La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Pateando el hormiguero


Ya no recuerdo con exactitud el lugar en el que me encontraba hace ahora diez años, es decir, el día 20 de octubre del año 2011, cuando, según se afirma, la banda terrorista ETA dejó definitivamente de matar. Lo que sí recuerdo con total exactitud, es dónde estaba el 13 de julio de 1997, cuando la banda asesinó, a sangre fría y sin escrúpulos, con un tiro en la nuca, a Miguel Ángel Blanco, el joven concejal de Ermua (Vizcaya), que a pesar de su juventud no había dudado en enfrentarse a la banda con su dedicación a la política activa desde sus convicciones no nacionalistas. Digo esto porque es sabido que nunca nos olvidamos de las circunstancias que rodean a todas aquellas cosas que realmente nos han marcado, que no nos olvidamos nunca de dónde estábamos y con quién estábamos cuando aquello pasó. ¿Quiere esto decir que aquella decisión unilateral de la banda terrorista a mí no me marcó lo suficiente? Por supuesto que me marcó, pero en todo caso, no tanto como aquel asesinato de un hombre joven, que lo único que había hecho fue el de haberse enfrentado a ETA con la única arma que él sabía utilizar, la de la palabra. Un asesinato, sabido es, que provocó en toda la sociedad, la del País Vasco y la de España, una ola de concienciación sin precedentes.

Las guerras no se ganan nunca en la batalla final; hay siempre otras batallas anteriores, que marcan el camino para esa batalla final que, siempre, es sólo las consecuencia de las otras. Alemania no perdió la Segunda Guerra Mundial, realmente, en aquel instante en el que los rusos, primero, y más tarde también las tropas aliadas, penetraron en Berlín, cuando los dirigentes nazis se entregaron por fin, una vez que el propio Hitler hubiera acabado con su propia vida, si es que de verdad el dictador alemán se había suicidado, tal y como se dice que pasó. Alemania perdió la guerra en Stalingrado, cuando sus soldados fueron derrotados por Rusia y, sobre todo, por el “General Invierno”, y también la perdió el “Día D”, cuando los norteamericanos y los ingleses desembarcaron en las costas francesas de Normandía. De la misma forma, ETA, en realidad, no fue derrotada aquel 20 de octubre de 2019, sino mucho tiempo antes, el 13 de julio de 1997. Es verdad que entre esos dos días la banda siguió matando, como siguieron matando los soldados alemanes desde Stalingrado o Normandía hasta su definitiva rendición a los aliados, el 7 de mayo de 1945. Y tampoco es verdad que la banda hubiese sido derrotada por los políticos, como ahora quieren algunos hacernos ver, sino por la sociedad entera, y, sobre todo, por la Guardia Civil y el conjunto de las fuerzas de seguridad, esas mismas fuerzas de seguridad que, durante tantos años, han venido regando con su propia sangre las calles y las plazas de España. 

Por otra parte, la historia ha venido a demostrar, con el tiempo, las verdaderas claves de aquella victoria sobre ETA, una victoria que no fue tan contundente, en realidad, como la sociedad española merecía. La banda nunca entregó las armas, porque aquella supuesta entrega que se hizo muchos años después, casi televisada a toda España, fue en realidad más un acto político que real: apenas dos cajas que contenían, según un inventario realizado por la propia banda terrorista, siete pistolas, diecisiete revólveres, algo menos de mil cartuchos y balas de diferente calibre, trescientos gramos de pentrita, veinte metros de control detonante, cerca de quinientos detonadores electrónicos, dos temporizadores, varias placas de matrículas falsas y dobladas, y diferente material para el robo de vehículos. ¿Tan escaso material para la que había sido una de las bandas terroristas más sangrientas de todo el siglo XX? Desde luego, o la banda se guardó muchas más armas de las que había entregado, o la verdad es que su entrega sólo fue una puesta en escena, que ésta ya estaba derrotada de antemano por el conjunto de la sociedad española, y por las fuerzas de seguridad. Por otra parte, aquella segunda puesta en escena, la entrega de unas pocas armas, sólo sucedió el 25 de abril de 2018, siete años más tarde de su supuesta derrota, y después de que la sociedad española llevara mucho tiempo reclamándolo. Y en efecto, aquello fue casi televisado, como televisada fue, también, la destrucción de todas esas armas por parte del gobierno, el 3 de marzo de este mismo año 2021.

