La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Singularidades manchegas en el siglo XVI


Existió una tierra que se dio en llamar la Mancha Santiaguista, aunque me atrevería a decir que todavía existe, poblada, a una llamada de la Orden de Santiago, por colonos, mujeres y hombres, muy apegados a la tierra, de costumbres muy férreas y persistentes en el tiempo, cuya forma de vida perduró a través de los siglos casi hasta nuestros días. Una sociedad formada principalmente por labradores, muchos jornaleros y unos pocos hidalgos y clérigos; trabajar la tierra era lo principal y digno, el resto de trabajos y oficios eran considerados despreciables y poco honrados, baste decir que al carnicero se le llamaba “el obligado de las carnes” porque se le obligaba a aceptar ese oficio indigno, a causa de tener que bregar con la carne muerta de los animales, y tan despreciable era que no podían ser nominados para ningún cargo público.

Estas villas que conformaron la Mancha Santiaguista, aunque actualmente están administradas desde tres provincias distintas, en el pasado formaron parte de una misma provincia, la de la Mancha, hasta que un señor que decía de sí mismo que conocía bien la historia, Javier de Burgos, las separó para siempre jamás, pero yo creo que no pudo del todo, sino que todavía conservan el habla, las comidas, las costumbres, en suma, un folclore común, desde Campo de Criptana, pasando por El Toboso, hasta La Mota del Cuervo; desde Socuéllamos hasta Corral de Almaguer.

Esta sociedad tan cerrada, tan apegada a la tierra y sus costumbres, tan religiosa y mariana, no concebía las rarezas, los hechos imprevistos, pero, sin embargo, se dieron. Aquí recogemos tres ejemplos de hechos tan extraños para la época que dieron que hablar y murmurar a la villa de La Mota durante muchos meses; y aunque sucedió en La Mota durante el siglo XVI y comienzos del siguiente, pudo haber ocurrido en cualquiera de las demás villas de la Mancha.

Pedro Simón Rebelo era una persona principal de la villa, de más de sesenta años, que trataba ejecutoria en la Chancillería de Granada con el concejo de La Mota para confirmar su hidalguía y, en virtud de ello, no pagar impuestos; como es fácil de pensar el ayuntamiento estaba en contra de sus pretensiones y le tenía considerado como pechero, incluso, para agraviarle y despreciar su condición de hidalgo le habían nombrado cuadrillero de la Santa Hermandad, un oficio que se daba siempre a gente de baja calidad. Tenía tres hijos, dos que habían obtenido grado en la Universidad de Alcalá, donde ya disponían de sotana, manteo y sirvientes, y otro estudiando en la escuela de Belmonte; esto le costaba muy buenos maravedís que ganaba obteniendo bulas y despachando negocios con la corte de Roma; aunque algunas malas lenguas, otra vez para desprestigiarle, decían que, en su casa, situada en la calle Mayor de La Mota, vendía mantas, oficio que le hubiese apartado, inmediatamente, de la posibilidad de ser hidalgo.

Pedro Simón Rebelo quizás por la edad, quizás por la característica de hidalgo no muy rico, quizás por su contacto con el clero en Roma, tenía sus rarezas, y así ocurrió que un día muy de mañana, el vecino Benito Fernández le vio de esta guisa:

Pedro Simón Rebelo está tenido en poco en esta villa por los defectos de su persona. Habrá dos o tres meses que lo encontró una mañana por esta villa en una calle, en camisa, con una ropa de levantar y unos zapatos amazuela y su espada, que cierto quien lo viera dijera que era un loco.

Y que así mismo sabe este testigo que fue hallado debajo de unas puertas de una casa atestado, de forma que si de allí no le ayudaran a salir no podría salir en manera alguna. Ha oído decir como vende mantas y lienzos en su casa. Fue elegido por cuadrillero, el concejo elige a los hombres más bajos, de poca suerte y calidad.

Uno se puede imaginar el escándalo que supondría en esa sociedad tan estricta, ver al hidalgo, muy temprano, una mañana, en camisa de dormir y ropa de cama, con unas amazuelas de madera sin calzas y una espada en la mano, gritando como un loco que lleva el diablo ¿alguien ha pensado en la figura de don Quijote?

