La Opinión de Cuenca

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Sin medias tintas (de calamar)


No recomiendo ver “El juego del calamar”. El último éxito del marketing de Netflix llega a los titulares por sus grandes cifras, pero se está manteniendo por la polémica de los juegos infantiles y la imitación en los patios de los colegios. Pero, ¿de qué estamos hablando?

Parece ser que los más pequeños recrean la última ficción que han visto en sus casas. Pero esta es una serie para jóvenes adultos. No creo en el sistema de calificación para edades, según la madurez del niño o joven las historias sin violencia gráfica pero con muchos “grises”, matices y dilemas morales pueden llegar a ser peores que los maniquís que destroza Freddy en su saga de “Elm Street”.

En estos casos, ¿quien es el responsable de que los niños vean contenido que claramente (después de 8 episodios) no está dirigido a ellos? ¿Son los padres, que también les ponen “Juego de Tronos” porque es un juego? ¿Los más jóvenes recrean la Guerra de las Rosas y estrategias geopolíticas de alianzas y traiciones? ¿O es por el voraz marketing, que ocupa calles y tendencias de redes sociales? ¿Los pequeños tienen acceso a las suscripciones de los padres, y estas plataformas poseen algún control parental?

Creo que en las dos últimas cuestiones está la respuesta a la alarma de los padres y profesores por la imitación de los juegos en los recreos. Antes de la serie ya existía el escondite inglés, y a quién perdía no recibía un castigo físico, sino el aburrimiento de no participar hasta que acabase la ronda.

Ya hablando de la serie en sí, la adaptación de los juegos resulta algo inconsistente. El citado escondite inglés, las canicas y el tira y afloja están bien (sin más); el koreano dalgona resulta interesante y original, pero los dos últimos juegos pierden todo el sentido, incluido el que da título a la serie, el juego del calamar, que se reduce a ‘un combate a muerte’.

Por eso no puedo recomendar la serie de buena fe, ya hay otras películas y series muy similares cuyos juegos y críticas sociales son más novedosas, frescas y sutiles. La película “Battle Royale”, adaptada del libro homónimo que a su vez posee ideas de “El señor de las moscas”, ha marcado tendencia hasta crear un género de videojuegos en el que se incluye el popular “Fornite”.

La misma crítica social se encuentra en la trilogía de películas “Kaiji” (adaptadas del manga) en las que gente endeudada juega apostando sus vidas por el entretenimiento de ricos. Incluso, hilando más fino y buscando la crítica a la desigualdad económica de Korea del Sur, ya hay reconocidos cineastas como Bong Joon-ho o Yeon Sang-ho.

Pasa lo mismo con la premisa “juegos infantiles mortales”: existía la adaptación de “As the gods will”, cuyo primer juego es casualmente, el escondite inglés, pero en esta ocasión los concursantes son estudiantes y los juegos y sus elementos corresponden a símbolos de buena suerte típicos de la isla nipona. Ante las acusaciones de plagio, el director de “El juego del calamar” respondió que el guión estaba escrito antes de la publicación del manga original, y es un argumento plausible.

La razón por la que he sentenciado al principio que no la recomiendo, no es porque sea de mala calidad; los personajes y los actores son muy buenos, el problema es la originalidad del argumento, el ingenio de los juegos y los giros de guión: todo eso ya se ha visto en varias películas (no sólo asiáticas, me dejo varias sin citar en el tintero) y resueltas, en mi humilde opinión, de mejor forma.

Sin cambiar de plataforma de streaming, también se encuentra la serie japonesa “Alice in Borderland”, a punto de estrenar segunda temporada, y aunque es más nicho y juvenil que adulta, sus juegos y puzles no se limitan a los tradicionales, por lo que crea una mayor sorpresa y peligro para sus participantes, aunque como en el resto de obras de este género, los protagonistas siempre salen indemnes.

Insisto, no recomiendo “El juego del calamar” porque creo que hay otras obras más interesantes. Incluso si es por los cefalópodos, prefiero la clásica aventura de Verne. No caigo en la censura, y hay que separar el aspecto artístico de una obra con el moral. Pero el marketing intrusivo y dispositivos que caben en cualquier bolsillo con acceso a todo en cualquier momento es fácil que el contenido llegue a audiencias que no debería.


Luis Aranda Valmaña

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