La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Palabras basura


El lenguaje construye realidades, por eso en el origen fue la palabra, y de ello se deriva el poder de la palabra.

En el uso de la palabra está la conveniencia de quien la pronuncia, en unos casos para imponer a los demás el propio relato con intención de dominio, y en otros con el loable propósito de construir en común un mundo mejor.

Con el nacimiento del comercio y la economía de mercado, la palabra se convirtió en instrumento para la venta de productos y servicios, desarrollando a partir del siglo XX complejas técnicas de marketing.

En las sociedades organizadas en forma de democracia representativa, adquiere la palabra carácter de instrumento para la comunicación y difusión de los programas o ideología característicos de las diversas y plurales opciones partidistas. En las autocracias, la palabra del gobierno es únicamente manipulación, amenaza e imposición.

Si unimos todo lo anterior y lo mezclamos, obtenemos en sociedades democráticas dos resultantes no deseables. El abuso del relato y el lenguaje basura. 

En el momento actual, que podemos calificar en occidente de “posdemocracia”, se ha pasado del uso de la palabra a su abuso, y el relato se ha desconectado en gran medida de la realidad. Ya no es tan necesario que los gobernantes transformen la realidad social o económica, puede ser suficiente con cambiar el relato, y aquí el campo de la comunicación política, que es una forma de marketing, es inmenso y con tendencia a extralimitarse.

Este abuso de la palabra es una práctica que se está extendiendo ciertamente en el ámbito de la controversia política y, a largo plazo, puede socavar los cimientos de credibilidad de las democracias liberales.

El lenguaje basura, ese que retuerce torticeramente las palabras y los conceptos hasta hacerlos irreconocibles, con el único objetivo del poder y el rédito político, empieza a ser un producto de alto riesgo en nuestras sociedades democráticas.

Y aterrizando en la realidad conquense, es un evidente abuso del lenguaje llamar “Plan por Cuenca” a lo que no es otra cosa que el plan para cerrar el tren convencional en Cuenca.

El mismo trampantojo, por decirlo suavemente, que supone hablar de “Transporte sensible a la demanda” cuando la realidad que se pretende vender, convenientemente empaquetada es, como con el tren, la desaparición de las líneas regulares de autobús.

Y por mucho que el listón quede alto, siempre es posible superarlo, y resulta que las dos decisiones anteriores, suprimir el tren y las líneas regulares de viajeros por carretera, claramente perjudiciales para Cuenca y para cualquier territorio que las pueda padecer, se venden como experiencias piloto, innovadoras y sostenibles.

Aunque he de reconocer que sostenibles sí que lo son, pues nada hay más sostenible y respetuoso con el medio ambiente que la ausencia del ser humano en el entorno natural. Y es a la despoblación ya imparable a lo que nos conducen estas decisiones y otras innovadoras acciones u omisiones “por el bien de Cuenca”.

Y, para terminar, una realidad y no un relato. Un hecho fáctico porque, como decimos, no todo puede ni debe ser relato, y porque quizá refute el relato oficial. Un 52% de los nacidos en la provincia de Cuenca se han visto obligados a emigrar, el mayor porcentaje de nuestro país, donde la media provincial se sitúa en un 29%.

 

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