La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Tres cerros y un cerrete


Ignorante como soy de las muchas cosas que hay y suceden en el mundo en esto de escribir, que es nuevo afán de quien aprendió en la facultad de los trabajos del campo y la construcción sin hormigoneras con ruedas, salvo las poleas y las carretillas, me voy dando cuenta de que esto es como hacer crucigramas cuando intento poner nombre a los hechos y a los desechos humanos. De unos miro su hartura, empacho y alteza, de otros su ralea o su bajeza. Y miro a derechas con endechas torcidas inquiriendo el porqué de su aflicción, y a izquierdas, a zoquetes con apoplejías sin querer enderezarse. Lo bueno de este crucigrama es que es blanco, sin límites definidos, y que yo pongo los puntos negros donde me da la gana, y no hay SOLUCIONES que me digan dónde está el error, que es la mejor manera de no hacer trampa. Haciendo el crucigrama me caliento si hace frío, otras me entra frio al encontrar la definición: pongamos que encasillo a un bribón. Si alguien no sabe por dónde voy que mire el crucigrama anterior, o que se espere al siguiente para saber en dónde está mi error, que aquí las trampas y los aciertos solo los digo yo. 

Yo no sé si a alguien entretendré con este pasatiempo que en la tarde del sábado relleno hoy. No lo sé. Pero mientras estoy en casa y el pinar se abrasa, tras la siesta con orinal a la sombra es donde mejor se está, y entretengo la mollera viendo por la ventana a mi ciudad, poblacho lo llaman por lo roto que esta, hoy que en julio el sol esta que abrasa. Yo que por cosas del destino creo tener una buena mujer, pronto me sacará a pasear por las frescas riberas de un río caudal que al mar va a acabarse de consumir, o como diga el poeta peleón que murió en el socarral de un castillo de Cuenca, cerca de la mancha de Montearagón cuando los hombres se vestían de cáñamo, cuero, y lanas bataneras. Aunque no se mucho de números y retengo en mi mollera pocas cifras de nombres y fechas de historia, yo sé que hubo otra época en que las rajas de los maderos se cubrían con pez para que no escapara la miel o el vino, y el resinero era prestigiado obrero ante el que muchos se quitaban su sombrero. Os regalo dos palabrejas. Manriqueño: dícese de aquel que decía que los ríos iban al mar a morir y acabarse de consumir. Conquense: dícese del que vive junto a tres cerros y un rio verde intentando no consumirse y que con tal fin inventó el ¡ea!. eso sí, “amparao” por una catedral y los renombrados cerros que ende mi ventana de sabadete veo, el de Majestad Sanjulianero, San Cristobal del antenicidio, y el Socorro con un Cristo, que es al que más recurren los conquenses en busca de amparo, que el de Molina solo es cerrete, aunque quepan en el grandes bichos.

 

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