La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Una mirada hacia el pasado


Cuando leas estas líneas, la nueva campaña electoral ya se habrá iniciado, aunque en realidad, si lo miramos bien, llevamos ya demasiado tiempo de precampaña; por lo menos, desde que se hizo saber que las próximas elecciones municipales y regionales se van a celebrar el día 28 de mayo. Y es que, hace ya algunos días que los políticos, de uno o de otro signo, empezaron de nuevo a martillear nuestros oídos con sus mensajes, sus peticiones de voto, aunque será a partir de ahora cuando la campaña adquiera sus cotas más altas de agresividad. Es por ello, confieso, que mi primera idea fue la de dedicar mi columna de esta semana a esas próximas elecciones, hacer algunas indicaciones al lector sobre lo que yo considero que debe ser este ejercicio elemental de la democracia que cada cuatro años, irremediablemente, como si de un círculo vicioso se tratara, vuelve una y otra vez a repetirse. Sin embargo, muy pronto me di cuenta de la dificultad de la empresa, porque, a fin de cuentas, ¿quién soy yo, realmente, para intentar orientar al lector sobre a cuál de las diferentes opciones, posibles en la democracia, debe inclinar en esta ocasión su voto personal? Todos somos mayores, todos somos conscientes de qué es lo que cada uno de los partidos ha hecho, o qué no ha hecho, en estos últimos cuatro años; todos tenemos los elementos de juicio suficientes para saber a quiénes, de los que se presentan, debemos premiar con nuestro voto, y a quiénes, por el contrario, deberíamos castigar con cuatro años de oposición. Y es que, como dijo Winston Churchill -o a Churchill, por lo menos, es a quien se le atribuye la frase-, la democracia es el menos malo de todos los sistemas políticos.

Así las cosas, prefiero dejar de lado ese tipo de asuntos, para hablar de otras cosas menos comprometidas. Hablar, sobre todo, de cultura, de esa cultura que, considerada de élite por algunos, pudo caracterizar un día, hace no demasiado tiempo, la vida diaria de nuestra ciudad, hasta el punto de llegar a abandonar ese carácter elitista y convertirse en uno de los atractivos más importantes de nuestra ciudad. Hablar, por ejemplo, de las Semanas de Música Religiosa, aquellas primeras semanas, cuando las dirigía Pablo López de Osaba, cuando venían a tocar a nuestra ciudad, en la iglesia de San Miguel o en la de Arcas, las mejores orquestas del mundo; cuando venían a cantar los mejores orfeones, aquellos que estaban especializados en la este tipo de música clásica; cuando los mejores intérpretes, aquellos que se disputaban los festivales más prestigiosos que se celebraban a lo largo y a lo ancho de todo el planeta musical, nos regalaban a los conquenses, y a los visitantes que llegaban a nuestra ciudad atraídos por un turismo cultural de calidad, las notas más brillantes que podían extraer de sus instrumentos, o de su voz cristalina. 

La calidad irrepetible de aquellas semanas, cuando Pablo se encontraba al frente de ellas, cuando se trataba de uno de los mejores festivales musicales de su especialidad, tiene poco que ver con las actuales, sometidas en los últimos años a un declive, de calidad y de organización, que a punto ha estado de acabar con ellas. Hubo un momento, incluso, en el que llegó a pensarse que nuestra ciudad iba a perder la organización del evento, en beneficio de otras ciudades de Castilla-La Mancha. Las semanas se perdieron en un mar de indecisiones, de inestabilidad, propiciado por una sucesión demasiado rápida de directores, que imposibilitaba la necesaria contratación, con la antelación suficiente, de las mejores orquestas del momento, o de los intérpretes más reclamados por los expertos, tal y como había pasado en los mejores tiempos. Aquellos festivales, en efecto, pasaron a la historia, pero dejaron su poso en una parte de la población, y si es verdad que la JONDE nunca pudo llegar a instalarse en Cuenca, tal y como había sido el deseo de algunos de nuestros políticos, y también de nuestros mejores gestores culturales, es cierto que pudieron poner el germen de la música culta en buena parte de los conquenses, de forma que hoy, cuando ya ha pasado algún tiempo desde entonces, son muchos los conquenses que, con el violín o el piano, con el chelo, la guitarra clásica o el trombón, continúan llevando su mejor música por los cinco continentes.

