La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Otra vez sobre la guerra de Ucrania


En estos momentos tan convulsos en los que nos ha tocado vivir, el tiempo pasa tan deprisa, inexorable, que las horas se convierten en minutos, y los meses en días. Hace apenas mes y medio que yo me asomaba a esta tribuna para compartir con los lectores mi preocupación por el hecho de que otra vez estaban sonando tambores de guerra en la Europa oriental, y ahora resulta que el sonido de esos tambores ya se ha transformado en el doloroso atruendo de la guerra. Otra vez resulta que ha ganado Napoleón en sus extraños gustos musicales. Cuando escribo estas líneas van ya quince días de guerra, nueve días de sufrimiento para el pueblo ucraniano, y no sé cuál será la situación real en el país invadido cuando éstas vean finalmente la luz; la periodicidad semanal de este medio, y la secuenciación de mis colaboraciones en él, imposibilita la fluidez diaria de la comunicación con los lectores, como sí sucede en la mayoría de los periódicos, pero tiene la ventaja de posibilitar una reflexión mucho más profunda y serena.

Antonio Burgos se quejaba en una de sus columnas, hace unos días, de la gran cantidad de “ucranólogos” de última hora que están saliendo a la luz a partir de la invasión de Ucrania. Antes de nada he de decir que yo no soy un experto en la geopolítica del siglo XXI, ni en relaciones internacionales. Sólo siento la necesidad de volver a escribir sobre el conflicto de Ucrania, como la única forma de intentar apartar mis propios fantasmas. En una de las conexiones a que las diferentes cadenas de televisión nos han acostumbrado durante estos días, una mujer ucraniana que se encontraba sola al otro lado de las cámaras, en alguna de las ciudades del país invadido que están siendo bombardeadas, pues su marido se había alistado para combatir al enemigo, comentaba a las televisiones que ella no había querido salir del país porque allí cada uno tenía una misión que cumplir, que si a unos les estaba encomendado tomar las armas para enfrentarse a los rusos, a ella le estaba reservado el papel de la comunicación, de contar a todo aquél que quisiera oírlo, todo lo que allí estaba sucediendo, más allá de las mentiras desarrolladas por la propaganda rusa. Por eso, porque el papel de los periodistas y de los intelectuales, y de los que jugamos a serlo desde un modesto, pero serio, medio de comunicación, es éste, y sobre todo porque no tenemos otra forma de hacer fluir nuestro dolor y nuestra solidaridad con el pueblo ucraniano, es por lo que tenemos la necesidad de escribir sobre el conflicto.

La verdad, en efecto, se asomaba a los ojos humedecidos por las lágrimas de aquella mujer ucraniana, de cuyo nombre, a mi pesar, no puedo acordarme. Una verdad que es ajena a las mentiras de Putin, que ha enviado a sus tropas haciéndoles creer que iban a participar en un simple ejercicio de maniobras militares. ¿Qué puede estar pasando ahora por la mente de todos esos jóvenes rusos, a quienes sus oficiales les obligan a disparar contra civiles desarmados? ¿Qué piensan ellos ahora de la inhumanidad de sus líderes? Una verdad que identifica a los rusos del siglo XXI con aquellos tártaros, que hace ya diez siglos asolaron el antiguo reino de Kiev, o Kyiv, como prefieren decir los propios ucranianos, y quizá sea éste el momento de hacerlo aunque sólo sea como una simple medida de solidaridad con ellos. En efecto, fue a mediados del siglo XI, cuando los tártaros, llegados desde las praderas de Mongolia, destruyeron la civilización de la vieja Rus, que había sido civilizada doscientos años antes desde Bizancio por los monjes Cirilo y Metodio. Después de otras muchas invasiones llegaría la nueva, la que volvió a florecer a partir del ducado de Moscú, y Rusia y Ucrania caminaron juntas en la historia, una siempre al lado de la otra, en una infinita cascada de acercamientos y de alejamientos que marcaron toda la historia de Europa oriental.

