La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Un año de guerra en Ucrania


Cuando escribo estas líneas está a punto de cumplirse el primer año de guerra en Ucrania. En efecto, era el 24 de febrero del año pasado cuando, sin declaración previa de guerra, y en contra de lo que pensaba buena parte de la opinión pública y algunas de las inteligencias de los estados occidentales -probablemente de todas excepto la de Estados Unidos-, y a pesar también de las múltiples negativas de Vladimir Putin y de otros políticos rusos de que aquello iba a suceder, un ejército de invasión ruso cruzó la frontera y desplegó una importante ofensiva artillera contra el país vecino. Lo que para Rusia nunca ha sido una guerra, sino un simple ejercicio de maniobras militares, tal y como ha sido definido por el propio Putin, lo que él pensaba que iba a ser una campaña victoriosa, y que en pocos días tendría a Ucrania a sus pies, se ha convertido en una guerra total, en la que nunca se ha respetado a la población civil, con una indiferencia absoluta por los derechos humanos y por la Convención de Ginebra, que, de momento, no tiene visos de terminar. Una guerra que hasta el momento, y según los datos más conservadores, ofrecidos por la agencia de noticias Reuters, ha causado en Ucrania la muerte de cerca de cuarenta y cinco mil personas, más de esa cantidad de ucranianos heridos, más de quince mil desaparecidos, catorce millones de desplazados, al menos ciento cuarenta mil edificios destruidos y más de cincuenta mil millones de euros en pérdidas económicas; dato, este último, proporcionado por el Banco Mundial.

A partir del año 1995, la guerra de Chechenia nos descubrió un ejército ruso mucho menos potente del que nos suponíamos, sobre todo para un país que había sido considerado la segunda potencia militar del mundo, formado en su gran mayoría por simples reclutas de dieciocho años, mal preparados, e incluso, en algunos casos, mal nutridos, y con armas en muchos casos obsoletas. En estos casi treinta años que han transcurrido desde entonces, la realidad no parece haber cambiado demasiado, y los estrategas y los especialistas de diferentes países nos han hablado de las deficiencias del ejército de invasión, muchos de cuyos vehículos han tenido que ser abandonados en los campos de Ucrania por falta de las revisiones adecuadas o, incluso, por falta de combustible. Sólo así se entiende que lo que, en principio, debería haber sido una operación relámpago, haya resultado un fracaso, al menos en las pretensiones iniciales de Putin, y que después de un año entero de guerra, los avances del ejército ruso en el teatro de operaciones hayan sido prácticamente nulos.

Por supuesto, la guerra de Ucrania ha sido politizada por parte de los partidos occidentales. Los de derechas dicen que la guerra es sólo el resultado de una resovietización de Rusia, que quiere volver a ser lo que fue antes de 1990. Los de izquierdas dicen que Putin es un ideólogo de la derecha, y quizá tengan razón en un sentido: Putin llegó al poder amparado en el partido Rusia Unida, que se fundó en el año 2001 amparado a su vez por los partidos Unidad, Patria y Toda Rusia, un partido que se presenta como conservador, centrista y nacionalista, y que se sitúa en la derecha del espectro político internacional. Pero en realidad, ¿qué significa ser de derechas actualmente en Rusia? ¿Es Putin, verdaderamente, un político de derechas, tal y como se entiende normalmente el término en los países occidentales, o es en realidad un líder neososoviético, tal y como afirmar algunos, a pesar de la ideología del partido que preside? Es, sobre todo, un nacionalista ruso, lo que ya es decir bastante, si se mira con la perspectiva de toda la historia rusa, desde los tiempos de los zares. 

