La Opinión de Cuenca

Magazine semanal de análisis y opinión

Vindicación de la historia, más allá de las leyendas y de los falsos cronicones


Hace algunas semanas, en el marco de la feria del libro de este año, fue presentado el último libro de Pedro Miguel Ibáñez Martínez, profesor de Historia del Arte en la Universidad de Castilla-La Mancha. Se trata del libro titulado “Las vertientes y el llano, de los Descalzos a San Antón”, la última entrega de la serie que el autor ha realizado sobre el barroco conquense, con vistas a reivindicar a nuestra ciudad como un ejemplo claro de ciudad barroca. Y en el transcurso de la presentación, el autor del libro y el concejal de cultura del Ayuntamiento de Cuenca, al tiempo que diputado provincial de patrimonio, Miguel Ángel Valero, hicieron un anuncio que, algunos, llevábamos ya mucho tiempo esperando: la sustitución, en los próximos meses, de toda la señalética destinada a informar a los turistas que llegan a nuestra ciudad, y también a los propios conquenses, sobre nuestros monumentos más importantes. En efecto, se trata de una buena noticia, y una sustitución por completo necesaria, porque, más allá de las pésimas condiciones en las que se encuentran todas esas señalas que salpican los espacios más relevantes, con los vinilos llenos de pintadas, e incluso quemados por el sol, que dificultan, e incluso, en muchos casos, imposibilitan por completo, la lectura de sus mensajes, estos están llenos de errores e inexactitudes que deberían ser corregidas de manera inminente. La noticia, en efecto, es todavía mejor, al ser el propio autor del libro, uno de los que mejor conocen la historia del arte conquense, por lo que es seguro que todos esos errores eran solventados definitivamente.

 Este hecho me ha llevado a reflexionar en la existencia de errores de bulto, o de falsas interpretaciones históricas de nuestro pasado, que son más propias de los narradores de leyendas o de los antiguos cronicones de estilo positivista, no es una excepción en la señalética de nuestros monumentos. Por el contrario, abundan en nuestros medios de comunicación, o en las bocas de muchos conquenses, que no saben diferenciar el grano de la paja; el grano de una buena Historia, basada en documentos de archivo, de la paja de absurdas historias que, inventadas por no se sabe quién, se vienen repitiendo de boca en boca a través de décadas, sin el uso del más leve ejercicio de crítica histórica. No deja de ser curioso que, en una ciudad como Cuenca, en la que tantos y tan buenos libros se han venido publicando en los últimos años sobre su pasado, en la que tanto se ha venido avanzando en los últimos años en el conocimiento de la historia, se siguen repitiendo todavía, incluso por escrito, en negro sobre blanco, todas esas informaciones sin sentido. Da la sensación de que la historia real, la verdadera, se queda sólo para los historiadores, o para unos pocos ue están enamorados de su pasado, que sí quieren conocer de dónde vienen en realidad, mientras que el común de los conquenses sigue enganchado en aquella visión errónea; y lo que es peor, sin tener intención siquiera de poder escapar de ella. Recientemente, he podido leer en un blog sobre numismática, de gran difusión en lo que a este tema se refiere, una entrada bajo el título siguiente: “Muchos escriben, pero pocos compran libros de numismática”. Y esa es, también, la impresión que algunos tenemos sobre las últimas novedades bibliográficas sobre la historia de Cuenca: son muchos los que escriben sobre ella, pero son pocos, realmente, los que compran, y menos los que los leen, la mayor parte de esos libros.

 Son muchos los ejemplos que se pueden traer aquí sobre esas falsificaciones de nuestro pasado que siguen contando con cierto éxito entre los conquenses. La interpretación del significado del escudo de Cuenca es uno de ellos: todavía se sigue repitiendo, en algunos foros, referencias al cáliz de San Mateo y a la estrella de los Reyes Magos, o al famoso campo de sangre, recuerdo de toda la sangre derramada entre las tropas en uno y otro ejército en los días de la conquista cristiana. Ni el cáliz es el cáliz del apóstol San Mateo, sino la derivación lógica de un antiguo cuenco; ni la estrella es la estrella de los Reyes Magos, sino la derivación parlante del antiguo reino de Toledo, la nueva Castilla surgida a partir del rey Alfonso VI; ni el campo de gules es un campo de sangre, sino, por el contrario, la representación simbólica del falso pendón morado de Castilla, que en realidad nunca fue morado, como es sabido, sino de un hermoso color granate.

