La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Reflexiones democráticas


El día de la Constitución Española se celebra el 6 de diciembre y está regulado por el Real Decreto 1964/1983 de noviembre. Conmemoramos la celebración del referéndum de 1978 en el que el pueblo español aprobó por amplia mayoría.

Son excepcionales los días presentes que estamos viviendo, donde la gente, de distintos colectivos salen a la calle a manifestar su descontento. Estamos en un tiempo donde se está produciendo acontecimientos que una vez más en el curso de la historia, nos demuestran cual es el camino resto para el porvenir, y una vez más nos prueban que no es una vana quimera el mirar a nuestra historia, ni una ficción la marcha constante hacia la realización de los ideales de la democracia.

Ciegos son los que no quieren verlo, a pesar de las continuas lecciones de la experiencia. En los momentos actuales se les ofrece una de las más convincentes. En el vecino reino, hubo quien pensó en la posibilidad de negar los derechos imprescriptibles e inalienables, propios de los seres de razón; hubo quien creyó que el capricho amparado por la fuerza podría sustituir a la ley; el resultado no se hizo esperar: la nación en masa, obediente a un solo pensamiento arrolló el obstáculo reintegrado al pueblo la plenitud de su soberanía.

Y no es cuestión, como suponen muchos, de que rija los destinos de los pueblos una u otra forma de gobierno, no. El problema es más humano y por lo tanto más esencial y más lógico.

Las formas de gobierno son meros accidentes en la vida de las naciones; dependen más de una vez hasta de la constitución geográfica de un país. Lo que no es accidental ni puede serlo es la justicia, que a todos se nos debe por igual, es el respeto a la Ley, que a todos obliga, es la inviolabilidad del domicilio y de la conciencia, el imperio de la razón, la equidad en todas las manifestaciones de la vida social. Por eso cuando en las altas cimas en que reside la suprema autoridad y la encarnación de los poderes que marca el cauce por el que ha de ir la Nación al cumplimento de su destino histórico, encontramos arraigada la idea de la justicia, y afirmadas todas las prerrogativas propias de nuestra naturaleza individual, aseguramos que el gobierno es bueno, sea republicano o monárquico; llámese imperio o apellídese califato. Pero su en vez del respeto a los fueros de la razón, encontramos en las esferas del poder os caprichos de un favorito como fuente de toda ley; si vemos conculcados los derechos, falseadas las prerrogativas corrompidas las funciones esenciales de nuestro organismo nacional, viciadas las corrientes más puras de nuestras aspiraciones legítimas, diremos que el gobierno aporta de su verdadero camino a la Nación, y aseguraremos su caída inevitable, tan inevitable a la acción de la gravedad.

Florecientes, prósperas, ricas y respetadas pueden ser las Naciones, regidas por monarquías, como lo es Inglaterra; regidas por repúblicas como lo son Francia y Suiza; pero es preciso que en ellas se dé el hecho evidente de un acomodamiento justo de las leyes a la voluntad libremente expresada por los ciudadanos; es preciso que no pretenda oscurecerse la luz de las ideas con las imposiciones de la fuerza, es preciso que en las esferas de los gobiernos exista la ductilidad necesaria para no incompatibilizarse en ningún momento con los progresos exigidos por la civilización, porque de no ser así, el antagonismo surge, la lucha se hace inevitable y la victoria más o menos cruenta, más o menos fácil, siempre determina el triunfo de la razón popular, como nos lo enseña la gran maestra de la vida que en tiempos demasiados remotos escribió ya en sus páginas la famosa sentencia: “Salus populi, suprema lex est”.

Fuente documental:

EL LIBERAL. Año1. Cuenca. Núm 74.1910.

 

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