Otro día le vieron metido bajo las puertas de una casa, nadie supo cómo ni por qué lo hizo, pero en tan difícil situación que si no fuera por la ayuda de los vecinos no hubiese podido salir de allí.

Otro caso digno de mención fue el de Úrsula Martínez, mujer de 24 años de edad, casada con Miguel Sánchez Crespo, a quien su extravagancia la había llevado a vestirse con hábitos de hombre en numerosas ocasiones; imagínense lo que esto suponía en una sociedad dominada por los hombres y con muchas restricciones para las mujeres.

Una noche fueron a por agua a la fuente, Diego Rodríguez que acompañaba a sus primas Isabel y Ana de Ludeña, Alonso García y otro hombre que no conoció Diego en el primer instante hasta llegar al sitio de Las Fuentes, lugar que todavía existe en La Mota, pero donde quitaron los brocales de los pozos que abastecía de agua dulce a gran parte del pueblo; no le conoció porque:

allí encubierta y en la misma forma, avía ydo con una capa, y espada, y sonbrero, e çaragüelles, e medias calças; se llegó este testigo a ella para conoçerle, y bido como era la dicha Úrsula Martynez, e se lo reprehendió, e riñó este testigo por yr de aquella suerta, la qual, según diçen no es de muy buena fama e pobre.

Simón Martínez, vecino de La Mota, había llegado a andar con ella, vestida de hombre, por las calles de la villa:

es muger pobre, e según la pública boz e fama de malos tratos, la qual save que suele andar en ávitos de hombre por las calles desta villa, porque este testigo la bido, e habló, e anduvo un rato con el dicho ávito, abrá tres o quatro años, y demás de aquella vez, se desçía aver andado en la misma forma otras veçes, e por esta raçón, a muger que cosas tan atrevidas haçe, no se le deve dar crédito.

El tercer caso es el de Brígida Rodríguez, mujer de sesenta años, viuda de Cristóbal Sánchez de Leonís Sánchez, de oficios no claros y rondando la ilegalidad, pues era conocida como partera de algunas mujeres que la llamaban a la hora del parto, cotilla y tablijera. 

El oficio de partera en la Mancha del siglo XVI era un tanto peligroso, pues muchas de ellas eran acusadas de brujas al considerarse que robaban los cuerpos de los niños recién nacidos para ofrecerlos al diablo. 

es muger pobre e de poco crédito porque se huelga de oír y desçir las cosas que oye en todas partes, y es partera con algunas mujeres suele parir

El otro oficio que practicaba era el de tablijera. Iba pregonando por las calles del pueblo a los grupos de hombres que encontraba que en su casa se podía jugar a naipes, ella ofrecía mesa, cartas y vela para el juego:

encontró a la susodicha este testigo en una calle, e le dixo: si queréis, o savéis, qué persona quiera jugar, yo le daré en mi casa mesa e naypes 

Cuando juntaba un grupo jugaban en su casa hasta altas horas de la noche; ella cobraba por los servicios, por barato, es decir, un tanto de lo que se ganaba en el juego, y, a veces, del dinero que sacaban haciendo trampas:

este testigo jugó en casa de la dicha Vírgeda Rodríguez a los naypes una noche con un hijo de Provençio, e con otro de Estevan Garrido, a los quales les oyó desçir que allí solían jugar, e por esta raçón fueron allí, e la dicha Vírgeda Rodríguez les dio mesa e naipes, e les sacaron e dieron barato e mula, después acá jugado en la dicha casa, avía oydo desçir que en ella jueguen.

Jugar a naipes estuvo terminantemente prohibido, pues tal era la pasión que jugaban hasta la hacienda, pero fue tal el deseo de jugar a naipes que el rey finalmente lo tuvo que permitir, con la condición que no se jugase más allá de dos reales. Como pueden imaginar esto nunca se cumplió.

Algunas rarezas más se dieron en esta querida Mancha Santiaguista, pero las trataré en otro lugar, en un libro que pronto verá la luz titulado Aquellas locuras manchegas.



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