 Existen, también, muchos más ejemplos, y no es un secreto que es la Edad Media el periodo histórico más afectado por este hecho. Así, todavía se sigue confundiendo, sin ninguna actitud crítica, a Leonor de Plantagenet, la esposa sucesiva de los reyes de Francia y de Inglaterra, con su hija, Leonor también de nombre, que fue la esposa del rey Alfonso VIII de Castilla; la importancia del personaje, que fue realmente quien trajo a Cuenca, y por lo tanto a Castilla, el primer gótico de la península, no necesita de otras glorias, que se refieren en realidad a su madre, casi legendaria. También está sumida en la leyenda la figura de la princesa Zaida, que en realidad no fue princesa, sino gobernadora, primero, y como esposa que fue de Fath al-Ma'mun, del antiguo reino taifa de Córdoba, sufragáneo del de Sevilla, que en esos momentos estaba al mando de su suegro, Muhámmad al-Mutámid, y más tarde, incluso, reina de Castilla, como esposa del propio Alfonso VI, y madre de su único hijo varón, el joven príncipe Sancho; tampoco puede ser tomada en serio la romántica historia de la dote matrimonial, por la que pasaron a manos de Castilla, Cuenca y otras muchas ciudades de la vieja kora de Santaver, algo que más tiene que ver con los tratados políticos que con viejos asuntos amorosos. Y ni siquiera nuestro segundo obispo, San Julián, es ajeno a esa visión legendaria, casi mitológica, que nació realmente en las antiguas hagiografías propias de la Edad Moderna, tal y como recientemente ha demostrado Miguel Jiménez Monteserín.

 Entonces, ¿de dónde surgen todas esas informaciones, dotadas de un peso suficiente para poder resistir, en el acervo común de los conquenses, las sólidas pruebas presentadas por los historiadores serios? Es famosa la anécdota que, hace ya muchos años, y ante el descubrimiento de una importante documentación entre los fondos de una de las hermandades de nuestra Semana Santa, tuvo como protagonista a uno de nuestros poetas más conocidos, ya fallecido. Ante la propuesta de uno de sus directivos para utilizar esa documentación en alguno de sus escritos, el poeta no tuvo reparos en confesar lo que, para él, era el respeto a nuestro pasado: “No los necesito; yo, la historia, me la invento.” En este sentido, no cabe duda de que la Semana Santa es uno de los aspectos más afectados por este tipo de desinformaciones, que, en algunos casos, tiene más que ver con los lógicos errores de interpretación de los documentos, propios de quien realmente no es un historiador con formación académica, que de un claro deseo de engañar a los lectores, al estilo de lo que refleja la anécdota del famoso poeta.

 Uno de los mayores enemigos del conocimiento histórico son las leyendas, cuando éstas quieren dejar de ser leyendas y convertirse en historia verdadera. No podemos negar, sin embargo, que las leyendas, en algunas ocasiones, pueden servir también para que el público menos experto pueda acercarse a la historia real, tal y como parece demostrar una de las leyendas más conocidas, la de la casa de la sirena. En efecto, no podemos negar el hecho de que algunos pueden tomar esa historia como referencia para tomar conciencia de lo que pudo suponer para nuestra ciudad, y para algunas de las familias nobles de Cuenca, la guerra civil castellana que enfrentó a Pedro I y a su hermanastro, Enrique II, el primero de los Trastamara en llegar al trono de Castilla. Sin embargo, quedarse en la historia de Catalina y el rapto de su hijo, decidido por el nuevo monarca con el fin de que no se repitiera la historia de su crimen fratricida, como si de un hecho histórico se tratara, sería poco menos que la comisión de un nuevo crimen, en este caso contra el verdadero conocimiento de la historia.

 No cabe duda, por otra parte, que uno de los aspectos más castigados con este tipo de falsificaciones, es todo lo relacionado con la conquista de Cuenca en 1177 -ni siquiera es seguro, dicen los medievalistas, que fuera en este año cuando se produjera la conquista-. Las falsedades afectan a la misma celebración de San Mateo, que no está documentada como tal hasta mucho tiempo después de la conquista. La hermosa leyenda de Martín Alhaja, por otra parte, no es más que una transliteración de una leyenda similar, con los mismos personajes, que tiene como escenario la batalla de las Navas de Tolosa. ¿Qué posibilidades reales hay de que dos hechos históricos que, con treinta y cinco años de diferencia cronológica entre ellos, marcaron el principio y el final del reinado de Alfonso VIII, tan idénticos entre sí por otra parte, fueran protagonizados por un mismo personaje, o por dos personajes que compartieran el mismo nombre? ¿Y qué decir de la aparición de la Virgen de la Luz a las tropas cristianas para anunciarles la próxima conquista de la ciudad, cuando sabemos realmente que esta advocación mariana empezó a ser conocida como tal a partir del siglo XVI, y que sólo a partir del XVIII terminó por sustituir definitivamente, en la devoción de los conquenses, a la antigua advocación de la Virgen del Puente? 
Finalmente, tampoco es posible la presencia real en la conquista de algunos personajes históricos, como es el caso de Pedro Ruiz, o Rodríguez, de Azagra, quien, en el momento de la conquista, se encontraba lejos de Castilla, exiliado, por decisión del monarca, en sus dominios de la tierra de Albarracín. El hecho, incluso, ha movido incluso a uno de los que mejor conocen este periodo histórico, José Antonio Almonacid Clavería, a solicitar oficialmente la revisión de los textos utilizados para la teatralización de Cuenca Histórica, de acuerdo a una celebración más acorde con los hechos reales, históricos, que se relacionan con la conquista de Cuenca.

 

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