Por otra parte, también se ha dicho que Rusia es Ucrania de la misma manera que Ucrania es Rusia, y que, en este sentido, lo único que Rusia pretende con la invasión es una vuelta a sus orígenes, a la antigua Rus que, es cierto, de alguna manera nació en Kiev. Pero ello es, sólo, ver el problema con una perspectiva ciertamente sesgada. Es verdad que ambos países tienen una historia común muy marcada, como también lo es que esa Panrusia no deja de ser un ente político, muchas veces ficticio, provocado por un nacionalismo exacerbado. En la antigua Unión Soviética, extensión de la Rusia de los zares, habitaban multitud de etnias diferentes, que mantenían diferentes religiones, y la realidad no ha cambiado demasiado, a pesar de los múltiples genocidios y los progromos que se han llevado a cabo en el país a lo largo del último siglo.

Si algo ha caracterizado a la política rusa ya desde la época de los zares ha sido, ya lo hemos dicho, su exacerbado nacionalismo, un nacionalismo excluyente respecto al resto de los nacionalismos que pudieron existir dentro del territorio. Un nacionalismo panruso, imperialista, tal y como lo presenta uno de sus mayores especialistas, el historiador francés, naturalizado mexicano, Jean Meyer, en uno de sus libros: “Rusia y sus imperios (1894-2005)”. El subtítulo del libro, en su edición española, es bastante revelador en este sentido: “La Rusia de los zares: de los últimos Romanov a Vladimir Putin.” Y es que, si queremos comprender la historia de Rusia, el papel que la invasión de Ucrania juega en el conjunto de esa historia, no podemos hacerlo de otra forma que, bajo el prisma de ese imperialismo tenaz, que acompañó a la Rusia de los zares, pero que tuvo sus consecuencias más álgidas en la etapa soviética.

En efecto, ya desde el siglo XVIII, si no antes, en los tiempos de Pedro I, de la zarina Catalina y de Pedro II, se observa un fuerte imperialismo, hasta el punto de que el primero cambió el tradicional título de zar por el de emperador de todas las Rusias. Durante el siglo XIX, el imperio ruso, un gigante de barro según fue definido por algunos políticos occidentales, se fue aislando en sí mismo, y ese aislamiento internacional tuvo como consecuencia una creciente opresión sobre las etnias minoritarias del imperio. Esta política se mantuvo hasta el último de los Romanov, Nicolás II, hasta el punto de que su ministro de Gobernación, Viacheslav von Pleve, fue el ideario de una gran represión, principalmente en Ucrania y en Moldavia, pero también en otros territorios del imperio. Provocó la rusificación forzada de los finlandeses, que en ese momento se encontraban todavía bajo el yugo de Rusia. Sin embargo, ese tipo de política, en el contexto de la política mundial, no era tan diferente a la de los países occidentales. Estamos todavía en la época de los grandes imperios, que sería finiquitada poco tiempo después, como una consecuencia lógica de la Primera Guerra Mundial.

En la historia ha habido pueblos que defienden sus libertades y pueblos que, por tradición, han tenido tendencia a ser sometidos, a la opresión, sea ésta provocada por otros pueblos externos, o por sus propios gobernantes. El pueblo ruso es, por tradición, un pueblo sometido. Sólo así se entiende que todavía en la segunda mitad del siglo XIX, cuando en el resto de Europa se habían producido ya las primeras revoluciones liberales, Rusia ocupara todavía un espacio político propio de la Edad Media, sometidos la mayor parte de sus habitantes a la esclavitud. Sólo así se entiende que después, durante la etapa soviética, a lo largo de todo el siglo XX, no hubiera sido capaz de levantarse contra la opresión bolchevique, ni siquiera en su última etapa. Sólo así se explica que, en la actualidad, en pleno siglo XXI, la oposición, que desde luego la hay, no sea capaz de rebelarse contra ese nuevo dictador que es Putin. Puede ser, como algunos afirman, que la secular opresión nacionalista contra el resto de las etnias establecidas en el país, no sea más que una válvula de escape contra esa opresión interior que el conjunto de los rusos mantienen en su ADN.

