La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Solucionar problemas o crear problemas nuevos


Hace apenas unos días, el grupo municipal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Cuenca instaba a la institución a que tomara medidas urgentes para rehabilitar el edificio que la Fundación Sánchez Vera posee en la esquina donde confluyen las calles Fray Luis de León -del Agua- y Tintes, como patrono que es, o lo ha sido durante todo el tiempo en que el edificio sufrió el mayor índice de destrucción, de la propia fundación, y a pesar del abandono en el que siempre ha tenido sumida a la propia fundación. Un abandono que, por otra parte, se refleja en el propio edificio, una casa de viviendas sin demasiado valor en sí misma, más allá de que se trata de una de las escasas construcciones decimonónicas que nos quedan en nuestra ciudad, y que se puede apreciar cuando descendemos, de camino a la ciudad media, los escalones de las recoletas Escalerillas del Gallo: “Aquel torreón altivo es hoy, niña, tu balcón…” que cantara el inmortal Federico Muelas. Tejas rotas, dejando en la cobertura del edificio grandes agujeros por los que se cuela el agua de la lluvia, desconchones en sus dos fachadas, y sobre todo, una antiestética plancha de uralita o de metal, colocada allí con el fin de evitar accidentes entre los numerosos transeúntes que circulan por debajo de ella, debido a la repetitiva caída de grandes bloques de su cornisamento, afean un espacio que es uno de los más transitados por los conquenses y por los visitantes, debido a su situación estratégica entre la acrópolis y la ciudad moderna. Y es que los problemas suscitados por la peculiar situación respecto a su propiedad, la propia fundación en parte y un número indefinido de “nuevos” propietarios, a los que el propio Ayuntamiento había vendido algunos pisos y locales, no debe restar un ápice a la responsabilidad que éste tiene en un adecuado mantenimiento del edificio.

Al otro lado del Huécar, separado sólo del edificio de la fundación por el propio río y por la calle de los Tintes, se encuentra el edificio del Almudí, éste sí de propiedad plenamente municipal, y construido en el siglo XVIII. Recientemente se ha venido prometiendo desde el propio Ayuntamiento que en los próximos meses vamos a poder contemplar la rehabilitación integral del edificio, que la restauración de éste se encuentra ya en sus etapas finales. A esta afirmación de los responsables municipales, de la cual, por otra parte, no terminamos de fiarnos -cuántas afirmaciones de este tipo se han venido repitiendo en los últimos años, y después no se han visto corroboradas por la realidad-, podemos contestar con rotundidad lo siguiente: YA ERA HORA. En efecto, el mal estado del edificio también ha sido visible durante mucho tiempo, mostrando una situación muy parecida a la de su hermano de enfrente, con el tejado también horadado y con ostensibles muestras de humedad en el interior. En todo caso, ojalá sea verdad lo prometido, y podamos ver por fin restaurado este edificio emblemático y de especial valor histórico, por lo que ha representado para el pasado de nuestra ciudad: primero fue depósito de granos, y después, sucesivamente, museo arqueológico, perrera, comisaría de la Policía Municipal y sala de exposiciones. Un edificio, por otra parte, que cuenta en su fachada con un escudo que es la única muestra conservada de aquel periodo de nuestra historia en el que el país estuvo gobernado por la égida usurpadora de José Bonaparte; hecho, cuando menos, curioso, y más en un edificio como éste, de carácter municipal, si tenemos en cuenta que en 1814, nada más haber sido expulsados los franceses del país, se dio orden de destruir toda muestra de su presencia  en España, raspando incluso de los escudos que adornaban los edificios oficiales, aquella águila imperial que había sustituido en ellos las flores de lis de los Borbones.

La ruina de estos dos edificios que se encuentran frente a frente, separados sólo por el curso del río Huécar, y que son ambos de responsabilidad municipal, uno directamente y el otro por su responsabilidad en la Fundación Sánchez Vera, representan simbólicamente, y no tan simbólicamente, la propia ruina en la que se encuentra nuestra ciudad; o, al menos, la sensación de ruina que muchos conquenses tenemos, cuando nos damos cuenta del creciente deterioro que sufren algunos espacios de la misma. Hace dos años se creó la Asociación de Vecinos de la Zona Centro, con el fin de luchar contra ese deterioro, que en esa parte de la ciudad, que no tanto tiempo era la “joya de la corona”  es más visible. En efecto, el abandono que muestran el Parque de San Julián o el Parque del Huécar, con bancos en los que ni siquiera podemos sentarnos, y en los que los deshechos de las mascotas y los cristales rotos invaden los jardines y los paseos, y la dejación de algunos edificios, como el de Sindicatos o la Plaza del Mercado, que no se sabe por qué oscura razón vino a sustituir, hace ya muchos años, a uno de esos artísticos mercados que en los últimos años están siendo puestos en valor en muchas ciudades españolas, y del que continuamente se nos promete su derrumbe definitivo, y su sustitución por un edificio nuevo, son muestras evidentes de esa situación, casi crítica, en la que la zona se encuentra. A ello se suman, además, los graves problemas de suciedad, de ruido, e incluso de seguridad ciudadana, que produce la instalación, junto al propio Parque del Huécar, de inadecuados locales de ocio nocturno.

