado ante el cadáver de su hijo asesinado. Intentamos ayudar y no podemos. Sentimos impotencia, rabia.

Y vemos que la inmensa diferencia de esta agresión militar en comparación con las habidas hasta la fecha no es que transgreda de forma incontestable el Derecho Internacional, que también, sino la gran cobertura informativa que tiene. No cuestiono que deba tenerla. Discuto que otras que nos han traído hasta aquí no la hayan tenido.

Porque esta invasión ha terminado de revolver las raíces de por sí dispersas de una Europa que había vivido durante mucho tiempo en Paz, pero constantemente amenazada. Una Europa que había conseguido, gracias a su Unión, superar los eternos rencores entre vecinos y remar juntos en una misma dirección; casi siempre. Y ahora, dividida como se encontraba, parece que ha sido recosida a golpe de bomba por uno de sus mayores enemigos declarados.

Cierto es que Europa debe respirar con sus dos pulmones: oriente y occidente, como bien señaló San Juan Pablo II. Sin embargo, la tirana actuación de Rusia le deslegitima.

Además, el paradigma mundial hace tiempo que no es el mismo. Estados Unidos no se encuentra a la cabeza del nuevo orden mundial y los contrapesos económicos y militares, hoy, parecen más inclinados hacia oriente; hacia potencias que se asientan en la violación sistemática de la dignidad de las personas. Provoca terror.

La Democracia es débil. Resulta, quizá, el más delicado de los sistemas; pues acoge la disidencia como parte esencial de sí misma y, en ocasiones, es esta disidencia la que pretende acabar con ella desde su corazón. La historia nos ha dado grandes muestras y hoy no estamos exentos de ello. Pero también nos ha enseñado que, en Europa, vivimos en el momento de mayor libertad individual y de mayor protección de los Derechos Humanos, y que ello no viene entregado por la naturaleza, sino por conquista.

Tengo la impresión de que algunos han olvidado los horrores de la guerra porque, como tantos de nosotros, nacieron en Paz. Dan por hecha la Libertad conquistada y no son capaces de comprender que se logró con la sangre derramada a lo largo de la Historia. Nuestros sistemas no son perfectos, no; pero sí son lo mejor que, hasta ahora, hemos logrado. Prueba de ello es que las guerras rara vez son entre dos países con sistemas democráticos, como bien analizó recientemente la preclara y sutil mente de Mons. Carrascosa Coso en Cuenca.

La maldad también puede ganar la batalla, aunque queramos creer que no es posible. La crueldad, de hecho y por sí misma, tiende a vencer porque en ella desaparecen las limitaciones éticas.

Y, aunque no debamos simplificar, porque ni los malos son tan malos, ni los buenos lo son (somos) tanto; coincido con nuestros líderes en que esto va de Democracia o tiranía. No nos engañemos, estamos en guerra contra la autocracia, una guerra que no cesa. Vivimos un riesgo real, me temo; y nuestra obligación es defender la Democracia. Cada uno en su puesto, pero con la conciencia real de la trascendencia de nuestros actos y sin caer en la tentación de cuestionarla en este momento de auténtico riesgo existencial.


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