Mentiras del Kremlin, que ha prohibido a los medios de comunicación pronunciar la palabra guerra, porque, dice, la invasión es sólo una operación militar de carácter especial. Mentiras del Kremlin, que tiene convencidos a la mayor parte de los rusos de que el genocidio que sus tropas están provocando en el país vecino no existe. Mentiras del Kremlin, que incluso no dudan en detener a todos aquellos que, cada vez en mayor número, se atreven a acercarse hasta la Plaza Roja para protestar por el desarrollo de la guerra, independientemente de la edad de esos manifestantes. Cuando escribo estas líneas, son ya más de cinco mil las personas que en Rusia han sido detenidas por este motivo, y entre ellos, incluso, una anciana de más de noventa años, superviviente de aquel otro genocidio que se llevó a cabo en la Segunda Guerra Mundial. Mentiras del Kremlin, que ha dicho que el gobierno del presidente Volodimir Zelenski es un régimen filonazi, y que la operación militar iniciada sobre Ucrania es, sólo, una operación de autodefensa.

Mentiras del Kremlin, que acusó al gobierno de Ucrania haber derribado en 2014 un vuelo comercial de pasajeros, cargado con turistas holandeses que se dirigían de vacaciones a Kuala Lumpur, cuando en realidad los verdaderos culpables del derribo fueron los propios separatistas prorrusos del Donbás, creyendo que se trataba de un avión militar ucraniano. Mentiras del Kremlin, que acusa a Ucrania de haber roto los acuerdos del Protocolo de Minsk, que fueron aprobados en la capital biolorrusa en septiembre de 2014 entre las dos partes de un conflicto que ya lleva durando demasiados años y que mantiene en vilo la parte oriental de Ucrania, y cuya principal manifestación había sido ya, antes de la firma del protocolo, la anexión de la península de Crimea, en el mar Negro, por parte de Rusia. Es cierto que aquellos acuerdos no alcanzaron nunca la pacificación deseada, que los enfrentamientos en las provincias de Donestk y Luhansk han sido continuos entre ucranianos y rusos, pero también es cierto que si una de las partes ha roto el acuerdo, ésta ha sido Rusia, decidiendo unilateralmente reconocer la independencia de ambos territorios.

Monseñor Andrés Carrascosa, conquense que es nuncio apostólico del papa Francisco en Ecuador, dijo en el encuentro que mantuvo hace unos días en nuestra ciudad con un grupo de colaboradores y lectores de este medio, que deberíamos acostumbrarnos a no usar la palabra guerra cuando habláramos de lo que está pasando en Ucrania, pero sus palabras no tienen nada que ver con los motivos que el dictador tiene para no definirla de esta manera. Dijo, y tiene razón, que una guerra es un enfrentamiento armado entre dos contendientes en unas condiciones similares, y que lo que está sucediendo en estos días en un rincón de Europa es algo diferente: una invasión unilateral de un estado imperialista -el imperialismo está en el ADN de los rusos, una de las potencias mundiales más importantes, desde los tiempos de los zares-, contra un país soberano, mucho más débil que el otro, que tiene derecho a elegir su propio destino. Invasión o guerra, se llame como se llame, lo cierto es que se trata de una guerra total o indiscriminada, que no se detiene ante la población civil, y en la que incluso, según se ha denunciado desde Ucrania, se han utilizado bombas termobáricas, o de vacío, capaces de provocar una destrucción masiva, sin ningún tipo de diferenciación entre las víctimas, incluso entre personas que se hallan en el interior de los búnkeres, allí donde pueden refugiarse los civiles indefensos, quienes terminan muriendo por asfixia.

Es probable que cuando el lector lea esto, Putin haya logrado vencer en esta guerra cruenta, o en todo caso, que termine por vencerla en no mucho tiempo; la capacidad de defensa de los ucranianos tiene un límite. Pero no cabe duda de que esa victoria será una victoria pírrica. En el siglo III a.C., en el curso de las guerras entre los griegos y los romanos, Piro, el rey de Epiro, consiguió derrotar a los romanos en los campos de Lucania, en el sur de Italia, pero el número de bajas en su ejército fue tan alto, que desde entonces se utiliza la expresión como sinónimo de una victoria que se obtiene a un precio tan alto que es casi igual que una derrota. Y en efecto, pese a todo lo que se pueda pensar en este momento, la guerra ha sido un enorme error de cálculo del propio Putin, que habrá ganado, o ganará, la guerra de las bombas, es cierto, pero ya ha perdido la guerra de la historia, y la de la comunicación ante la opinión pública de todo el mundo. ¿Qué es lo que el nuevo zar ruso ha pretendido con la invasión de Ucrania? No pretendo hacer de aprendiz de brujo, pero el futuro de Ucrania pasa por la instalación en el país de un gobierno títere, como el de Lukashenko en Bielorrusia, o el que hubo en la propia Ucrania, antes de la revolución del Maidán, en manos de Viktor Yanukovych.

