La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Remember, remember,...


El pasado viernes fue 5 de noviembre. Como recordará, mi anglófilo lector, ese día se conmemora un acontecimiento oscuro de la historia de nuestros expseudoamigos, los británicos.

El de la máscara de V de Vendetta, junto a sus represaliados compinches católicos pretendieron volar las Casas del Parlamento londinense con unos cuantos barriles de pólvora, con tal fortuna que un oportuno soplo a tiempo provocó que se pillara con las manos en la pólvora al tal Guy Fawkes. Ello supuso salvaguardar para siempre la fe anglicana y las leyes inglesas de represión de los católicos. ¡Toma ya!

El acontecimiento se ha conmemorado en los países bajo influencia inglesa como la muestra de su superioridad sobre el otro lado del canal de La Mancha. Poco hablaban de la represión desmedida frente a los católicos, ingleses también, que perpetraron hasta bien entrado el siglo XIX. No, ellos tan orgullosos. 

Y es que los exeuropeos tienen una relación más que autocomplaciente con su propia historia. Nada que ver con los pobres hijos del país de Cervantes, Picasso o Blas de Lezo, que, por no caer en una mísera pizca de orgullo, dejan de celebrar los logros que sí fueron.

Las naciones creadas bajo bandera pirata y financiadas con la plata que robaban a nuestros barcos quieren darnos ahora lecciones de Derechos Humanos históricos. Los herederos de españoles mestizos, pues hay sangre de Cuenca hasta en el Ecuador, pretenden que pidamos disculpas por lo que sus propios antepasados hicieron.

Insultan a Colón y le tildan de genocida. Desdeñan las proezas del portugués Magallanes y vilipendian a Pizarro. Se esfuerzan en preconizar que los vikingos se nos adelantaron y que las empresas de entonces sólo fueron sangre y enriquecimiento para viles mercenarios. Y nosotros nos callamos y agachamos nuestra hispánica y apesadumbrada testuz.

Y lo hacemos porque, en el fondo de nuestra alma de demócratas occidentales, pensamos que tienen razón. ¿Quién ve con buenos ojos hoy una conquista? Salvo para expulsar, por ejemplo, al régimen Talibán…

¡Qué malvados estos españoles de piel oscura, mostacho negro y corazón ávido de riquezas ilegítimas! 

Genocidas nos llaman. ¡Genocidas! Y lo hacen en el habla de Bartolomé de las Casas, de Francisco de Vitoria y de Fray Junípero Serra.

En el idioma de las Siete Partidas, en las que, en pleno siglo XIII, ya se reconocía el derecho a un abogado gratuito a quien no pudiera permitírselo. En el idioma en el que el Rey Católico sancionó las Leyes de Burgos de 1512, en las que proclamaba que los indios eran hombres libres por naturaleza a los que no podía infligirse castigo físico y con derecho a ser propietarios de sus haciendas.

Nos llaman genocidas en la misma lengua en la que, en 1188, en el claustro de la magnífica basílica de San Isidoro de Sevilla, en León, se celebraron las primeras cortes documentadas de la historia de Europa.

Nos insultan y doblamos la cerviz, avergonzados de ser españoles porque nosotros mismos hemos interiorizado la leyenda negra que, de forma tan contumaz, se ha impuesto desde entonces, obviando lo que es más trascendente para el justo equilibrio en la Historia: el contexto.

Genocidas nos llaman quienes apartaron a los negros de la vida pública durante siglos o quienes, ahora, desde Waterloo, se olvidan de que los cimientos de las grandes metrópolis catalanas se construyeron sobre la sangre de las pobres almas que pasaban, rumbo a Cuba, por el puerto de Barcelona en el siglo XIX.

Porque la Historia son las luces y las sombras de los pueblos. Las íntimas vergüenzas y los públicos orgullos. Y ¿quién no tiene figuras históricas contradictorias como Guy Fawkes?

Si no, que se lo digan al caballo de Pavía…

 

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