Sí. Rusia y Ucrania no son lo mismo, aunque nacieron como dos hermanos gemelos. Después de los propios rusos, los ucranianos han sido la segunda mayoría en el conjunto de la población del imperio. Quizá por ello, la represión contra los ucranianos haya sido siempre mayor que la realizada contra el resto de etnias. Ya en los últimos años del imperio, en 1907, la lengua ucraniana fue prohibida en las escuelas, y la Iglesia ortodoxa uniata, la propia del país, también fue perseguida. A partir de la revolución bolchevique, las cosas fueron a peor. Aunque al principio los bolcheviques reconocieron el derecho de las naciones a su independencia, no tardaron en empezar a someterlas, y para ello utilizaron medios tan drásticos como el genocidio y el terrorismo de estado. Hay quien opina que el periodo de Stalin no tiene nada que ver con el verdadero comunismo, que la represión del estalinismo, con sus millones de muertos, es, “sólo”, la cara mala de la revolución. Sin embargo, en los escritos del propio Lenin, y sobre todo en sus actos, se demuestra que ese terrorismo de estado estaba ya presente desde el primer momento de la revolución soviética.

Desde luego, las cosas empeoraron, y mucho, a raíz de la toma del poder por el propio Stalin. A raíz de la “deskulakización” obligatoria del campo ruso, la hambruna que el hecho llevó consigo provocó la muerte a muchos miles de personas. Se diría que fue una hambruna, que no fue una decisión programada por las autoridades soviéticas, pero no es cierto. Los datos son concluyentes, y no creo necesario aquí repetirlos. Sólo resaltar que, mientras en el campo los hombres y las mujeres se morían de hambre, las autoridades exportaban toneladas de trigo y de otros cereales, anteriormente robadas a los propios campesinos, a cambio de los bienes de equipo que al gobierno les era necesario para la industrialización que, según ellos, le llevaría a convertirse en una potencia económica. Es cierto que el proceso no afectó sólo a los ucranianos, pero ellos fueron los que más lo sufrieron -también, desde luego, los propios campesinos rusos, los bielorrusos, los moldavos, y el resto de las etnias-. Según cálculos realizados por observadores alemanes, más de tres millones de ucranianos murieron de hambre sólo en los primeros meses de 1933,  un número que se iría ampliando en los meses siguientes. Y quien se oponía al proceso era asesinado o enviado a Siberia, donde se hicieron famosos los gulags, campos de concentración, de la famosa novela de Alexandr Solzhenitsyn. En 1932, sólo en la corte de Járkov fueron ordenadas mil quinientas ejecuciones en apenas un mes.

Aquello no fue un hecho aislado. En 1939, inmediatamente después del reparto Dde Polonia entre Rusia y Alemania, consecuencia del acuerdo entre Ribbentrop y Molotov, se produjo una deportación masiva de polacos y de ucranianos hacia otros territorios de la Unión Soviética. Nuevas deportaciones de nacionalistas ucranianos se llevaron a cabo al final de la Segunda Guerra Mundial. Por todo ello, la visión que de Ucrania se tiene por gran parte de la población rusa, como de un país fascista, colaborador con los invasores alemanes durante la guerra mundial, no deja de ser un efecto de la política represiva que desde hacía mucho tiempo ellos mismos habían mantenido contra el nacionalismo ucraniano. No es extraño, desde luego, que gran parte de los ucranianos vieran al “enemigo” alemán como un libertador, por más que después, la realidad de la nueva situación se mostrara en toda su crudeza: la represión alemana sobre el país no sería inferior a la que antes habían realizado los rusos; sólo en la ciudad de Odesa, los alemanes habían ejecutado en tres años y medio a unas noventa mil personas, casi una sexta parte de su población.

No, decididamente Rusia no es Ucrania, ni tampoco, en términos de política y derecho internacional, ésta es una parte de aquélla. Afirmar esto sería como decir que Ucrania es una parte de Polonia, sólo por el hecho que durante más de dos siglos, entre 1569 y 1791, la Unión de Lublin entre Polonia y Lituania, había puesto gran parte de Ucrania en manos de la República de las Dos Naciones. Otro aspecto a tener en cuenta cuando se habla del multiculturalismo ucraniano, razón que esgrime el gobierno ruso para iniciar el conflicto de Ucrania -la protección de la población rusa del país-, es la secular rusificación de ésta y otras antiguas repúblicas soviéticas: al tiempo que se deportaba a los campos de trabajo del archipiélago Gulag a los ucranianos, se entregaban a los rusos, como nuevos pobladores del territorio, importantes propiedades en él. Esta política, que se había iniciado con Lenin y con Stalin, no se interrumpiría con los siguientes presidentes, Nikita Jruschov y Leonid Brézhnev, éste último ucraniano de nacimiento. Durante el mandato de este último, la población rusa en Ucrania pasó del 17 al 21 por ciento.

