La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

La “mama”y la “noiva” van a llorar


Una vez terminados mis estudios en junio de 1980 me tocaba realizar las prácticas como sargento de IMEC en el antiguo Parque Central de Ingenieros que había en Villaverde. Seis meses que merecen un escrito independiente, pero que me permitían pensar que, con mi título de ingeniero, y hablando inglés (lo que debe ser en 2022 una obligación absoluta de cualquier español al terminar los estudios) y francés en aquella época, realmente tendría que elegir entre las varias ofertas de trabajo que me iban a llegar.

Así que me dispuse a preparar mi CV de Ingeniero de Caminos y entregarlo en las distintas compañías líderes en los sectores de la construcción, eléctrico, de ingeniería y, como no podía ser de otra forma, en RENFE. Llevé personalmente a las sedes de todas las compañías mi CV esperando que llegasen numerosas ofertas. En la realidad, no llegó ninguna. Seguramente no las merecía, pero el caso es que recibí cero en mis seis meses como flamante sargento.

El 24 de diciembre terminé la mili y en enero de 1981 ya estaba “en paro” (los franceses, que son más elegantes en la utilización de sintagmas administrativos usan “rechercheur d´emploi” o “buscador de empleo” que es menos duro). Así que me dispuse a revisar todos los anuncios que se publicaban en la prensa y enviar mi CV a aquellos en los que podría encajar. En abril apareció uno de una empresa multinacional del sector del petróleo que pedía ingenieros de caminos e industriales “para trabajar en España”. Y escribí.

Al poco tiempo me respondieron diciendo que era para trabajar fuera de España en el sector del petróleo (entonces no se podía publicar un anuncio pidiendo españoles para trabajar en el extranjero sin que estuviera visado por el Instituto Español de Emigración y esa empresa realmente pasaba de estas limitaciones legales) para tener una entrevista en un hotel cerca de Príncipe Pío. Al llegar a la entrevista estábamos alrededor de 30 compañeros de promoción que seguramente pensaron como yo que sería fácil conseguir un trabajo y estaban sufriendo la cruda realidad.

Después de esa y otras dos entrevistas fui invitado a trabajar en aquella empresa, para lo que solo faltaba ir a la sede que tenían en una ciudad cerca de París y tener una entrevista con el presidente de la misma.

Me enviaron un billete de avión y me dijeron que en Orly me estaría esperando un taxista para llevarme a las oficinas. Los días antes del viaje ya empezaba a darle vueltas a eso de trabajar fuera de España, dejando a los amigos, la familia y a mi reciente novia. Aseguro que le daba muchas vueltas. En el viaje se agudizaron estas reflexiones y por fin aterrizó el avión.

Me recogió un taxista portugués que se llamaba Joao en un Mercedes impresionante. Estaba claro que compañía quería causar una buena impresión. En la hora que duró el trayecto no dejó de hablarme de lo buena que era la empresa, de lo bien que trataba a sus empleados, de lo bien que pagaba a los que estaban en el área internacional y de la suerte que había tenido. Yo continuaba con el runrún de dejar mi entorno en España, y como Joao y yo íbamos ganando confianza a fuerza de los consejos que me daba, en un momento ya cercano a nuestro destino le comenté lo duro que para mí sería dejar los amigos, la familia y mi novia e irme quizá a muchos miles de kilómetros de España. El amigo taxista reaccionó como un cohete y me dijo: “Tienes que aceptar este trabajo; la mama y la noiva (Sic) van a llorar mucho, pero tienes que trabajar en esta empresa tan buena”.

 Como no podía ser de otra forma, acepté el trabajo. Pasé 4 meses en Fontaineblau (Francia) y después fui destinado a Maturín (Venezuela), Macae (Estado de Río de Janeiro en Brasil), a Melun (Francia) y por último a Balikpapan (Isla de Borneo en Indonesia) completando 5 años de mi vida, entre los 24 y 29, extraordinarios de experiencia vital, profesional y humana, única, que me han servido toda la vida en todos los ámbitos de actuación.

No sé si el amigo Joao tenía razón o no. Yo creo que sí. Eché muchísimo de menos a los amigos, mi familia y a mi novia. Bueno, a esta última solo un año, porque acabó acompañándome ya en Venezuela y compartiendo 4 de esos cinco años en esos países lejanos y exóticos y creo que no se arrepintió.

Valga la experiencia relatada de base para que los que tengan oportunidad de trabajar y vivir una experiencia en el extranjero, se animen. Especialmente los más jóvenes, pero, en general, cualquiera. No hace falta que sea tan lejos como lo mío, pero se aprende mucho de otras culturas y formas de vivir y de trabajar. Se crece como persona y como profesional.

Después de esos años, seguí otro año más en Francia y después volví a España hasta que hace tres años y medio…. alguien me invitó a trabajar en México. Y aquí sigo. En un país maravilloso, con una idiosincrasia muy parecida a la española y donde se puede disfrutar la vida casi como en España. Porque, como en nuestro país, en ningún sitio.

Así que ánimo a todos los que tengan oportunidad de vivir en otros países. No hace falta encontrase con Joao. Os traslado yo mi experiencia: “la mamá y la novia/o -y seguramente vosotros mismos- van a llorar, pero merecerá la pena”.

 Gracias, Joao.


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