La función de los ayuntamientos debe ser la de solucionar los problemas que pueden tener los ciudadanos, no crearles otros problemas nuevos. También, la de aprovechar la iniciativa de los propios ciudadanos -asociaciones deportivas o culturales, asociaciones cívicas o de vecinos, …-, cuando ellos ya le están ofreciendo soluciones a los problemas, o cuando son ellos los que se adelantan a la propia iniciativa institucional para crear propuestas de interés general para todos. Hace algunas semanas, la Asociación Amigos del Teatro de Cuenca anunció su desaparición por falta de apoyo de las instituciones, después de cincuenta años ejerciendo una intensa actividad en beneficio del teatro y de la cultura de Cuenca: actuaciones de teatro en el Auditorio y en las calles, a cargo de grupos profesionales y de grupos aficionados, de Cuenca y de fuera de nuestra ciudad: actividades de carácter internacional, como la Bienal del Teatro de Actor y el Día Internacional de la Marioneta; creación de premios de enorme interés para los amantes de este arte, como el BITA,… Y el problema, con ser grave, lo es más si tenemos en cuenta que en este caso, como en muchos, llueve sobre mojado. El pasado mes de septiembre se anunció también la desaparición, por los mismos motivos, del orfeón y la escolanía Ciudad de Cuenca, según fue anunciado por el promotor de este grupo musical, Carlos Lozano.

Con ser importantes estos problemas relacionados con el mundo de la cultura, que lo son, y mucho, no son los únicos a los que en la actualidad se enfrenta nuestra ciudad. Otro tipo de problemas, creados quizá de manera artificial por las instituciones, están poniendo en peligro la pervivencia de Cuenca como ciudad vertebradora de un territorio, es decir, como capital de una provincia que cada vez se encuentra más deshabitada. Sobre la decisión de eliminar el tren convencional de nuestra ciudad, y sobre cuáles han sido las instituciones que han permitido que a los conquenses se nos vaya a quitar un medio de comunicación tan importante -todas son responsables de ello, unas por acción y otras, las locales, por inacción-, precisamente ahora, cuando en Europa se está promocionando su uso, y no sólo como medio de comunicación para las personas, se ha hablado bastante, aunque nunca demasiado. En la situación actual, en la que tanto se quiere incidir en las energías renovables, apostar por la electrificación de las redes ferroviarias también para el traslado de mercancías, sustituyendo así al más contaminante transporte por carretera, sigue siendo importante, y es probable que sea ésta, precisamente, la motivación verdadera que se esconde detrás de la decisión de suprimir la línea de Cuenca, beneficiando todavía más a la provincia vecina de Albacete. Desde luego, muy poco es lo que los conquenses tenemos que agradecer, históricamente, a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, pero en este caso sus decisiones cuentan con el aplauso de las propias instituciones conquenses.

Otro problema de nuevo cuño es el surgido por la creación, también en Cuenca, de un innecesario anillo de bajas contaminaciones. Todos sabemos que Cuenca es una ciudad que cuenta con una alta contaminación industrial, que resulta extremadamente difícil y dañina para la respiración de los conquenses, debido al humo y a la polución que dejan en el cielo conquense las numerosas industrias que la rodean, y que debemos permitir por el elevado número de empleos que generan, Dejando aparte ahora la ironía, y aunque es cierto que se trata de una ley de carácter nacional, que obliga a todas las ciudades que tienen más de cincuenta mil habitantes -en el caso conquense, rebasado este número por muy poco, como sabemos-, ¿de verdad no se podía haber hecho algo para evitarlo? O en todo caso, ¿no se podía haber actuado de otra forma? Por ejemplo, haber aprovechado la existencia de la nueva ley para canalizar esa zona de bajas emisiones hacia la parte alta de la ciudad, de murallas hacia dentro, solucionando de esta forma, al menos en parte, el ya recurrente problema que presenta el exceso de tráfico que muchas veces se produce en esta parte de la ciudad.

Se ha decidido, sin embargo, planear ese anillo de bajas contaminaciones en la zona en la que el tráfico presenta mayores problemas, la que está formada, precisamente, por las calles del Agua y Tintes, dejando dentro de ese anillo las calles que rodean al Parque de San Julián; unas calles que presentan ya de por sí los problemas generados hace algunos años por la peatonalización de Carretería. ¿Por dónde se va a canalizar ahora ese abundante tráfico, sobre todo si tenemos en cuenta que en uno de sus extremos, la zona se halla constreñida y sin salida por las propias murallas y el curso del Huécar? ¿Cómo se van a combinar esas soluciones con la propuesta del propio Ayuntamiento, hecha pública hace sólo un año, de peatonalizar la calle de los Tintes y la calle del Agua, ésta en su tramo más cercano al Huécar, dejando el tráfico rodado sólo para los vecinos de la zona? 

Mientras tanto, siguen pasando los años, y ninguna legislatura municipal se ha atrevido a poner remedio al único problema serio de contaminación que sufre la ciudad, principalmente en esta zona, el de la contaminación acústica. En la portada de “El Día de Cuenca” correspondiente al 4 de diciembre de 2004, se anunciaba a bombo y platillo la creación de una “zona medioambientalmente protegida” en el centro de la ciudad, obligando que todos los bares de copas de la Calle Doctor Galíndez debieran cumplir la normativa vigente, y anunciando el cierre de todos aquellos negocios que no la cumplieran -como no podía ser de otra forma-, prohibiendo la concesión de licencias de apertura de nuevos negocios de este tipo en la zona. Sin embargo, esta normativa ha venido siendo incumplida desde entonces; han pasado ya dieciocho años desde aquella publicación, y el problema, más que solucionarse, se ha venido agravando. Sobre el tema, prometo escribir más profundamente en algún otro artículo futuro.

De esta forma, volvemos al mismo lugar en el que empezamos: el ángulo que conforman, en un espacio estratégico de nuestra ciudad, la calle del Agua con la calle Tintes, y la expansión natural de éstas por la calle Gascas y por el Parque del Huécar. Una zona residencial de la capital cuyos vecinos, cada vez más, se ven abandonados por las instituciones, que no sólo no solucionan los problemas que dificultan su convivencia, sino que además, como vemos, les crean otros nuevos, haciendo más difícil su vida diaria.

 

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