La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Si los niños votaran


Hoy, cuando todas las ciudades del planeta, al menos todas aquéllas que se encuentran en lo que ha venido a llamarse mundo desarrollado -algunas veces no entiendo por qué, no termino de comprender qué tipo de desarrollo es ese que tiende a deshumanizar al ser humano-, se han convertido en un auténtico laberinto de asfalto y de hormigón armado, un laberinto sin más minotauro que uno mismo -si Ataca, como en el poema de Cavafis, está en nosotros mismos, también el enemigo en este mundo incivil está sólo en nuestras sombras-, hoy, digo, cuando las ciudades son desiertos de autómatas deshumanizados, las llamadas “zonas verdes” se convierten en islas de esperanza, oasis de vida. Los parques son en las ciudades actuales necesarios, como la botella de aire comprimido para aquél que desea descubrir mundos submarinos, o como la noche para quien gusta contar estrellas en el cielo.

Cuenca es una ciudad pequeña, y su situación, entre dos hoces, entre dos surcos de agua que se abren entre la piedra y los pinares, es lo que permite que la ciudad no nos ahogue. Cuenca es una de las pocas ciudades en las que se puede sentir la naturaleza; con sólo salir de la ciudad, con sólo pasear hasta su última casa, puede sentirse uno como Acteón un momento antes de ver desnuda a la diosa. Sin embargo, y a pesar de todo, Cuenca también necesita de parques en su seno, necesita también de jardines en el corazón de sus casas de cemento. Cuenca como todas las ciudades, también necesita de espacios abiertos en los que los niños puedan jugar, y puedan sentirse como reyes de una monarquía sin tiempo y sin espacio, perdida en los paisajes más recónditos de la fantasía.

Pero un parque no es sólo un conjunto informe de castaños, heridas sus cortezas por lejanos deseos de enamorados del. ayer. Un jardín no es sólo ocho o diez rosales cuajados de abejas. No es, tampoco, un columpio peligroso hecho de metales cortantes, abandonado de todos, convertido en una trampa para los más pequeños, que se acercan a él para jugar, ignorantes del peligro que les acecha detrás de esos columpios. Un parque debe ser, sobre todo, un paraíso para los niños y, por lo menos, un lugar seguro para los padres, un lugar donde todos, estos y aquellos, puedan ser un poquito más felices.

Desde luego, la política municipal, en lo que a parques y jardines se refiere, es cuando menos, decepcionante. ¿Cuánto dinero se invierte en su conservación y en su limpieza? A juzgar por lo que puede verse, y supongo que esto es algo en lo que estarán de acuerdo cuantas personas -padres y abuelos, sobre todo- no tienen más remedio que convertirse en usuarios de este tipo de espacios, debe ser una parte ínfima del presupuesto del ayuntamiento. ¿Cómo, si no, puede entenderse que algunos de esos lugares, otrora encantados, se hayan convertido en un verdadero foco de infección?

Y cuando llega el otoño, las hojas de los árboles, que antes habían formado una hermosa alfombra dorada y cobriza, se convierten, después de que hayan pasado muchos días, incluso semanas, sin que nadie las recoja, en una trampa resbaladiza, sobre todo para las personas mayores. Y no sólo las hojas, que los niños de hoy, al contrario de lo que hacíamos nosotros cuando aún éramos niños, ni siquiera sienten ya ese placer que nosotros sentíamos de coger las castañas, el fruto de los centenares de plataneros que pueblan nuestros parques, para convertirlas en esas alegres municiones que utilizábamos para nuestras grandes batallas, entre barrios o entre diferentes pandillas, y pasan a formar parte también del ese barro sucio que está formado a partir de un conglomerado natural de desechos orgánicos, que nadie recoge.

Quizá no nos estemos dando cuenta, pero la salud de nuestros hijos peligra allí. Y no hablemos ya de los columpios; algunos no cumplen con unas normas básicas de seguridad. Peligrosos, por los materiales con los que están hechos, muchas veces unas simples barras de metal, o por su estado deficiente de conservación, nadie del ayuntamiento parece estar interesado en sustituirlos por otros que sean más respetuosos con los ignorados derechos de los niños. Se me puede decir que el ayuntamiento no es el único culpable de la situación, y ello es cierto. También los ciudadanos tenemos nuestra parte de culpa, de muy diversas formas: arrojando al césped o a la arena los residuos de nuestra incivilidad; rompiendo las ramas de los árboles sólo por el deseo inútil de hacer daño; dejando que nuestras mascotas abandonen en los parques los detritus de su propia naturaleza. Sí, es cierto, todos tenemos nuestra parte de culpa. Todos hemos contribuido a esa situación. 

Los problemas de nuestro ayuntamiento con los parques vienen desde antiguo, pero en los últimos tiempos, esos problemas se están radicalizando. En efecto, nuestros parques y jardines son, algunos de ellos sobre todo, estercoleros de basura, en los que resulta complicado poner el pie sin pisar los restos de nuestras mascotas. En una sociedad como la actual, en la que, estadísticamente hablando, hay más perros que niños, y en la que incluso, según se desprende de algunas decisiones políticas, aquellos tienen más derechos que estos, no es extraño observar cómo las mascotas, incluso aquellas que son potencialmente peligrosas, campan a sus anchas, mientras que a los niños se les arrincona en una pequeña esquina. Como tampoco hay demasiados lugares en los que ellos puedan hacer sus necesidades sin molestar al resto usuarios del parque, ni incluso los contenedores específicos para arrojar en su interior el resultado orgánico de esas necesidades fisiológicas que ellos también tienen.

Y en el Parque del Huécar, a los graves problemas sanitarios que tienen el resto de los parques conquenses se le viene a añadir el hecho del lugar en el que se encuentra, junto a la principal zona de ocio de la ciudad. Aquí, los fines de semana, sobre todo los fines de semana, aunque el problema se manifiesta también, el resto de los días, a este hecho se le añade también los restos dejados por el botellón: vasos de plástico que no se sabe en realidad qué es lo que contienen; restos de botellas rotas, muchas veces a propósito por no se sabe qué tipo de apuesta; papelinas que una vez contuvieron droga, posiblemente cocaína, algunas veces, incluso, conteniendo todavía una parte de su mortal producto;… No resultan extraños, por desgracia, los estudios que aseguran que nuestros jóvenes se acercan cada vez con menor edad a las drogas o al alcohol, que no deja de ser también otro tipo de droga, aunque respetada socialmente, cuando vemos el triste espectáculo que estos parques presentan a primera hora de la mañana, antes de que los servicios de limpieza hayan realizado su función.

Es obligación del ayuntamiento velar por la conservación de esos espacios reservados, y debe hacerlo de muy diversas formas, desde la inversión económica hasta el propio castigo, por medio de multas para todos aquellos que no sepan respetar nuestro patrimonio, que serán siempre bien recibidas -al menos comprendidas- por los ciudadanos. Porque el parque, a su modo, también forma parte de nuestro patrimonio cultural. Y es que, si las instituciones no saben respetar nuestros jardines, si no quieren educarnos en el respeto a la naturaleza, no pueden pretender que nosotros les respetemos.

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