Y con respecto a la pretensión de Putin de cara al conjunto de Europa, si alguna vez pretendió, como así lo parece, el enfrentamiento entre todos los países de la OTAN, o los de la Comunidad Económica Europea, la imagen que se pudo ver hace unos días, con la totalidad de los delegados del Consejo de Derechos Humanos de la ONU abandonando la cámara en el momento n el que, por videoconferencia, iba a intervenir el ministro ruso de Relaciones Exteriores, Serguei Lavrov, es también elocuente; ese mismo día, Zelenski había recibido una larga ovación, con todos los diputados europeos puestos en pie, cuando, también por videoconferencia, se dirigió al parlamento europeo para solicitar su ayuda en el conflicto. Ambas cosas significan que Europa, y también el resto del mundo, están más unidos que nunca al lado de Ucrania. La OTAN, por primera vez en su historia, ha aprobado el envío de armas a un país tercero. Alemania ha roto su espíritu pacifista, señal de identidad del país en los últimos setenta años, acosado por el fantasma de la Segunda Guerra Mundial, y ha aumentado su gasto en defensa hasta límites nunca alcanzados. Hasta Suiza se ha pensado abandonar su neutralidad, y sobre todo su estatus de paraíso económico, para perseguir a los oligarcas rusos que tienen importantes fortunas, obtenidas muchas veces con negocios inconfesables, en los principales bancos del país. Y hasta ha conseguido unir en Ucrania a los filorrusos y a los rusófobos, salvo a los más exaltados. En la propia Rusia, ya lo hemos dicho, ya son miles las personas que han sido detenidas por sus protestas contra la guerra.

Ante esta ostentación del enorme poderío bélico de los rusos, la actuación del mundo desarrollado, si bien demasiado tibia en un principio, ha sido acorde con lo que se pretendía, tomando una serie de medidas, militares, económicas y psicológicas, que han puesto a Putin ante su propio espejo. Las medidas militares, teniendo en cuenta que la OTAN no es, pese a lo que algunos sectores de la sociedad afirman, una organización militar de carácter ofensivo, sino sólo defensivo, y que, además, la posibilidad de una guerra nuclear, no puede actuar directamente, con sus propios militares, en defensa de Ucrania, que, no lo olvidemos, no es todavía miembro de la organización, pasan por el envío al ejército ucraniano de material militar, incluso de carácter ofensivo, de primera generación, tal y como se ha hecho, tanto desde la propia OTAN como de casi todos los estados miembros. Y España, aunque tarde, y después de algún aviso público, y según algunas fuentes también privado, del propio Josep Borrell, vicepresidente de la Comisión Europea, también lo ha hecho.

Los otros dos tipos de medidas adoptadas van dirigidas contra el país, y también contra el conjunto del pueblo ruso, con el fin de que éste pueda conocer de primera mano, las consecuencias que las decisiones de su tirano puede llevar a su propio pueblo. Las medidas económicas se realizan con el fin de estrangular la economía rusa, y no tendrían ningún sentido si no fueran acompañadas con otras medidas directas e individuales contra los propios oligarcas rusos, propietarios de grandes fortunas que se encuentran fuera del país, con el propio Putin a la cabeza; oligarcas que ahora están siendo atacados en esas mismas fortunas, como se demuestra por el hecho de que algunos de ellos ya se han desmarcado de la guerra y de Putin, cuando hace muy poco tiempo se afanaban con declaraciones en favor del dictador, en cuya compañía se dejaban fotografiar en actitud de franca camaradería. En muy pocos días, por otra parte, el valor del rublo cayó hasta un cuarenta por ciento, y la caída ha seguido imparable en los días siguientes. Y la caída de la bolsa ha sido tan brutal, que el gobierno tuvo que ordenar su cierre para evitar nuevos descensos, al mismo tiempo que en las oficinas bancarias ya se empezaron a ver largas colas de usuarios, en una especie de pequeño corralito cuyas consecuencias finales todavía nos son desconocidas.

