La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

¿Políticamente correcto?


A partir del día en el que fui violentado en plena M-30 por aquel camionero, mi vida cambió sin posibilidad de vuelta atrás. Aquella tarde-noche supe que los hechos acontecidos marcarían de manera decisiva la manera en la que a partir de entonces yo tomaría café en bares, restaurantes y putiferios. Ya no sería lo mismo; ya nada sería igual. Fue en el día de autos cuando intuí, y no me equivoqué, que la talla de mi ropa interior debería ajustarse ya, sin remedio alguno, a esos cánones que siempre quise ignorar y que, en tantas ocasiones, mi abuela siempre me recomendó cumplir. Incluso, algo muy dentro de mí me dijo por aquellos días que aquel embarazo no deseado no sería una preñez cualquiera sino que más bien se parecería a un reagrupamiento al uso de las fuerzas centrípetas que anidan en los intestinos de cada cual. Me lo dijo aquel camionero y qué razón tenía el hombre. Guarro sería muy guarro, no voy a ser yo quien lo niegue, pero espabilado tampoco lo era, que se le notaba a la legua. Además, menudo olorcito a jengibre echaba por su boquita de piñón. Vamos, yo lo sé por lo que me contaron; que no se vaya a pensar ahora nadie nada de otro mundo.

Pero de eso no quiero hablar ahora; de eso no quiero decir ni pío. Ya se sabe que todo lo que tiene que ver con drogas, sexo y alcohol suele dar que hablar… ¡Y mucho! La gente es muy mala, que me lo ha dicho mi portera y ella, de lo que la gente dice, hace o sabe, entiende un montón. A fin de cuentas para eso le pagamos. Si no, ¿qué rendimiento le íbamos a dar a las 12 horas diarias que pasa en la portería, cigarro en mano, cuestionando el ato con el que cada cual entra, sale o pasa a la peluquería de al lado? Tontos somos, pero no tontorrones.

Desde la madrugada de autos me he vuelto más mío, más propiamente mío. Me gusta la intimidad compartida y cada vez mucho más.

Desde aquel mayo florido, mi vida intrínseca me preocupa, aunque posiblemente menos de lo que sospechaba. Heterosexualmente hablando, claro, me preocupa esa somatización progresiva que experimenta diariamente mi suegra y que va a hacer que un día pegue un pedo y ponga todo perdido de bilis y vómitos diversos. Y lo malo es que, después de que nos demos la paliza y limpiemos todo, volverá a ser igual que siempre y tendremos que esperar una vez más a que, transcurrido un tiempo, se dé nuevamente cuenta de que comer judías en exceso, y más con los tropezones que ella les echa, no es bueno y menos en tiempos de mucha calor. Un día, en una de esas, va a dar de lleno con una de esas guarrerías en el jarrón de cristal de Sevres que nos regaló mi tía Ludovica y verás el tiberio que se va a montar. Ya me estoy imaginando otra vez a la pareja de desecho de mi mamá política corriendo por la casa como un descastado y gritando que él no puede seguir ni un día más con la intranquilidad que le provoca la incertidumbre política que se vive en nuestra república y que él, para seguir así, mejor se va al cine y no vuelve. Es un poseso y se piensa que, porque no digo nada, asumo lo que él dice en sus momentos de delirio etílico que le dan tras sus desayunos dominicales. Y es que ya se lo dije a mi vecina: esta costumbre que tiene de que los domingos, mientras todos desayunamos chocolate con churros, a él le dé por beneficiarse a la portera antes de que ella le dé un repaso al abuelillo del 6º D y este se propine un carajillo, nos va a traer problemas de toda índole y condición. Y si no al tiempo… Pero casi dejaré el tema, que por lo delicado que es, casi es mejor tratarlo de palabra y no por escrito, que luego todo el mundo va hablando de lo que no sabe. Ya me lo decía mi abuela: “Jo mío, hay gente que ni sabe ni huele”.

Yo, por mi parte, he decidido encerrarme en mi mundo y no dar ya más cuartos al pregonero. El que quiera saber de mí que pase por mi casa, dé tres toques seguidos, y uno más un tanto distanciado, en la puerta del servicio de señoras que hay al entrar a la derecha, y que diga la contraseña: Desde que te di el primer zurriagazo estás más relajao. Prometo abrirle inmediatamente la puerta e invitarle a compartir mis posesiones o, al menos, lo que de ellas quede en activo.

Hace semanas descubrí, tras lo de la M-30, que yo donde me siento bien es en el servicio de señoras de mi casa. Ora me doy un bañito de espuma con velas y esencia, ora me leo un periódico, ora me doy un paseito, ora escucho un poquito de música clásica para calmar los sudores de la vejez, ora me tumbo y veo la tele, ora… Esto sí que es vida. He puesto dentro, al lado del tirador del agua de la taza, internet, televisión digital y radio ultrasónica y no necesito salir para nada. Lo malo es cuando a mi cuñada le da un apretón y se siente con la necesidad de evacuar la mala folla que tiene por dentro; por que lo suyo es de mala folla. ¡Lo sabré yo! Menos mal que con la ayuda de su ex estoy consiguiendo hacerle ver que siendo ella, como lo es, una mujer de pelo en pecho, no pasa nada por que vaya al servicio de caballeros y así me deja en paz. Yo quisiera proponerle otra cosa más lasciva, pero es que no tengo estómago a estas horas ni para mentarlo. Su ex es un santo; ciertamente no voy a entrar de lleno en el papel jugado por el susodicho a la hora de asignar la paternidad de su supuesta tercera hija, pero si al tío no le hubiese dado en aquellos tiempos por experimentar con agentes de la propiedad inmobiliaria, otro gallo hubiera cantado. Al tipo siempre le ha gustado catar todos los culos que ha visto y, claro, es lo que tiene pasar hambre a lo tonto na más.

La casa es un caos, un sinvivir. Lo de la M-30 y el embarazo no deseado de mi suegra han trastocado nuestras vidas. Cada mañana, desde la fatídica hora aquella, me pregunto: ¿qué hacemos ahora que ella está preñada y yo en la cárcel por tráfico de revistas porno? ¡Joder cómo está la cosa! Seguiremos informando, tranquilos, que más se perdió en la guerra del 14. Aunque, ahora que lo pienso, me pregunto si estaré siendo políticamente correcto al relatar lo que escribo.


Fernando J. Cabañas Alamán

Olcadeando

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