La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

La Mancha Conquense, tierra de oportunidades sin explorar


No sé si somos los aquí nacidos o quienes nos gobiernan los responsables de la falta de desarrollo de nuestra tierra. Lo cierto es nuestra gente siempre ha sido trabajadora sin límite, imaginativa y luchadora.

Los que ya tenemos cierta edad estamos cansados de escuchar las oportunidades que los recursos que tenemos ofrecen para generar el valor añadido suficiente aquí donde está la materia prima, para conseguir la riqueza necesaria que permita un desarrollo económico atractivo y estable para nuestra gente.

Los recursos materiales y humanos están, pero quienes nos han gobernado durante tantos años se han conformado con “subsidiar” capando la imaginación e impidiendo que el ingenio y la profesionalidad de técnicos ayuden al desarrollo de esta sociedad.

Sin apartarnos de los recursos más tradicionales y naturales que tenemos, la agricultura, limitada por el clima riguroso que soportamos, con inviernos largos y fríos, y veranos de severo calor y escasez casi total de lluvias, es generadora de productos que siguen saliendo de nuestros pueblos sin transformación alguna para ser elaborados y explotados en el destino que los acoge, que se beneficia de su potencial.

Aún recuerdo cuando los ingenieros llegaban a las antiguas Oficinas de Extensión Agraria y convivían con los agricultores parte de su jornada laboral para ensayar, investigar, y tutelarles en sus tareas haciendo que éstas fueran más eficientes. Por desgracia, todo aquello terminó en ingenieros/administrativos/burócratas que no ven el campo nada más que cuando salen a hacer deporte o merendar. Entiendo que estos técnicos entonces hacían lo que les correspondía. Y seguro, desde que su labor es la burocracia, ellos mismos se sienten mutilados en el desarrollo de su ingenio y profesión.

Solo se trata de tramitar expedientes que canalicen fondos europeos normalmente, y lleguen a las cuentas bancarias de los agricultores. Estos los utilizan en sus explotaciones pensando en la producción sin más, hasta que se dan cuenta de que los precios se hunden por excedentes y vuelven a comprobar que no terminan de contar con un horizonte claro. Por ello, durante muchos años un “buen padre” deseaba que sus hijos buscasen otras oportunidades en otros lugares que les permitieran un futuro mejor. Las subvenciones no son queridas por los agricultores. A ellos les gustaría que la causa de la bonanza en su explotación fuera solo su buen hacer.

Pues no es así, o mejor dicho, no debiera ser así. Por ejemplo, en el sector del viñedo se han subvencionado variedades que no hemos sido capaces de vender mejor, y con menos producción obtener el mismo o mejor rendimiento económico. Hay mucha gente que de nuestra materia prima después obtiene riqueza revalorizando el producto generando numerosa mano de obra que aquí sería fundamental.

Seguimos haciendo fundamentalmente graneles con producciones muy elevadas, de uva u otros componentes, imprescindibles para que el trabajo al agricultor le resulte rentable. Aquellas variedades que se plantaron subvencionadas por ser de más calidad hoy están volviendo a arrancarse para sustituirlas con airén. Se están perdiendo después de haber sido subvencionadas. Se podrían vender mejor.

Hay otros cultivos que también son generadores de puestos de trabajo y que si no viene alguien de fuera y demuestra que son posibles, aquí, por lo que se refiere a la administración, nada de nada. Sus ingenieros, después de estudiar y prepararse durante un puñado de años con su sacrificio y el de sus padres, solo pueden optar a sentarse en una oficina y despachar expedientes.

Que excelentes caldos, aceite, ajos… estén en las mesas de los mejores restaurantes de Europa y el mundo es mérito de los productores (agricultores) y después de quienes lo trasladan, lo manipulan, les ponen nombre, imagen y “el bolsillo” para quedarse con la riqueza que nosotros aquí no hemos sido capaces de obtener.

Hay muchas dificultades que nos hacen más complicada la producción agrícola, pero esa dificultad imprime carácter a nuestro producto. Y eso es lo que tenemos que poner en valor. No hay quien entienda que, en ocasiones, producciones de otras regiones se comercialicen como Producción Integrada (por un bajo nivel en el uso de fitosanitarios) cuando aquí una parte muy importante de la producción de estas tierras tiene una total, o casi, ausencia de fitosanitarios. Esto solo, bien trabajado permitiría que nuestro producto valiese más en el mercado. Por ejemplo, una harina de trigo de La Mancha, en comparación de otra, por ejemplo de Alemania, son como el día y la noche. En esos lugares tienen tremendas producciones, pero a base de muchos químicos para luchar contra las enfermedades. En cambio el precio del trigo es el mismo indistintamente.

Tener producción ecológica aquí es mucho más fácil que en esos lugares por tener climas más húmedos y benignos. Este es el caso de la horticultura de temporada en relación a las de otras zonas de cultivo intensivo de España.

Este sector primario tan importante en nuestra región, y en nuestra Mancha conquense, es solo un ejemplo de lo mal que se hacen las cosas. Y de las muchas oportunidades de desarrollo que estamos perdiendo, de ahí la despoblación creciente que está empezando a llegar a nuestras comarcas y de la que se habían ido librando hasta ahora.

Y es que subsidiar es desmotivar, y burocratizar a nuestros técnicos, derrochar ingenio, impedir que su formación e inteligencia desarrollen los muchos potenciales que albergamos a partir de nuestra tierra y del trabajo de nuestra gente. De este modo no saldremos nunca de la calificación de Zona Desfavorecida de la Unión Europea.


Miguel Antonio Olivares

Guardián del labriego

La Opinión de Miguel Antonio Olivares

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