La Opinión de Cuenca

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Vicios


Hasta bien entrado en la adolescencia, yo tenía la costumbre, no sé si sana o más bien propia de un tarado sin diagnosticar, de ponerme a prueba constantemente. Uno de los retos que me solía trazar era, por ejemplo, el de permanecer bajo el agua cada vez más tiempo que el que había resistido en la ocasión inmediatamente anterior. Me sumergía en una piscina o en un río, me agarraba a algo en su fondo y me ponía a contar: un segundo, dos segundos, tres segundos… Si la última vez había estado 30 segundos, en la siguiente mi reto era superar ese tiempo… y así progresivamente. Sí, ya sé que muchos podrán contar eso mismo o parecido. Ese era un juego o competición, y seguro que lo sigue siendo, muy habitual en esas edades. Pero es que lo que de mí mismo descubrí era que lo que verdaderamente me satisfacía no era superar el tiempo anterior, o el de ganar a mis rivales, sino el de, tras los malos momentos pasados, salir a la superficie, respirar y sentir que seguía vivo, que podría continuar haciendo el memo como hasta ese momento lo venía acreditando. Aplaudía poder seguir respirando, y eso me producía una satisfacción difícilmente descriptible.

Tiempo después, por casualidad descubrí que, cruzando las piernas de determinada manera, la que estaba encima se me dormía y al ir a ponerme de pie e intentar caminar, esa era incapaz de sostenerme, cayéndome al suelo como si de un muñeco de trapo se tratase. Así, pronto sumé esa nueva práctica a la anteriormente indicada, al igual que a otras igual de ridículas, no persiguiendo sino esporádicamente retarme a mí mismo, intentando dominar a la naturaleza que en lo más hondo de mí encontraba su razón de ser y, sacando fuerzas de flaqueza, gritar al final aleluya por haber conseguido superar, con mi voluntad, las consecuencias de la simpleza y estulticia que sobre todo en esos momentos me caracterizaban y que, no sin especial esfuerzo, ponía de relieve.

Inesperadamente, hace pocos días ese antiguo reto se vislumbró nuevamente en mi horizonte estando yo sentado en el patio de butacas de un teatro. En ese momento, de tal manera mi mente canalizó la necesidad de buscar la postura más conveniente para ello que, durante unos cruciales segundos, me aislé de la obra que se representaba no siendo capaz de conectar, hasta pasado un buen rato, con la base argumental que en esos momentos acontecía. Eso sí, conseguí lo realmente importante para mí en esos precisos instantes: que mi pierna izquierda pareciese hecha de espuma o corcho y que al apoyar el pie en el suelo no notase nada en absoluto. Valiente memez la mía y no estando ya en edad de sufrir acné.

Cuando analizo las acciones de ese tipo que yo mismo he provocado, y que cuando me aburro sigo haciendo actualmente, me miro a mí mismo y me digo: muchacho, tú eres muy tonto. Pero confesaré también que cuando al término de un reto de esos me veo vivito y coleando, me siento más fuerte, más vivo, más enérgico… a pesar de las sandeces e insensateces por mí mismo programadas y, peor aún, llevadas a cabo en primera persona.

Puestos a seguir confesando diré que si realmente fuese honesto conmigo mismo y me dejase llevar por mi naturaleza, pasaría los días tumbado, sin hacer nada, viendo la tele, alternando esa inspiradora acción con mirar al sol de frente para ponerme moreno de manera que luego pudiera dedicarme a alardear de bronceado, de haber visto muchas series de televisión sudamericanas y de conocer los detalles de los más diversos famosetes del mundo de la farándula. Mi pereza es patente en mí, demostrable e incluso cuantificable, ya no solo computando horas, sino incluso días, semanas e incluso meses seguidos dedicados a ello de manera continua.

Sin embargo, aludiendo nuevamente a esa necesidad interior que me lleva constantemente a retarme a mí mismo, es por lo que, para mayor lamento mío, no paro de hacer cosas en todo el día. Obligaciones y devociones llenan mi tiempo a jornada completa. E insisto en que no es porque yo sea así, no, sino porque necesito superar las singularidades de la personalidad de ese otro yo que habita en mí y que, si no me pongo serio con él, me haría doblegarme ante su irresistible capacidad de seducción. Menudo es cuando se pone.

Y mira que lamento de verdad esto último que comento. Con la envidia que le tengo yo a los que no dan palo al agua en todo el día, a los que desde antes de amanecer hasta doce horas después de anochecer se dedican a vivir del cuento responsabilizando de su inactividad al cambio climático, al cosmos, a los medios de comunicación o al emérito, aunque sea sentados en los asientos de atrás de un coche ministerial o de la butaca del Falcón.

Esos sí que son listos; esos sí que se lo han montado bien. Mucho mejor que los que no paramos ni a sol ni a sombra aunque sea, como es mi caso, solo con el fin de flagelarme públicamente. Lo que yo daría por, como ellos, encontrar a una mami o u papá biológico, natural, ilegítimo e incluso en formato de papa-estado que me mantuviese a costa del esfuerzo ajeno. Eso sí que es inteligencia y no la que ponemos de manifiesto los que curramos por vocación, vicio, amor propio o deficiencia intelectual aguda, si es que eso existe, claro, que hoy en día todo es posible.

Me asquea ese defecto mío que me vincula a la haraganería y que no es sino el más fiel reflejo de mi verdadera forma de ser. Lucho todo lo que puedo contra él. Lo combato con uñas y dientes acabando cada jornada, obviamente, con mi cara llena de arañazos y mis dedos desprendiéndose de los numerosos cabellos que me arranco, cada día y desde un par de horas antes de amanecer, cuando tengo una primera reunión de trabajo con mi agenda y con la infusión mañanera que me empujará a lo largo del día a eliminar líquidos. Cosas de mi dietista. Mira, a esa no consigo ganarle terreno; es ella la que me domina. De hecho, cada día me da más miedo. No la infusión, sino la dietista. Yo, sin embargo, me miro al espejo y conforme pasa el tiempo me doy más pena, por no decir risa.

Ya me he cansado. Ahora mismo voy a dar permiso retribuido al impío que llevo dentro y me voy a escapar por la puerta de atrás de mi vida para no dedicarme sino a hacer lo que verdaderamente me seduce. Una vez es una vez y creo que me la tengo merecida. Ya habrá alguien que se apiade de mí y me mantenga alimentando mi cuerpo y mi espíritu, que eso está, además, últimamente de moda. Que me den…!!!


Fernando J. Cabañas Alamán

Olcadeando

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