La Opinión de Cuenca

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Primera salida


Un largo y frío invierno dio paso a una hermosa primavera. El fuego no dejó de crepitar en todas las chimeneas de la Serranía, proporcionando calefacción y combustible para las tareas domesticas, aunque para ello no faltaba el rescoldo durante todo el año. Los escolares acudían a su quehacer diario con un leño, piñas, tedas o virutas, para ir rellenando la pequeña leñera de la escuela y no pasar frío durante las clases. El pan se cocía con leña, al igual que todas las pequeñas industrias serranas: los tejares, las caleras, las pegueras, las fraguas... con aliagas se chuscarraban los pelos de los cerdos durante las matazones domesticas, dejando sus pieles blanquísimas, tersas y suaves. Los pastores se pegaban algún calentón prendiendo alguna aliaga, algún cambrón seco o algún haz de támaras del ramón que le habían cortado a las sabinas los días de nieve para alimento del ganado. Estos pequeños fuegos contribuían a la limpieza del monte, evitando, aun con los escasos medios con que contaban, que los incendios forestales que se producían durante el verano fueran tan voraces como los de hoy en día.

Quién iba a imaginar en los pequeños pueblos serranos que aquel día doce de abril de 1961 una nave soviética, la Vostok 1 despegando desde el cosmódromo de Baikonour, con el astronauta Yuri Gagarin a bordo, venciendo la fuerza de la gravedad, cruzaría la atmósfera y saldría al espacio exterior, siendo el primer ser humano en ver la tierra desde aquel lugar de privilegio. Sin duda, la experiencia fue única y le dejaría extasiado. Dicen que, asombrado, acertó a decir: “¡La tierra es azul...!”

Aquel doce de abril, en la Serranía, el tiempo transcurría con su lentitud de siempre y, aunque empezaban los primeros cambios, estos eran aún imperceptibles. Las sementeras componían un cuadro multicolor, salían con fuerza los primeros tallos de monte y los gamones, mientras que los prados mostraban el color de las primeras flores. Nacidos ya los recentales y algún redrojo, regresaban los primeros ganados trashumantes del Reino, los de Andalucía lo harían más tarde. Una vez más el ciclo de la vida se habría paso, mostrando toda su belleza en una hermosa primavera.

Aquellas primeras fotos, mostrando un planeta tan hermoso y de color azul, causaron un gran impacto en la población de entonces, tal vez un trauma en algunas personas que creyeron que el planeta era muy frágil y que no aguantaría mucho con la especie humana andando por su superficie. Esto despertó en las conciencias sentimientos paternalistas y puso en marcha unas fuerzas difíciles de controlar que desembocaron en la creación de los movimientos ecologistas. 

Sin duda, después de dos siglos de revolución industrial, sus efectos ya se dejaban sentir sobre la pelota azul en que por arte de magia se había convertido nuestra morada, y aquellos primeros ecologistas con sus preocupaciones dieron un toque de atención que fue positivo y contribuyó a mejorar muchas cosas. El problema llegó más tarde, cuando estos primeros movimientos se transformaron en asociaciones con un gran aparato burocrático y con la profesionalización de sus miembros. La cosa empeoró cuando crecieron y pasaron a ser partidos políticos, defendiendo posturas que poco o nada tienen que ver con la sostenibilidad del medio, pues, estos partidos excesivamente ideologizados, se limitan a obedecer las consignas que llegan desde arriba, sin pasarlas por el tamiz de la razón y sin darles tiempo para la reflexión. Con la creación de la ideología medioambientalista se pretendió proteger a toda costa todo, sin pensar que había una cultura de miles de años que convivía con este medio ambiente sin problemas. Que sólo el desarrollo de la técnica con el triunfo científico había generado unos problemas capaces de acabar con la vida en el planeta tal y como la conocemos.

Estos partidos y asociaciones, se dedican, más que a mejorar el planeta a intentar cambiarlo según sus intereses o creencias, pues funcionan más como entes fanatizados, con fieles bien organizados que obedecen ciegamente sus consignas que como organismos profesionales que busquen la convivencia pacífica entre la tradición y la modernidad. Los hay de todo tipo, incluso los animalistas que pretenden que los animales tengan derechos humanos.

Aquella imagen de un planeta desvalido, según estas personas, fue la semilla que germinó en un nuevo pensamiento, de una nueva forma de concebir el mundo que, en sólo unos siglos había pasado de ser el centro del universo a ser una minúscula fracción en la inmensidad de los orbes. Y, como suele suceder en las asociaciones humanas, la vocación ecologista pasó a ser profesión y el altruismo inicial, pasó a ser interés profesional. Todo esto aún fue peor cuando, pasado el tiempo, este pensamiento, en su evolución, se transformó en acción política. 

Otro día les contare por qué pienso que todos estos movimientos son los principales responsables, aunque no los únicos, de la extrema voracidad de los incendios forestales en todo el mundo, pues, gracias a la globalización, esta idea que pudo ser buena, en su afán de proteger, están acabando con aquello que quieren proteger. 

 

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