O hablar, también, del Museo de Arte Abstracto. Cuántas veces hemos dicho que aquellos que más han hecho por Cuenca ni siquiera son conquenses de nacimiento, que llegaron a nuestra ciudad casi por casualidad, y que terminaron por enamorarse de ella, aunque la ciudad terminó pagando su enamoramiento con el olvido más injusto. Pablo no había nacido en Cuenca, como tampoco Fernando Zóbel había nacido en Cuenca. En el caso del Museo de Arte Abstracto, sin embargo, la excepción que confirma la regla también tiene un nombre: Gustavo Torner. Porque si es verdad que fue Zóbel el alma del museo, se puede decir que Torner fue su corazón, porque fue él y no otro, quien convenció al pintor filipino para que instalara en nuestra ciudad su colección particular de pintura, como antes había convencido al alcalde de la ciudad, Rodrigo Lozano, para que ésta pudiera instalarse en el nuevo edificio, asomado a la hoz, que acababa de restaurar el Ayuntamiento. Es conocida la historia de cómo el director del MOMA, el Museum of Modern Art de Nueva York, llegó a nuestro país en un vuelo particular, con el único motivo de una inesperada visita a nuestro museo, después de una llamada que le había hecho su esposa, hechizada ante la contemplación de uno de los cuadros del museo, la “Gran Pintura Blanca” de Gerardo Rueda. Y también es famoso el artículo que el director del Guggenheim, el otro gran museo de Nueva York, publicó en la prensa neoyorkina, dos páginas completas, dedicado al museo conquense. También el museo, como las semanas de música religiosa, tuvieron su influencia en la vida de nuestra ciudad, y queda en nuestro recuerdo, todavía, aquel “asilo”, en el que se forjaron algunos de los artistas locales en los años ochenta del siglo pasado, cuando dejaron el local las hermanitas de los ancianos desamparados para instalarse en un hogar más confortable, a las afueras de la ciudad, y antes de que el lugar pasara a convertirse en el Museo de las Ciencias.

Sin embargo, da la sensación de que, hoy en día, la mayor parte de la población conquense vive de espaldas tanto al museo como a las semanas de música religiosa. En realidad, el hecho tampoco es tan extraño: es la misma parte de la población  que también vive de espaldas a nuestro principal monumento, la propia catedral, la más antigua catedral gótica que tiene nuestro país, una auténtica joya cultural y museística que sigue siendo desconocida para muchos conquenses, que ni siquiera han pasado nunca a ella, o si lo han hecho, ha sido sólo en alguna boda, o en el marco de la Semana Santa, sin prestar atención a las venerables piedras que conforman su magna arquitectura, o a las hermosas obras de arte -escultura, pintura, rejería,…- que alberga en su interior. Ni tampoco a sus irrepetibles vidrieras, más allá del hermoso rosetón de Geraldo de Holanda, sobre el Arco de Jamete; los vitrales de Henri Dechanet, de Gerardo Rueda, de Bonifacio, pero, sobre todo, los de Gustavo Torner. Y es que el espíritu que mueven las vidrieras de Torner sobre la Creación, es el mismo espíritu que movió, allá por la Baja Edad Media, a los grandes maestros vidrieros que habían contribuido, con su arte, a la creación del primer gótico. Porque el gótico, ya se ha dicho hasta la saciedad, es el estilo de la luz, de una luz que no viene de ninguna parte, sino de todas, de esa luz que es “el más noble de los fenómenos naturales, el que más se acerca a la forma pura y al principio creativo de todo”, tal y como ha sido definido por los mejores historiadores del arte.

Qué diferencia entre aquellos proyectos culturales de calidad, las inolvidables semanas de música religiosa de hace algunos años, o nuestro sin par Museo de Arte Abstracto, capaces de atraer un tipo de turismo de calidad, al que no podemos renunciar, con los inciertos certámenes que se vienen produciendo de un tiempo a esta parte: esos encuentros de cultura underground, en los que se ha querido enseñar a los conquenses las últimas tendencias de la pintura callejera -al menos, si se hubiera tratado de enseñarnos a Bansky, y sus hermosos murales, extendidos por muchas ciudades de Europa, quizá el evento hubiera tenido algo de sentido-, o esos conciertos de música alternativa, con las que han atronado los oídos vecinos de la zona centro con la atronadora música, por llamarlo de alguna manera, hardcore, y con otros estilos similares, en un lugar que, en todo caso, no es el más adecuado para este tipo de celebraciones. 

Es nuestro deseo que mañana, cuando pasen las elecciones, los nuevos administradores de nuestras instituciones, sean quiénes sean, sepan proyectar en los conquenses más jóvenes, y también entre los que nos visitan, esa Cultura con mayúsculas, la que representan el museo o la propias Semanas. El museo siempre estará ahí, desde luego, porque Zóbel tuvo el acierto de donar toda su colección a la Fundación Juan March, con el compromiso de que ésta, la colección, siempre estuviera expuesta en nuestra ciudad, en el edificio singular de las Casas Colgadas. Y por lo que respecta a las Semanas de Música Religiosa, y a juzgar por la crítica especializada, este último año se han puesto, quizá, la primera piedra para que el festival pueda volver a ser algún día lo que fue en sus primeras ediciones. Queda mucho camino por recorrer, es cierto, pero lo importante, en todo camino, es empezar a andar.

 

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