Las medidas psicológicas, finalmente, como la decisión de suprimir el stand ruso del Mobile Word Congress, que también tiene mucho de medida económica, o sacar a Rusia del próximo festival de Eurovisión, pueden ser las menos drásticas de todas, pero en un mundo como el actual, en la que todo, o casi todo, se mide a través de la imagen, el mero hecho de poder quitar a un país la posibilidad de enseñar a todo el mundo su propia imagen puede resultar desmoralizador para una parte de sus habitantes. Y el fútbol, que es la cosa más importante de todas las cosas menos importantes, según se le ha definido en algunas ocasiones, puede llegar a modificar las conductas y los sentimientos de los aficionados, hasta el punto de que Roman Abramovich, ruso y propietario del Chelsea, club de fútbol inglés, íntimo amigo de Putin al menos hasta el estallido de la guerra, con el fin de evitar que el club sea embargado por el gobierno inglés, ha decidido venderlo, y promete dedicar todo el dinero de la venta en beneficio de los damnificados de la guerra. En principio, no hay motivos para dudar de las palabras de Abramovich, y sería bueno que así lo hiciera para el propio fútbol, tan criticado en algunos foros por lo desmedido del mercantilismo que le rodea. Sería bueno, también, que siguiera sus pasos Rinat Ajmatov, presidente del Shakhtar Dónetsk, ucraniano pero filorruso, propietario de un conglomerado económico enorme en la región del Donbás, quien fue con su fortuna, en los años que precedieron a la revolución del Maidán, el gran mantenedor en el poder del presidente Yanukovich.

Por todo ello, es muy importante también, lo que el mundo del fútbol, y del deporte en general, puede decir con respecto al conflicto. En este sentido, cobra especial relevancia la coincidencia de muchas federaciones deportivas, y del propio COI, en el sentido de expulsar a los deportistas rusos de las competiciones deportivas. Es cierto que ellos, en sí, no tienen la culpa, y que incluso algunos han hecho declaraciones públicas muy contrarias a Putin y al propio Kremlin, pero también es cierto que muchos europeos van a sufrir en sus propias carnes la estrangulación de la economía rusa -al menos, nosotros no tenemos que enfrentarnos directamente a la guerra-; la decisión de tomar unas medidas de este tipo llevan consigo daños colaterales que todos debemos asumir. Esa expulsión debería ser total, y sin duda será total, al menos en lo que respecta a los deportes de equipo y de selecciones, en los que los deportistas, por definición, representan a su país. La autodefensa del comité olímpico de la propia Rusia, alegando que esa expulsión es contraria al propio espíritu olímpico del deporte, que aboga por valores propios de la competición deportiva, como la solidaridad y la comunidad en el sacrificio mutuo, parecería una broma macabra, si no fuera porque no están los tiempos como para hacer bromas con este asunto,. En la trágica situación a la que se nos ha conducido a todos, a cada uno en su medida, ¿cómo se puede hablar, desde el punto de vista del propio ofensor, de ese espíritu deportivo?

Como reflexión final, quiero hacerme eco de las palabras de muchos columnistas y periodistas de opinión, independientemente del medio para el que trabajan. En un conflicto de estas dimensiones no se puede ser equidistante; no se puede decir al mismo tiempo “no a la guerra” y “OTAN fuera”, como si la OTAN fuera el agresor, y olvidando que ha sido la propia Rusia, y no la OTAN, quien ha promovido la guerra, tal y como está haciendo una parte de la extrema izquierda. ¿Qué especie de fantasma interior hace saltar a esa parte de la izquierda cuando se recuerdan las relaciones que ésta sigue teniendo, como en los tiempos de la Unión Soviética, con la parte agresora del conflicto? Es cierto que el imperialismo panruso es más antiguo que la propia Unión Soviética, que arranca de la zarina Catalina I, e incluso de los primeros zares de Moscú. Es cierto, también, que el partido de Putin, Rusia Unida, se declara de centroderecha e imperialista, pero es sencillo poder rastrear los vínculos que une al propio Putin con la vieja Unión Soviética, en la que fue jefe del KGB, sus temidos servicios secretos. Como también es sencillo seguir el rastro de cuáles son los escasos aliados fieles que a Rusia le quedan en el mundo, después del alejamiento que la invasión de Ucrania ha generado en la extrema derecha, hermanos suyos en lo que respecta a ese espíritu nacionalista: Bielorrusia, por supuesto, y más allá de ella, sólo China -que a pesar de todo, y debido a su eterno pragmatismo, ya está empezando a ponerse de perfil-, Corea del Norte, Cuba, Nicaragua, Venezuela, …, y en España, una parte de la extrema izquierda. Es decir, los mismos que ya lo eran cuando todavía era la Unión Soviética, y el país aún no se había incorporado al mundo moderno gracias a la Perestroika de Mijail Gorbachov.


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