La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Crónica de ayer y de mañana


Cuenca, 28 de mayo, cuatro y media de la tarde. La ciudad parece desierta; apenas cuatro coches transitan por las calles vacías.

Muchos comercios cerrados. Algunos de ellos exhiben carteles explicando el motivo del cerrojazo: cerrado por puente. Sin más.

Regreso a casa y apenas encuentro a nadie por la calle a quien saludar, y en este caso no por la pandemia, sino por la huida masiva que cada año se produce por estas fechas de finales de mayo, aprovechando la celebración del Día de Castilla-La Mancha al que se une la festividad de la Patrona y Alcaldesa Honoraria de Cuenca, La Virgen de la Luz.

Asomado a la ventana, contemplo el panorama. Aspiro lentamente el humo de un cigarrillo, con la esperanza de ver a alguien pasear. Todo en vano. Nadie por la calle.

Hace tan solo unas horas, el panorama era bien distinto. Prisas ruido, tiendas abiertas, terrazas llenas… Todo ha cambiado. La calma de una ciudad, de por sí calmada, se ha convertido en frenesí, en locura colectiva. Es un ir y venir, como hacen las hormigas, trayendo y llevando maletas y maletines al coche para salir lo más rápido posible hacia las doradas playas y disfrutar de un largo y cálido fin de semana o, los más afortunados, una semana entera como preludio al disfrute de vacaciones.

La historia se repite año tras año. Tanto alabar las bellezas de nuestra ciudad y en cuanto tenemos oportunidad salimos de ella como alma que lleva el diablo. Un ejemplo más de ciudad vacía dentro del conjunto de la España vacía (pero no sólo de habitantes, sino de sentimientos, de tradición, de raíces).

Resulta paradójico que una gran parte de los conquenses celebremos el día de fiesta local fuera de la ciudad. Lo lógico sería hacer lo contrario, ¿verdad? Pues hasta en eso somo únicos. Vamos a contracorriente siempre. Claro que, tampoco hay que cargar toda la culpa sobre nosotros, pobres ciudadanos, a quienes el calendario favorece con dos fiestas seguidas y con posibilidad de alargarlas en un puente de longitud similar al acueducto de Segovia, ya que unimos la celebración local a la fiesta regional a la que tan aficionados somos los conquenses. Digo aficionados y aún más, devotos y agradecidos al sistema autonómico por los grandes avances que nuestra ciudad y provincia han experimentado desde que se puso en marcha el invento de las Comunidades Autónomas. Percibo, y creo que no me equivoco, tan arraigado el sentimiento de los conquenses con Castilla-La Mancha como con la República Democrática del Congo. Es decir, ninguno. ¿Qué amor regional vamos a mostrar celebrando la fiesta autonómica si somos la provincia del vagón de cola de la región, la menos desarrollada, la más empobrecida, la marginada, a la que conforman con las migajas de nada? Pues eso, que hay poco que celebrar y menos de lo que alegrarse y presumir.

Visto lo visto, no me extraña que se pueblen las playas de Gandía, Cullera, Benidorm o El Saler, de familias conquenses ‘huidos’ del terruño, para disfrutar de unos días de sol y playa, de apartamento frente al mar, de paella y chiringuito.

Un año más, las calles se han vaciado por unos días. Y, aunque duela, no me extraña que lo hagamos a la menor oportunidad que tenemos de salir a conocer otros lugares, porque en el que estamos, todo sigue igual o peor. Comercios con las persianas cerradas a cal y canto y no sólo exhibiendo carteles advirtiendo del cierre por puente, sino lo que es más grave, con anuncios de ‘Liquidación por Cese de Negocio’. Ahí lo dejo.

“Si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas, y atravesando lomas, dejar mi pueblo atrás, ¡juro por lo que fui, que me iría de aquí! Pero los muertos están en cautiverio, y no nos dejan salir del cementerio”

 ‘Pueblo blanco’ (Joan Manuel Serrat)


Pepe Monreal

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