Y volviendo a la pregunta que nos hacíamos inicialmente sobre si Putin es un político de izquierdas o de derechas, merece la pena recoger las palabras del ya citado Jean Meyer: “El movimiento nacional ruso empezó a manifestarse desde los últimos años de Jruschov. Al principio del siglo XX, los rusos habían quedado muy por detrás de los polacos, finlandeses y ucranianos en cuanto al nacionalismo. Su élite se identificaba con el imperio multinacional, de tal manera que su sentir era más rossislii (rusiano) que ruski (ruso). En cuanto al pueblo, , aún rural en su gran mayoría, sus referencias eran sociales, religiosas y nacionales, en absoluto nacionalistas”. Sin embargo, “en los años setenta muchos rusos empezaron a pensar que los intereses de su nación habían sido sacrificados a la causa del internacionalismo o del Tercer Mundo, cuando no tenían por qué invertir en Asia Central o en el Cáucaso, ni mucho menos en Cuba o en Angola… Para todos resultaba muy difícil distinguir lo que era ruso de lo que era imperial, en sus sentimientos hacia la URSS y las otras repúblicas. La confusión facilitó el desarrollo de las emociones, perfectamente negativas.”

Y el historiador franco-mexicano termina concluyendo: “Ese nacionalismo cultural llevó a un nuevo interés por la filosofía religiosa… Pasó lo mismo con la literatura eslavófila del siglo XIX, la cual inspiró una corriente que no dudó en considerarse como eslavófila. Por aquel entonces, tales tendencias no podían catalogarse en términos de derechas y de izquierdas, como lo prueba la obra de Alexandr Solzhenistyn. En la misma época empezó a forjarse una alianza nada santa entre la KGB y ciertos nacionalismos, entre la extrema derecha y la extrema izquierda”. Vladimir Putin, antiguo agente del KGB que además estaba destinado en Alemania Oriental precisamente en los años de la caída del muro de Berlín, y nacionalista confeso, es un claro ejemplo de esta nueva política rusa.

Recientemente, un espía danés dice haber dado con la clave de la invasión de Ucrania por parte de Putin: serían los medicamentos que el dirigente ruso toma para combatir el cáncer que le afecta lo que provoca los delirios de grandeza del dictador. Poco importa si ello es cierto o no, más allá de reflexionar un poco en qué manos estamos los habitantes de todo el planeta, de pensar que la locura de cualquier mandatario, sea una locura consustancial con esa persona o una locura coyuntural, provocada por el alcohol, las drogas o un medicamento más o menos fuerte, puede en cualquier momento hacer que éste apriete finalmente el botón rojo de la destrucción. Por ello, y principalmente por todo lo que he querido relatar en las páginas anteriores, otro especialista como el historiador británico Orlando Figes, ha dicho recientemente que el putinismo, el régimen de Putin, no va a acabar necesariamente con la muerte del propio Putin, que “si Putin muriese mañana, lo sustituiría alguien de su mismo entorno, con visiones tal vez más extremas que las del mismo Putin… No empecemos a desear la muerte de Putin hasta que sepamos quien va a entrar en su lugar”. En ese sentido, dice Figes, la propia Rusia es víctima de esta guerra contra Ucrania, una Rusia que debería ser, dice él, “desputinizada”, o lo que es lo mismo, pasada por el tamiz de una verdadera democracia. Frases demoledoras para los que queremos que la paz vuelva a este rincón de Europa, pero que son necesarias para comprender la verdadera dimensión del conflicto.


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