Es cierto que, en la actualidad, ETA ya no asesina, pero su recuerdo, y no sólo su recuerdo, está aún aquí, muy presente en el conjunto de las víctimas y en el resto de la sociedad. Y es verdad, también, que los asesinos están ahora presentes en las instituciones, colaborando incluso con el gobierno de España. Uno de esos asesinos, Otegi, lo ha dejado bastante claro, desde su mensaje de paz al conjunto de la sociedad española, y sobre todo, desde el otro mensaje, tan diferente, mucho más sincero, que lanzó ese mismo día a su propia familia política: “Necesitamos seis años más para conseguir que todos nuestros presos puedan salir de las cárceles, antes de que llegue la extrema derecha al poder. Y mientras tanto, deberemos seguir pateando el hormiguero, deberemos seguir agitando el hormiguero, aunque sean otros los que recojan nuestras nueces.” La serpiente indiscreta, así le ha definido Ignacio Camacho en una reciente columna de ABC. Las serpientes, añado yo, siguen siendo serpientes, por mucho que se vistan de palomas, y nunca perderán su esencia, su propia naturaleza, de intentar morder a sus enemigos, por mucho que ahora quieran vivir dentro de la sociedad.

ETA ha dejado de matar, pero no ha sido derrotada del todo, y no lo será hasta que los asesinos no sean más que un recuerdo amargo del pasado. ETA nunca ha pedido perdón, ni tampoco ha hecho nada para evitar que todavía hoy en día, en pleno año 2021, diez años después de que supuestamente se haya rendido, más de trescientos de los crímenes que cometieron en el pasado, permanezcan todavía sin resolver. Por el contrario, cada pocos meses, algún terrorista sale de la cárcel, y siempre, cuando este hecho se produce, los terroristas son saludados por los suyos, recibidos casi como héroes, sin esconderse de la sociedad, y el Gobierno lo permite. Y cada uno de esos homenajes que les hacen, cada ongi etorri con el que lo celebran, es una herida más que se abre en el corazón de sus víctimas, cada baile en homenaje de los criminales es un ataque más a la dignidad de los familiares de los que un día fueron asesinados por ellos. A este paso, pronto serán las propias víctimas quienes se verán obligadas a esconder su propia dignidad, ocultar que un día alguien quiso acabar con su vida o con la de sus familiares. Y mientras tanto, el Gobierno presume hablando de su Ley de la Memoria Democrática, buscando todavía culpables de unos supuestos crímenes que en realidad fueron producto de una guerra incivil entre hermanos (sólo los de un bando, desde luego), y olvidando que la Transición, espejo en el que se reflejaron en el último cuarto del siglo pasado muchas transiciones, en diferentes lugares del mundo, ya había reparado muchas de aquellas heridas y no hacen nada para intentar resolver alguno, sólo alguno, de estos crímenes más recientes.

Suscribo a pie de la letra lo que ha escrito Alberto García Reyes en su columna de ABC correspondiente al mismo día 21 de octubre: “Los 377 crímenes de la banda sin resolver no merecen siquiera un epígrafe en la Ley de Memoria Democrática, que supuestamente pretende amparar a las víctimas de los delitos cometidos en este país por delitos políticos. De un solo bando, claro. Para el sanchismo las nucas son apolíticas. Los comunistas pueden colgar pancartas de Stalin en el balcón, y llamar a Otegi hombre de paz.” Y más adelante continúa: “El juego de palabras sobre el dolor, en su vodevil de décimo aniversario de su derrota, fue diabólico porque dejaba en el aire la adversativa: nunca debió haberse producido… pero no hubo más remedio. Tanto para el etarra como para el presidente, el fin justifica los medios.”

El nacionalismo, cualquier nacionalismo, es una ideología que está anclada en el siglo XIX, cuando nació, al hilo de los últimos imperios -el inglés, el ruso- y de las últimas naciones europeas, creadas a partir de los últimos reinos y ducados de Italia o de Alemania; una ideología que pervivió a lo largo de todo el siglo XX, acompasado en toda la tragedia que llevó consigo aquella centuria de sangre y fuego, la más trágica de toda la historia, el siglo de las dos guerras mundiales y de múltiples guerras civiles, desde un extremo del mundo a otro. Y cuando ese nacionalismo se intenta imponer a través del terrorismo, el sistema se acerca, incluso se identifica, con el más puro totalitarismo. El escritor Fernando José Vaquero Oroquieta lo ha dicho claramente en su libro “La ruta del odio. 100 respuestas claves sobre el terrorismo: “El terror desatado por los grupos terroristas y por los regímenes totalitarios comparte análogas características: una voluntad de dominación psicológica de las masas, un método común de control social, la misma ley suprema justificativa de su existencia. Y es lógico, pues asumen las mismas premisas ideológicas e idénticos objetivos últimos.”

 

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