La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Sígueme y verás


De pronto, aparece San Juan a recoger su ramo de olivo acompañado de sus mujeres, que no necesitan ruedas para llevarlo.

Después, el Jueves Santo, las risas nerviosas que llenan los primeros bancos de la iglesia dejan ver la novedad: Con algo de vergüenza, pero con el texto bien aprendido, los chicos del pueblo representan la Pasión ante la sorprendida mirada de un templo abarrotado. Don José Ignacio espera, solemne, su momento.

Tras ello, la hora se acerca nublada por el incienso -mucho incienso-. Los pequeños librillos de toda época salen de los bolsillos con gesto rápido y nervioso. Antes de que puedan abrir sus páginas, unos nazarenos de tela negra hacen su aparición debutante con la intención de acompañar a la Madre gracias a las virtuosas manos de Merce.

María, desde sus andas, los observa luminosa. No son los únicos que estrenan vestimenta de promesas cumplidas hoy.

Y por fin llega:

-Mi Dios y mi Redentor; en quien espero y confío-.

 Las almas dispuestas a recorrer los últimos momentos de Jesús se adelantan hasta la entrada del callejón de la iglesia. Empieza la liturgia con seriedad.

Las voces graves, entresacadas por otras femeninas, no cesan hasta llegar al final de la calle Lucía. En el almacén de Bautista, el silencio se rompe con la oración.

-Escuchad con atención-.

Por la mañana, a la llamada de la matraca, Cristo camina casi en solitario. Atraídos por una nueva Pasión, los curiosos se van uniendo al camino, legañosos, para disponerse a recorrer el vía crucis.

En la iglesia, de nuevo, sin que nadie avise, se forma un círculo al lado derecho del Altar Mayor. El Poderoso Jesús Nazareno empieza a retumbar entre los altos y desnudos muros que lo acogen.

-Pésame, Señor, de haberos ofendido-.

 Pablo se dispone a rezar la primera estación.

-Sígueme y verás-.

 Ya en el Calvario, el debate se recompone como cada año; esta vez resuelto a favor de cantarlo una vez rezada la XII estación. El calor aprieta.

-Venid al Calvario, venid almas tiernas-.

Casi sin terminar, ya Jesús ha muerto y la delantera se dispone a acompañar a María. A dos y hasta a cuatro voces, el pueblo canta a la Madre Dolorosa.

-Mar de amargas penas y dulces piedades-.

 Al pasar junto a la Mezquita, algún hambre se escapa. Este año no es muy tarde.

Tras el estruendo, la iglesia queda en silencio con algún leve aplauso de pura emoción. La liturgia del pueblo ha acabado.

Ahora, el silencio del duelo sólo se rompe por los tambores y las cajas que, sin cornetas, acompañan a María, radiante; pero triste. Rafa y Rodrigo vuelven a capturar su llanto con profundo respeto.

Tras el silencio, el fuego. Y, después de él, otra vez la Madre; esta vez la de los hijos de Villar de Cañas.

La negrura de la noche se confunde con su manto y, al girar al callejón de la iglesia, Sandra cumple su cometido y el verde se hace luz. El estruendo del mejor pirotécnico despierta a aquellas almas a las que se les hizo demasiado temprano -o demasiado tarde-.

Desde la sacristía se escucha un murmullo de cuentas. Mientras, otros cuerpos deambulan en busca de la cama y la paloma agacha sus alas hasta el siguiente año. Algunos carteles despuntan el alba con mejor o peor rima y el Mezquito y el Nido van llenándose para la penúltima, mientras que la macolla bebe, sedienta, del agua bendita en la pila.

Por la tarde, con el último esfuerzo, el pueblo acompaña a su Madre hasta la ermita y las lágrimas no pueden evitar recorrer algunas mejillas en el frío de su casa. Las flores que la vestían ya reposan sobre la lápida de mi abuela Cristi y el Resucitado vuelve al galope a la iglesia.

Los coches recorren las calles en una nueva procesión, haciendo sonar su claxon al pasar junto a la ermita para despedirse del Hogar. Las calles vuelven a tener su aspecto ordinario. Ya sólo quedan algunos cristales rotos en el asfalto y el olor a incienso en la iglesia -mucho incienso-.

Todo parece disiparse, incluso los rumores electorales, cuando la tranquilidad diaria gana al ruido. La Semana Santa ha acabado. Un año más, las cosas vuelven a su lugar de forma serena mientras los ecos de la Pasión aún resuenan en los corazones de los hijos de Villar de Cañas.


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